Untitled Document Athenea Digital -núm. 5 Primavera 2004-

Álvarez, María Cristina (2001)
Sobre la mutilación genital femenina y otros demonios. Bellaterra: Universitat Autònoma de Barcelona.



Dolores Juliano
Universitat de Barcelona

Demonizar o Analizar

Hace algunos años, en un Seminario de Antropología en Barcelona, surgió una pregunta sobre la especificidad de la mutilación genital femenina. Me pareció entonces oportuno señalar que esa práctica, por razones diferentes, pero con los mismos resultados de imposibilitar el goce femenino, había sido frecuente en nuestra propia sociedad hasta mediados del siglo XX. Era una práctica quirúrgica aceptada y dependía del criterio médico determinar qué tamaño de clítoris era “normal” y extirpar lo excesivo. También se practicaban histeroctomías y extirpaciones de úteros como terapias aconsejables para combatir afecciones tales como las crisis nerviosas, la masturbación o la bulimia (Ehrenreich, 1990). Curiosamente estos datos, que yo creía que contribuían a extender la crítica a todos los tipos de mutilación genital y que no por casualidad provenían de información que me había suministrado Cristina Álvarez, se entendieron como una defensa de estas prácticas, con el consiguiente revuelo informativo. Desde entonces me he preguntado muchas veces porqué, cuando se tocan puntos tan sensibles como éste, la gente prefiere la simple condena a cualquier intento de análisis.

El tema de la dificultad de analizar racionalmente aspectos dolorosos de la realidad ya fue abordado (y sufrido) por la filósofa alemana Hannah Arendt (1993) cuando en relación con los horrores de los campos de concentración, y con motivo del juicio de Eichman hablaba de la “banalidad del mal”. Se la acusó entonces de defender las prácticas etnocidas, ya que no consideraba especialmente dotados para el mal a los que las practicaron. Se partía del supuesto ya enunciado por Mme de Sevigné: “Comprenderlo todo es perdonarlo todo”, del que también se ha acusado al relativismo cultural. ¿Debemos entonces abstenernos de entender, para poder condenar? ¿O por el contrario analizar las prácticas que rechazamos y situarlas en su contexto cultural y social es la mejor estrategia para desmantelarlas? Si aceptamos esta última opción (y la autora del libro y yo misma nos situamos claramente a favor de ella) tenemos que preguntarnos cual es el sentido de la opción contraria que actúa a golpes de demonización y rechaza todo intento de aproximación racional al problema.

Volvamos entonces a los campos de concentración y a los criminales de guerra nazis. Ante el descubrimiento del horror que se había producido en una sociedad moderna y civilizada, la reacción fue tomar distancia de él. Las masacres se consideraron consecuencia de la maldad individual de unos monstruos, que como tales nada tenían que ver con nosotros ni cuestionaban con su accionar nuestras prácticas cotidianas. Cuando Arendt retira el velo y muestra en las conductas de los asesinos, las mismas motivaciones burocráticas y anodinas por las que realizamos las renuncias éticas cotidianas, cuando vemos que el deseo de quedar bien con los superiores, la ambición de progresar en la carrera, la tendencia a depositar en los demás la responsabilidad de nuestros propios actos, conductas todas estas frecuentes y aceptadas, eran las que encubrían los grandes crímenes, la reacción de la gente fue de rechazo. No nos agrada que nos pongan ante el espejo de nuestras propias posibilidades de crueldad. El malo es siempre un “otro”, y cuanto más lejos lo sintamos de nosotr@s mism@s, más segur@s nos sentiremos. Así la demonización de las prácticas que nos repugnan cumple el objetivo de alejarnos de ellas, de colocarlas en el mundo de irracionalidad y maldad que caracteriza a “otros” con los que no tenemos más contacto que el que se desprende de nuestra mirada distante, moralizadora y acusadora.

En el caso de la mutilación genital femenina este deseo de exorcizarla asignándola a culturas distantes y consideradas inferiores, es evidente. Es un ámbito que nos afecta tan profundamente como mujeres, que sólo podemos acercarnos a él desde la defensa que nos proporciona la distancia. Toda correlación que establezcamos con otras prácticas parece una claudicación, todo análisis, una aceptación implícita (lo que no deja de ser curioso porque no hay ningún motivo para creer que nadie acepte una práctica dolorosa, peligrosa para la salud y que produce una incapacitación definitiva para el goce sexual). Sin embargo la única manera de desactivar una práctica es conociéndola y viendo con qué otras prácticas se relaciona y qué implicaciones simbólicas y sociales tiene.

Así como a nadie se le ocurriría considerar que la criminología es una apología del crimen y todos estamos de acuerdo que sólo conociendo las conductas criminales podemos actuar sobre ellas, es también necesario reconocer que el problema de la mutilación general femenina sólo puede abordarse desde su conocimiento, sin temor de correr los múltiples velos con los que se nos presenta. Y si lo hacemos así, veremos que está relacionado con muchas otras prácticas sociales, entre ellas algunas que nos son próximas. Y que no nos resultará sencillo relegarlo al mundo externo de las cosas aberrantes que hacen otros (los musulmanes, los africanos, los negros, según a quien se lo asignemos) sino que tendremos que aceptar que se relaciona con cosas que hacemos y aceptamos nosotr@s mism@s. Por lo que no vale combatirla sólo fuera, sino que tenemos que rechazarla también en nuestra propia cultura.

Ya la primera contextualización resulta inquietante. La práctica de la clitoroectomía es una de las formas en las que las sociedades patrilineales, que transmiten estatus, bienes y pertenencia por vía masculina, controlan la sexualidad femenina, como forma de asegurarse descendencias legítimas. Otras formas de este control son la separación física de los sexos garantizada por el encierro femenino (ampliamente utilizada en el islam) o la castración psicológica, que inhibía el goce sexual femenino considerándolo pecado y que ha sido la forma de control preferente de nuestro propio sistema religioso (en su vertiente católica y en la puritana). Esta privación del goce para las mujeres, ya nos acerca a las mutilaciones físicas, y se manifiesta con fuerza en nuestra época en la pérdida del placer sexual que experimentan las cada vez más frecuentes muchachitas anoréxicas, pero tampoco en nuestra cultura han faltado los medios quirúrgicos para lograr ese resultado, como marcaba al principio y Cristina recoge en su libro. De esa tradición de amputación y zurcido se mantienen vigentes en nuestro medio prácticas tan prestigiosas como las de la cirugía estética, que distan de ser inocentes en la lucha contra el placer. ¿Cuánta sensibilidad mantiene un pecho hinchado de silicona? ¿Qué terminaciones nerviosas se destruyen cuando se corta, estira y recose una parte cualquiera de nuestro cuerpo? ¿Qué sensibilidad mantenemos en una zona en que se ha practicado una liposucción?.

Pero el libro de Cristina no se queda en estas constataciones y bucea en campos aún más inquietantes, como es el de las correlaciones entre mutilaciones y prestigio social (que en el fondo es lo que explica también la cirugía estética). Ella nos muestra que la circuncisión masculina y la clitoroctomía pertenecen al mismo complejo cultural, de modo que no existen casos conocidos en que se de sólo la mutilación femenina, y en cambio existen culturas en que se da sólo la masculina, que está por este motivo mucho más extendida y menos cuestionada. En contra de lo comunmente aceptado, la circuncisión masculina también es dolorosa y produce una pérdida significativa de la capacidad sensitiva del pene. Como en el caso de la clitoroectomía también se dan grados en términos de la cantidad de tejidos extirpados y por consiguiente de las mutilaciones producidas. Sin embargo produce poca crítica social porque, a través principalmente del judaismo está integrado en nuestra propia cultura, en la que ha tomado (cosa que a esta altura no debe extrañarnos) una legitimación médica como medida preventiva higiénica.

Dado que estamos acordes en que vivimos en un sistema patriarcal, en que los hombres detentan el poder, ¿puede leerse esto en términos de que las compensaciones simbólicas toman ventaja sobre los sufrimientos corporales? Y si este es el caso, ¿resulta efectivo combatirlo mediante la criminalización u ofreciendo otras compensaciones simbólicas que hagan irrelevantes e innecesarias las prácticas lesivas? Cristina apuesta decididamente por el análisis riguroso de todas las prácticas de mutilación, y por su erradicación a partir de cambios en las valoraciones, partiendo del respeto de las personas afectadas.

Cerrando el círculo podemos decir que no es demonizando (Arendt, 1993) los actores sociales que evitaremos las conductas que nos repugnan, sino modificando los marcos interpretativos que le dan pie, y para esto el conocimiento sigue siendo la única arma a nuestro alcance.

Bibliografía citada

ARENDT, Hannah (1993): La condición humana. Barcelona: Paidós.

EHRENREICH, Barbara y ENGLISH, Deirdre (1990): Por su propio bien. 150 años de consejos de expertos a las mujeres 1973, 1978. Madrid: Taurus.

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