Untitled Document Athenea Digital. número 4- Otoño 2003

Santamaría, Enrique; González Placer, Fernando (Coords.) (1998)
Contra el fundamentalismo escolar. Reflexiones sobre educación, escolarización y diversidad cultural. Barcelona: Virus, 214 p.



Juan de la Haba Morales
Facultad de Políticas y Sociología
Universidad Nacional de Educación a Distancia

 

Con ocasión de su reciente reedición nos ha parecido oportuno llamar la atención sobre este pequeño pero incisivo libro que, por causas muy diversas, entre las que no sería la menor de ellas la incomodidad que su mismo título provoca, pasó inicialmente desapercibido, pero que poco a poco ha ido cogiendo vuelos, haciéndose oír cada vez más y más fuerte en los estudios y debates sobre los actuales derroteros de la educación.

La obra de la que queremos dar cuenta es el tercer libro colectivo que la editorial Virus nos entrega relacionado con los retos, pero también con los mitos, que los fenómenos de la llamada “diversidad cultural” plantean a las sociedades contemporáneas. Si ya en las dos anteriores compilaciones —Extranjeros en el paraíso e Imágenes del otro— pueden encontrarse trabajos interesantes y sugestivos sobre la cuestión, en esta nueva, titulada provocativamente Contra el fundamentalismo escolar, Enrique Santamaría y Fernando González Placer reúnen trece breves y heterogéneas reflexiones, escritas todas ellas “desde dentro” del sistema escolar y con una perspectiva crítica, sobre la función y la responsabilidad de la acción pedagógica ante la variedad sociocultural de los modos de vida. Se trata de una compilación fecunda en ideas, no siempre fácilmente compatibles entre sí, ni siempre todo lo exploradas y desplegadas que requieren, al tratarse de una obra con intenciones más programáticas que analíticas, pero que, sin duda, merecen un debate amplio y crítico, puesto que en ella se contienen elementos básicos de reflexión para los interesados en el mundo contemporáneo de la educación, particularmente en lo que se refiere a cómo pensar la educación y las prácticas de escolarización en un contexto de cada vez mayor consciencia de las heterogeneidades de todo tipo que confluyen en el campo escolar.

A partir de esta preocupación común a los distintos textos reunidos el libro es susceptible de diversos niveles de lectura, ahora bien, de forma central, se presenta como un cuestionamiento crítico de las estrategias reflexivas al uso sobre las relaciones entre educación y diversidad sociocultural. Normalmente, el marco de ideas más extendido al respecto se caracteriza por presentar varios presupuestos, convertidos casi en datos dóxicos: cuando en él se habla de interculturalidad se acostumbra a hacerlo en relación a la escuela, como si se preestableciera una relación entre ambos términos que, en realidad, no es tan evidente, y como si, además, se sobreentendiera que la institución escolar tiene una virtualidad o se halla en una posición de privilegio ante la necesidad de actuar en defensa de la llamada interculturalidad. La “multiculturalidad” queda en lo sustancial reconvertida en un problema educativo. La escuela a la que asignan o que se autoasigna esta tarea parece perseguir así una pedagogía liberada de las pesadas “complicaciones” a las que conduce la introducción de otras dimensiones y espacios, de otros requerimientos y cuestionamientos que plantea la construcción concreta de una “sociedad multicultural”. Sin embargo, cuando, por el contrario, se constata la larga lista de dificultades, cuando no de fracasos, del sistema educativo en el reconocimiento y en la promoción de esa diversidad cultural, entonces es frecuente que se alegue que “la escuela no es más que un reflejo de la sociedad” en la que se inscribe. En clara divergencia, pensamos que es urgente desvelar la gran cantidad de supuestos que se contienen en proposiciones de este tipo y que se suelen admitir acríticamente. Para ello hay que retrotraer el eje central de la reflexión hasta los niveles más profundos del sistema escolar. Y para avanzar en ese camino lo que se pretende en esta ocasión, como señala con buen criterio uno de los coordinadores del libro, es «desplazar la mirada de lo adjetivo, de lo “intercultural”, para interrogarse sobre lo sustantivo, sobre lo que de forma sumamente genérica llamamos hoy en día “educación”».

En este sentido, el punto decisivo de la propuesta se centra en la reflexión sobre las dimensiones institucionales y culturales del propio sistema escolar, tratando de delimitar su especificidad sustantiva. Aquí reside la clave principal de la lectura de estos textos. La intención vertebradora de este libro colectivo no es tanto la de ofrecer respuestas o propuestas sobre las formas de enseñar las diferencias o sobre como se ha de entender una “pedagogía intercultural”, sino la de resituar los debates y las problemáticas, partiendo de la hipótesis, arriesgada sin duda, de que la cuestión de la incorporación de la “interculturalidad” en el sistema educativo no es tanto un problema de tolerancia, de coexistencia e intercambio entre supuestas identidades étnicoculturales diversas que entrarían en contacto en el aula, sino la cuestión anterior y más decisiva de las relaciones, llenas de distancias y conflictos, a veces tácitos, a veces frontales, entre la “cultura escolar”, por un lado, y la diversidad de culturas y de actores sociales que confluyen en el espacio de la escuela, por otro. En el fondo se trata, pues, de interrogarnos sobre las relaciones que los diversos actores sociales, y específicamente los sectores subalternos, mantienen con la “cultura escolar”; entendida ésta como un complejo arbitrario cultural, como un conjunto de relaciones, saberes, códigos, de disposiciones y estrategias de transmisión, como una específica organización espacio-temporal del aprendizaje y de la cotidianidad del aprendizaje, etc., todo ello sistematizado y preestablecido con anterioridad a la incorporación de los públicos escolares culturalmente heterogéneos y socialmente desiguales. Ciertamente la cuestión no es nueva, pero la variedad de configuraciones socioculturales que hoy entablan relación en el campo escolar, especialmente a partir de la presencia de públicos que proceden de los fenómenos de movilidad internacional contemporánea, la hace más perceptible y aguda.

La sugerencia que encontramos en esta obra es algo que va más allá de abrir un debate sobre cuestiones candentes para los educadores, pues, según mi opinión, nos propone ante todo un programa de investigación que toca aspectos centrales del espacio socioeducativo y político actual, un programa que se articularía al menos en torno a varios importantes cuestionamientos iniciales: ¿qué implicaciones y efectos tienen los modos escolarizados de educación para la naturaleza misma de las diversas modalidades de transmisión y aprendizaje cultural, para la formación de la experiencia y las formas de intersubjetividad?, ¿qué implicaciones tienen en relación al contenido y a la organización de la actividad intelectual, o qué entraña para la relación con y el conocimiento de las culturas humanas?. Por otro lado, ¿es posible hoy en día una práctica educativa que transmita algo distinto a lo que se ha llamado una cultura escolar?. Y, planteada así la cuestión, ¿queda anulada toda posible fuerza de emancipación en el seno de las prácticas escolares?, ¿pueden los sectores subalternos apropiarse provechosamente de la escuela sin ser apropiados y dominados al fin y al cabo por ella?.

Estamos, por tanto, ante un texto que debiera ponernos en guardia ante lo cultural o lo multicultural convertido en uno de los fetiches contemporáneos, así como también contra la cada vez mayor “pedagogización” de la vida social y, consecuentemente, de las prácticas y de los actores sociales. No podemos, pues, más que felicitarnos de la publicación de este libro, sobre el que cabe esperar que, a pesar de lo controvertidas que puedan resultar algunas de sus colaboraciones, encuentre el eco necesario y que su revisión crítica nos ayude en la tarea de desescolarizar el pensamiento de las prácticas socioculturales contemporáneas.

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