Untitled Document Athenea Digital. número 3- Primavera 2003

Girard, René (2002)
Veo a Satán caer como un relámpago. Barcelona: Anagrama.



Cristian Hormazábal
Programa de Doctorat de Psicologia Social. Universitat Autònoma de Barcelona

cristianh@hotmail.com

 

¿Pero a quién se lo ocurre hablar de Satán en estos días? René Girard ha reunido en esta obra un resumen a la vez sintético y profundo de sus trabajos anteriores. Podría decirse, sin incurrir en una gran exageración, que este trabajo completa una trilogía iniciada en “La violencia y lo sagrado” y secundada por “El chivo expiatorio”. Tampoco es demasiado decir que, lo que Girard gana en puntualidad y concreción a la hora de abordar sus tesis, lo pierde en evidencia, pues ya no esgrime las agudas comparaciones entre los mitos fundacionales, de casi todas las culturas, y la Pasión de Jesús para extirpar a esta última de su estructura sacrificial y otorgarle un caracter fundacional. Es este un canje apropiado, no solo porque no deja de invitar a la lectura de las pruebas más fehacientes de publicaciones anteriores, sino porque cuenta con un prólogo, elaborado por James G. Williams, que busca en cierto modo actualizar al lector con respecto a sus obras anteriores; una suerte de “glosario” de sus términos y argumentos centrales, a saber, la hominización del deseo, mímesis, deseo mimético, escándalo, sacrificio y, esta vez, la concreción de Satán como autenticación del deseo mimético en su tránsito por el túnel de la violencia indiferenciada y recíproca. Cabe opinar que, en tanto “glosario”, introduce muy bien al lector en esta antropología de la religión, pero nada más.

No adelantemos más los contenidos del libro y pensemos para qué puede servir esta baraja de conceptos hoy en día. Hasta ahora, Girard ha abogado por una exploración profunda, sistemática y científica de los sacramentos, comparándolos en términos de estructura con los mitos fundacionales de las más diversas culturas y diferenciando la Pasión de Cristo del resto de eventos sacrificiales anteriores y posteriores. La revelación que trae Jesús, la ruptura, dice este autor, es la de ser la primera víctima cuya inocencia es conocida e incluso defendida por unos pocos cuando, hasta entonces, el pensamiento mítico hacía que todas las víctimas de linchamientos colectivos apareciesen como culpables y merecedoras de su castigo. Es ese el campo de trabajo y el entramado girardiano. Su sustancia última, en cambio, y la respuesta a la cuestión aquí planteada, se manifiesta en una serie de estructuras, de conceptos dinámicos (mímesis el más poderoso de ellos) que invitan a comprender lo social como resultado de un eterno y cíclico vaivén simbólico, y no tan simbólico, entre la violencia y lo sagrado. Su obra no ha tratado de otorgar sencillamente un caracter funcional a la violencia, como algunos de sus críticos han querido hacer ver para tildarlo de estructuralista. Sería imposible conformarse con una formula de estructura-función que coloque a la violencia como requisito para el restablecimiento de un orden social, así sea momentáneo. Comprender la manifestación de la violencia, y su función en términos generales y cotidianos, bajo la fórmula de la mímesis tiene que acarrear consecuencias que van más allá del intelectualismo y las demostraciones de sapiencia. Consecuencias éticas. Y tal vez lo que hace de Girard uno de esos autores que causan enamoramiento o aversión no sea su redacción pretenciosa, sus hercúleas evidencias ni sus giros comparativos, en ocasiones acusados de tendeciosos, sino su argumento de fondo: estamos todos implicados; todos participamos, nos imitamos inadvertidamente en relaciones de rivalidad y competencia, y vamos creando verdades transitorias que cada vez duran menos.

Anteriormente, Girard ha expuesto sin reconcomios, con buena retórica y argumentos, la probabilidad de que, en un inicio, los linchamientos colectivos devenidos en mitos, acontecieron en realidad: que se haya asesinado colectivamente a una víctima, en el paroxismo de un proceso de indiferenciación general, de acciones y desquites, de venganza, de brutal rivalidad, inmediata, recíproca e interminable y que, con ello, haya vuelto temporalmente la paz y se constituyan los rituales para conmemorar su origen...para recordar de dónde surge el orden establecido. Muchos de sus críticos se han estancado en esta aserción como si fuese una cuestión de origen y se han lanzado a perseguir en el pasado recóndito aquello que la teoría de la víctima propiciatoria devuelve prácticamente a cada acción del presente.

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