Untitled Document Athenea Digital. número 10- otoño 2006

Gil, Adriana y Vall-llovera, Montse (Coords.) (2006)
Jóvenes en cibercafés. La dimensión física del futuro virtual. Barcelona: Editorial UOC. Colección Sociedad del conocimiento.



Vítores, Anna
Universitat Autònoma de Barcelona

 

"Mientras los jóvenes se lo pasan de miedo parece que los adultos pasan miedo" (Feliu, 2006). Así empieza Joel Feliu el tercer capítulo de este libro. Una frase que da cuenta de esas preocupaciones y miedos asociados al tándem jóvenes-tecnologías: adicción, aislamiento social, violencia…Y es que es un tándem jugoso a la hora de convocar miedos y preocupaciones mediáticas.

Los jóvenes ya de por sí son fuente inagotable de miedos. Son el futuro, nos dicen, pero pueden ser el "mejor" o el "peor" de los futuros: son seres especialmente corrompibles por las fuerzas de "lo peor". Si, además, les sumamos las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC's), el cóctel está listo. Ellas también son el futuro, y son las que pueden traernos lo mejor y lo peor. Así, aunque el discurso glorificador de las tecnologías (lo que a menudo se llama "tecnofilia") tiene un notable eco en los medios de comunicación, la "tecnofobia" no se queda atrás. Visiones distópicas sobre la tecnologización de lo humano o directamente sobre la deshumanización, sobre la automatización de las relaciones o sobre máquinas que arrebatan autonomía, sobre la privacidad y el control a los humanos, son también un recurso habitual en los medios de información y opinión.

Por eso mismo, una de las principales virtudes de este libro es que parte de la problematización de estas dos categorías: jóvenes y tecnologías. Más allá de los distintos aspectos analizados a lo largo del mismo, en todos ellos encontramos una constante preocupación por no dejarse llevar por esas evidencias, rutinas o clichés que tan fácilmente se cuelan en los discursos, doctos o no, cuando hablamos de estos temas. A través de los distintos capítulos se desdibuja esa visión de los jóvenes como proyectos inacabados y receptáculos pasivos de influencias. Y, del mismo modo, se cuestiona el discurso autonomizador y determinista de la tecnología, aquel que en este caso observaría a las TIC's como algo que impacta y se cierne sobre los jóvenes, moldeando y corrompiendo sus volubles mentes y comportamientos.

De hecho, lo que el libro nos ofrece es un compendio de trabajos que ejemplifican cómo atreverse a pensar las complejas y estrechas relaciones entre la sociedad y las tecnologías. Un ejercicio que nos permite poner en perspectiva algunas de las controversias que generan la relación de los jóvenes con Internet, con los videojuegos o con los móviles. Un ejercicio que, además, responde a una lógica que parece muy simple y que, sin embargo, no siempre es asumida al pensar en este tema: hay que preguntar y, ante todo, escuchar. Es esa lógica la que permite crear una vacuna contra los diagnósticos precoces de quiénes quieren coleccionar fenómenos encasillados.

Esta es la propuesta que se nos hace desde la magnífica introducción hasta los distintos capítulos: dejar de oír ruidos y escuchar voces. Voces de jóvenes que, como las de muchas otras categorías sociales que no son hombre-adulto-blanco-clase media, son a menudo voces no escuchadas. Voces que, por tanto, se convierten en ruido. Ruido y rumores sobre adicción, soledad, aislamiento, violencia, pornografía, baja autoestima, pirateo, pérdida de tiempo, pasividad. Pero si dejamos por un momento de asumir estas voces como si de ruido se tratara y pasamos a preguntar, e incluso a escuchar, seremos capaces de reconstruir la multiplicidad de elementos que definen la relación de los jóvenes con las TIC's. Esta escucha nos permitirá asomarnos a contextos de amistad, relaciones y comunicación que hacen mucho más compleja esa idea de soledad y aislamiento con la que muy a menudo se esmaltan las proclamas sobre el tándem jóvenes-TIC's. Esta escucha nos permite oír cosas como actividad, aprendizaje, control o apropiación en contraposición a la eficaz cantinela de la pérdida del tiempo y la pasividad.

En esta línea, el presente libro nos permite asomarnos de cerca a distintos ejemplos sobre cómo preguntar a los jóvenes sobre las tecnologías, y cómo preguntarnos sobre su relación. Y también nos permite reflexionar sobre cómo escuchar, cómo escuchar lo que nos dicen y sobre cómo presentar esas narraciones, los llamados "hallazgos", sin tratar de hablar en nombre de nadie o de “dar voz a los jóvenes. Lo que se pretende es "abrir los oídos" a quiénes sólo oyen ruido, proporcionando distintos patrones con los que atravesar la densidad de los clichés y combatir el desencanto de eso que creemos ya sabido.

Los siete capítulos que componen el volumen, pese a estar vertebrados en relación a un mismo objeto de estudio genérico (jóvenes-TIC's), brindan desplazamientos sustantivos, entre ellos y a través de ellos: de revisiones teóricas a reflexiones sobre lo empírico; de experiencias etnográficas a procesos de construcción y administración de cuestionarios; de cibercafés a espacios públicos de conexión a Internet; de esos espacios concretos a móviles y las llamadas perdidas. A lo largo de los capítulos se nos va mostrando una sinergia entre distintos lugares teóricos y metodológicos, sin tratar de circunscribirse o encerrarse en programas o técnicas concretas.

La mayoría de preguntas se encuentran formuladas en relación a un tipo particular de espacios físicos de encuentro de la "cultura digital juvenil": los llamados cibercafés. De todos modos, lo cierto es que el resultado trasciende esos espacios porque, al finalizar el libro, podemos preguntarnos por cibercafés, pero también por puntos públicos de conexión a Internet, por la relación de los jóvenes con sus móviles, por jóvenes en sus habitaciones con ordenador, por investigadores pensando en esos temas…. Sin embargo, otra de las grandes virtudes del libro es ofrecernos argumentos para pensar que espacios aparentemente tan secundarios y/o opacos como los cibercafés pueden ser informantes clave en una investigación.

En el primer capítulo, "Consumir TIC y producir Tecnologías de Relación. Aproximación teórica al papel del consumo de TIC en jóvenes", Adriana Gil recoge los planteamientos y las herramientas teóricas desde las que formular esas preguntas a hacernos y a hacer. De estos planteamientos y herramientas cabe destacar el recurso a los llamados Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (ESCyT) y la correlativa adopción de una determinada idea de consumo como perspectiva de análisis.

Desde las primeras páginas se nos va evidenciando, aunque pueda resultar paradójico, lo inapropiado de plantear como eje central la pregunta "¿cómo impactan las TIC's en la sociedad y, en concreto, en los jóvenes?". La pregunta sobre el impacto implica poder determinar dónde esta la frontera entre las TIC's y la sociedad, pensando en términos de variables independientes (las TIC's) y variables dependientes (los jóvenes). Y he aquí el por qué de su inapropiación. El libro se hace eco del creciente protagonismo e interés de los enfoques que estudian las relaciones tecnología-sociedad alejándose de esquemas unidireccionales y deterministas. Esquemas que explican los cambios sociales en función del cambio tecnológico (o que explican los cambios tecnológicos en base a conceptos sociológicos como la ideología).

Sin duda, los ESCyT condensan y formalizan enfoques, herramientas y conceptos que ilustran a la perfección esa ruptura con los determinismos. El libro recoge explícita y tácitamente muchas de estas aportaciones. Los ESCyT han sido especialmente sobresalientes en el cuestionamiento del determinismo tecnológico, tanto como teoría de la sociedad (la idea de que la tecnología tiene el papel protagonista para explicar nuestras formas de vida y nuestras futuros) como en su forma de teoría de la tecnología (tomar las tecnologías como algo que explica pero que no requiere explicación, porque su evolución responde a una lógica interna evidente e inexorable). En este contexto, se han elaborado infinidad de estudios para poner de manifiesto el papel de los intereses y de los grupos sociales en la aparición y desarrollo de innovaciones tecnológicas. Estudios ya clásicos como el de la construcción de la bicicleta, u otros relativos a la construcción de mísiles balísticos, redes eléctricas, el motor diesel, centrales nucleares o automóviles electrónicos, dan ejemplo de la prolífica capacidad de los ESCyT para evidenciar lo inadecuado de establecer una relación de exterioridad entre sociedad y tecnología. En este tipo de estudios se muestra cómo una tecnología no consigue cuajar en una sociedad al margen de un proceso de negociaciones (y de relaciones de fuerza) en el que no sólo se encuentran implicadas consideraciones técnicas, sino también consideraciones administrativas, políticas, económicas culturales, legales… De este modo, permiten cuestionar la lógica del desarrollo darwiniano e internalista de las tecnologías y el mito de la eficacia técnica como la lógica de su desarrollo. Sus estudios nos llevan a pensar que el diseño, la misma forma y la propia naturaleza de la tecnología tal y como la conocemos, remite a todo ese conjunto de consideraciones que no son sólo "técnicas". O mejor dicho: que las cuestiones técnicas son también cuestiones sociales.

Este primer capítulo recoge muchas de estas aportaciones de forma rigurosa pero amena, lo que permitirá que personas que no estén directamente familiarizadas con esta tradición, tomen el pulso a sus aportaciones. Sin embargo, va más allá, en el sentido que permite cubrir algunas carencias de esta tradición de estudios. Como se desprende de lo dicho, lo cierto es que muchos trabajos realizados bajo el paraguas de los ESCyT se han centrado en aspectos concretos de lo que clásicamente se entiende como los momentos de una innovación tecnológica: "los momentos" de la invención o el diseño de éstas. Pese a lo necesario de este tipo de estudios, el "momento" de apropiación y uso ha sido a veces olvidado. Es en este sentido que, en consonancia con planteamientos como los de Ruth Schwartz, este texto no sólo nos remite a los ESCyT, sino que también contribuye a completar algunas de sus lagunas proponiendo "el consumo" de las TIC's como el lugar desde el que plantear los análisis.

De hecho, a parte de la mirada de los ESCyT, uno de los condimentos más importantes del libro es la de poner la noción de consumo como concepto clave para entender como las tecnologías pasan a formar parte de nosotros. Sin obviar el cuánto, el quién, y el dónde se consume, o los estilos de vida que los sujetos manejan al consumir, se prioriza la visión del consumo como entramado, como metáfora de relación. Desde esta perspectiva, el consumo es producción: nos remite a la apropiación, integración y resignificación de las TICs en las vidas cotidianas de los jóvenes; nos remite a cómo se transforman y se producen tecnologías con sentidos y funciones diferentes de aquéllas para las que fueron concebidas, a cómo se transforman las identidades, las posibilidades de acción y las relaciones que se establecen en contextos vertebrados por TIC's.

El segundo y el cuarto capítulos ofrecen una perfecta ilustración de cómo buscar respuestas desde los planteamientos que la introducción y el primer capítulo nos sugerían. Y lo hacen tal y como se proponía al principio: preguntando y escuchando. A pesar de que el resto de capítulos nos remiten a métodos y técnicas, estos son, específicamente, los que más centrados están en estos temas.

En esta línea, en el segundo capítulo "Reflexiones en torno a la experiencia etnográfica en locales de "conexión" frecuentados por adolescentes", Isabel Rivero recupera la experiencia etnográfica para ilustrar una forma concreta de escucha, con el suficiente grado de problematización, cercanía, interés y avidez como para que lo que los jóvenes cuenten a los adultos no se haga ajeno. Pero también con la calma y la distancia que permiten no avasallar el terreno de la narración del otro: para no exigir que se cuente de otro modo, que se cuente más y mejor, que se cuente aquello que queremos oír, para no presuponer que quien explica no sabe lo que dice. En definitiva, para no escuchar mal. Además de una excelente presentación de los resultados de un trabajo etnográfico, resulta especialmente jugoso para quiénes estén interesados en lo que implica hacer etnografía en un contexto de cultura digital. Y no sólo por la posición investigadora (en el caso de los jóvenes, hacerla desde el olimpo de los adultos invita a fuertes emboscadas), sino por los efectos del propio registro de los datos y por la confusión que se da en los cibercafés entre los límites de los contextos "online" y "offline".

En el cuarto capítulo, "Qué, Cómo, Para qué y Con quién consumen los jóvenes las TICs", Montserrat Vall-llovera y Mercé Ribas, aunque más centrado en métodos y técnicas, nos muestra lo que su título nos anuncia: un estudio de qué, cómo, para qué y con quién consumen los jóvenes las TICs. El interés del capítulo está en que, por un lado, nos muestra con detalle el proceso de construcción y administración de un cuestionario en distintos cibercafés, dimensión no muy trabajada en la literatura sobre este tema; por otro lado, el capítulo permite reflexionar sobre la forma de enfocar una investigación en su conjunto, sin encerrarse únicamente en los métodos y técnicas, en lo cualitativo o cuantitativo, en la palabrería o numerería. El sistema de indicadores para valorar los usos y apropiaciones de las TIC por parte de los jóvenes en espacios públicos y privados de ocio con conexión a la red que el capítulo detalla, es deudor de una primera aproximación etnográfica a este tipo de entornos.

El tercer capítulo, "Adicción o violencia: dilemas sociales alrededor de las nuevas tecnologías y los jóvenes", nos regala un trabajo bien amasado y nutrido de esa lógica del preguntar y escuchar. En él, Joel Feliu sintetiza de forma clara pero exhaustiva las principales preocupaciones de los adultos sobre las TIC's y los jóvenes, las analiza y, lo más importante, las contrasta con lo que los jóvenes dicen de esas preocupaciones cuando se les pregunta. Un ejercicio tan sugerente que, como su autor indica, el capítulo podría haberse titulado "todo lo que temía saber acerca de Internet y los videojuegos y nunca se atrevió a preguntar a sus hijos". Siguiendo la línea del primer capítulo, en éste deviene central la noción de consumo como apropiación transformadora: cuando los jóvenes consumen TIC's las transforman y se transforman ellos mismos, transforman sus relaciones y las formas de crearlas, mantenerlas o modificarlas. Las TIC's comprenden usos distintos a los previstos por sus fabricantes y, a su vez, posibilitan pensamientos, acciones, sentimientos y afectos también distintos en los jóvenes. En este contexto, las tecnologías de la información y la comunicación son, ante todo, tecnologías de relación: las tecnologías se convierten en espacio de relación y la información a transmitir se convierte en un dato secundario. Como concluye el autor: "lo más importante no es comunicarse sino estar juntos, por lo que difícilmente puede uno suponer que las tecnologías de la información y la comunicación, y ello incluye los videojuegos, fomentan el aislamiento social" (Feliu, 2006).

El quinto capítulo ("Resignificando espacios mediante prácticas etnográficas: jóvenes en puntos públicos de conexión a Internet") y el sexto ("Perdidas para encontrarse. Usando el móvil para todo") ilustran las posibilidades que ofrecen las herramientas teóricas y metodológicas del libro, así como el interés de reseguir lo que aparentemente pudieran parecer flecos del núcleo del mismo. Por un lado, Albert Farré, Luz Mª Martínez y Mª Carmen Peñaranda nos brindan desde su etnografía una descripción posicionada de lo que hacen los jóvenes un punto público de conexión a Internet. Un espacio parecido a los cibercafés pero con particularidades a tener en cuenta, en especial por su carácter de servicio público y por la propia concepción que, de estos lugares y de la tecnología, elaboran las instituciones que los gestionan. Además del interés de un relato bien amasado con algunos de los condimentos teóricos explicados en la primera parte, el texto ofrece una mirada desde la que leer las formas de habitar y ser en determinados espacios de conexión a las TIC's en términos de prácticas de resistencia. Por otro lado, el capítulo de Josep Seguí remite a una presencia constante en buena parte del grueso de la investigación, y de la que da cuenta en el libro: esto es, los móviles. Otro aparente fleco que sería interesante hilar en profundidad. Y no tanto por el móvil como herramienta para la comunicación hablada, sino por aquello que el mismo capítulo pretende subrayar: lo reveladoras que pueden ser las llamadas perdidas. De nuevo, se recogen las voces de quiénes usan estos instrumentos para llamarnos la atención sobre las formas de sociabilidad e interacción que implican.

Para terminar, en el séptimo y último capítulo, "El estado de la cuestión del estudio de los jóvenes y la tecnología en el campo de la sociología", Jordi Sanz nos ofrece una revisión sobre el estado de la cuestión de las relaciones actuales entre jóvenes y TIC's en la literatura sociológica. Una revisión que permite conocer de forma sintética, pero igualmente detallada, las formas, contenidos y resultados concretos de distintas investigaciones en este ámbito, sin dejarse llevar por los seductores reduccionismos individualistas tan en boga en la literatura psicológica sobre el tema. Es por ello, una herramienta especialmente útil para cualquiera que necesite orientarse en este campo, así como un buen complemento al resto de conceptos, relatos y preguntas que el libro nos lanza.

El conjunto de los capítulos se articulan como una destacable herramienta de trabajo, consulta o inspiración para personas interesadas en ese tándem jóvenes-tecnologías. Pero más allá del tema concreto, este trabajo resulta sugerente para un abanico más amplio de lectores y lectoras: por la forma de abordarlo, por los lugares teóricos, por las preguntas y por los desplazamientos que sugiere. Porque es enormemente enriquecedor asomarse a esos "ruidos" que son los jóvenes para pensar en la realidad social. Y porque cada vez es más difícil hacer investigaciones sobre lo "real" (¿lo presencial?) que dejen fuera lo "virtual". Si es que tal distinción tiene ya sentido.

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