Viajar para ser: Construcción identitaria juvenil en jóvenes de Argentina en tránsito

  • Casandra Hojman
  • Rosario Orguilia
Este artículo analiza cómo los viajes prolongados inciden en la construcción identitaria de jóvenes de clase media en Argentina, a partir de un estudio cualitativo (2018) con entrevistas en profundidad, observación participante y análisis por teoría fundamentada. Mediante tipos ideales weberianos, se distinguen dos estilos: latinoamericanistas (anti-institucionales, énfasis en “autenticidad”, bajo consumo y sociabilidad con locales) e institucionalistas (anclaje en programas de movilidad, planificación y acumulación de capitales). El trabajo de fronteras simbólicas aparece en la oposición “viajero auténtico”/”turista–cheto–hippie con OSDE (Organización de Servicios Directos Empresarios)”. Un hallazgo transversal de género muestra márgenes diferenciales de maniobra: las mujeres reportan mayores precauciones y cuidados, mientras que los varones exhiben legitimidad para performar el ideal de autenticidad con menor penalización social. El artículo propone comprender el viaje juvenil como dispositivo de distinción y transición, tensionado entre resistencia y reproducción de órdenes hegemónicos.
    Palabras clave:
  • Juventudes
  • Identidad
  • Fronteras simbólicas
  • Autenticidad
  • Movilidad
This article examines how extended travel shapes youth identity among middle-class young people in Argentina based on a qualitative study (2018) combining in-depth interviews, participant observation, and grounded theory analysis (open–axial–selective coding). Using Weberian ideal types, we distinguish two styles: Latinoamericanists (anti-institutional, authenticity-seeking, low-consumption, oriented toward interactions with locals) and Institutionalists (embedded in mobility programs, planned trips, accumulation of capitals). Symbolic boundary work emerges in the opposition “authentic traveler” vs. “tourist/cheto/’hippie con OSDE’.” A cross-cutting gender finding reveals unequal room for maneuver: women report heightened risk management, precautions, and care regarding accommodation and movement, while men more easily perform authenticity with lower social penalties. Although travel is narrated as rupture, accounts also reproduce late-capitalist logics (mobility, flexibility, curated experiences). We argue that youth travel operates as a device of moral distinction and a means to manage entry into adulthood, situated between resistance and reproduction of hegemonic orders.
    Keywords:
  • Youth
  • Identity
  • Symbolic boundaries
  • Authenticity
  • Mobility

1 Introducción

El presente artículo forma parte de una investigación más amplia sobre la construcción identitaria en jóvenes argentinos de clase media que realizan viajes prolongados como parte de su transición a la adultez. Nos preguntamos cómo estas experiencias de movilidad configuran su identidad y qué discursos emergen en torno al viaje como práctica juvenil. En particular, analizamos las narrativas de los viajeros y la manera en que construyen fronteras simbólicas entre distintos estilos de viaje.

El viaje ha sido ampliamente considerado un espacio de exploración y autoconocimiento en la juventud, aunque su significado varía según el contexto social y las trayectorias individuales (Gómez, 2021; Richards, 2022). Desde una perspectiva sociológica, Joaquim Casal (1996) plantea que el viaje puede enmarcarse dentro de la moratoria social, un periodo en el cual los jóvenes postergan ciertas responsabilidades adultas mientras exploran nuevas experiencias. De manera similar, Carles Feixa (1998) analiza el viaje juvenil en el marco de la construcción de identidades híbridas, destacando su papel en la globalización y en la reconfiguración de las trayectorias juveniles.

Desde el campo de los estudios culturales y antropológicos, Rossana Reguillo Cruz (2000) señala que los viajes pueden ser estrategias de resistencia simbólica frente a los modelos tradicionales de inserción social, mientras que Ulf Hannerz (1996) enfatiza el papel de la movilidad en la negociación de la identidad juvenil en un mundo interconectado. Por otro lado, Pierre Bourdieu (1986) sostiene que la experiencia de movilidad puede generar habitus diferenciados, donde la acumulación de experiencias en distintos contextos contribuye a reforzar ciertas disposiciones y privilegios de clase. En esta línea, enfoques desde la sociología del turismo, como los de John Urry (2007), han analizado cómo la movilidad juvenil puede operar tanto como estrategia de diferenciación social o como parte de un mercado de experiencias globalizado. Valentina Cuzzocrea y David Cairns (2020) dan cuenta de las diferencias entre jóvenes con acceso a redes globales y aquellos cuyos viajes responden a estrategias de supervivencia.

En este estudio, partimos de estas distintas aproximaciones para analizar cómo los jóvenes argentinos construyen su identidad a partir de la experiencia del viaje, considerando tanto sus relatos como las estructuras sociales que condicionan sus trayectorias. Nos interesa observar las formas en que los viajeros se diferencian entre sí, marcando fronteras simbólicas dentro del mismo fenómeno de movilidad juvenil. A partir del análisis de entrevistas en profundidad, exploramos las distintas maneras en que los jóvenes entienden el viaje: algunos lo conciben como una ruptura con el orden social establecido, mientras que otros lo integran dentro de estructuras institucionalizadas. Nos preguntamos, entonces, en qué medida estas experiencias de viaje refuerzan o desafían las lógicas hegemónicas de la juventud en el capitalismo tardío.

Desde una perspectiva teórica, entendemos la identidad como un proceso dinámico, relacional y performativo (Goffman, 1994; Hall, 2003). La identidad viajera, en este sentido, no es solo una expresión individual, sino que se configura en interacción con discursos sociales sobre la juventud, la movilidad y el consumo. En este trabajo exploramos cómo los jóvenes elaboran sus relatos de viaje, qué valores reivindican y de qué manera diferencian su experiencia de la de otros viajeros.

Para abordar estos procesos, adoptamos un enfoque cualitativo basado en la teoría fundamentada (Strauss et al., 2002), lo que nos permitió identificar categorías emergentes directamente desde los relatos de los entrevistados, sin imponer un esquema teórico previo. Asimismo, recurrimos a la construcción de tipos ideales en clave weberiana para estructurar y comparar los discursos de los jóvenes sobre sus experiencias de viaje.

El trabajo de campo se realizó en Argentina en 2018 y consistió en entrevistas en profundidad a jóvenes de entre 20 y 30 años que habían realizado viajes prolongados por motivos ajenos a estudios académicos o empleos estables. Además, se incorporó observación participante en espacios sociales frecuentados por estos jóvenes antes y después de sus viajes.

El objetivo de este artículo es analizar cómo la identidad juvenil se reconfigura a partir de la experiencia de viajar, mostrando que, aunque el viaje es concebido como un espacio de transformación personal, también opera dentro de marcos normativos que estructuran la juventud contemporánea. Finalmente, analizamos hasta qué punto estas experiencias viajeras desafían o refuerzan los valores hegemónicos sobre la movilidad, el consumo y la autonomía en el capitalismo tardío (Mandel, 1979).

2 Metodología

La investigación se realizó en el año 2018 en un contexto en donde se intensificaron los viajes largos en los jóvenes de Argentina. Realizamos un diseño cualitativo, basado en la teoría fundamentada, lo que permitió construir conceptos y categorías a partir de los datos obtenidos. Optamos por la entrevista en profundidad como técnica principal para recoger información sobre las experiencias y narrativas de 10 jóvenes entrevistadas y entrevistados, quienes tenían entre 20 y 30 años y habían realizado viajes prolongados por motivos ajenos a estudios académicos o trabajos profesionales estables.

En el desarrollo del artículo se transcriben varios fragmentos de las entrevistas realizadas, a través de citas directas que acompañan y dan sustento a los núcleos teóricos de la investigación. Para resguardar la intimidad de los entrevistados y las entrevistadas, quienes brindaron datos sensibles sobre sus vidas, cada cita es acompañada solo por un numero.

Durante el proceso de análisis, seguimos la codificación abierta propuesta por Anselm Strauss et al. (2002), descomponiendo los datos en partes discretas, agrupándolas en conceptos y estableciendo categorías más abstractas. Utilizamos el software ATLAS.ti para facilitar la sistematización y organización de los datos.

Además, empleamos la construcción de tipos ideales según la metodología weberiana para conceptualizar los estilos de viaje observados en los jóvenes entrevistados. Este enfoque nos permitió identificar patrones y contrastarlos con figuras simbólicas, como la del «Che» Guevara, para analizar las narrativas que atraviesan estas prácticas.

La construcción de estos tipos ideales no pretende reflejar fielmente la realidad empírica, sino ofrecer una herramienta analítica para comprender las narrativas y prácticas que emergen en las experiencias de viaje de los jóvenes.

2.1 Análisis de la información

La teoría fundamentada se propone construir conceptos que se deriven de la información emanada de las personas que viven las experiencias que se investigan. De acuerdo con la manera en que los entrevistados narran lo vivido y cómo conciben la realidad analizada, emergen las categorías principales de esta investigación. El uso de la teoría fundamentada (Strauss et al., 2002) permite identificar categorías emergentes directamente desde los relatos de los entrevistados, sin imponer un esquema teórico previo. Esto resulta clave para captar la diversidad de narrativas sobre el viaje y la identidad juvenil. Asimismo, la construcción de tipos ideales en clave weberiana nos permite estructurar los discursos en torno a dos modelos opuestos, facilitando la comparación entre los estilos de viaje

Tras la transcripción literal de las entrevistas, comenzamos el análisis con la técnica de codificación abierta, descomponiendo los datos en unidades discretas para identificar patrones conceptuales. Estas unidades se agruparon en categorías más abstractas, permitiendo la identificación de relaciones significativas entre los elementos narrados por los entrevistados.

En el caso de los viajeros latinoamericanistas, las narrativas enfatizan el alejamiento de las comodidades propias de la clase media, así como el deseo de conectar con realidades sociales y culturales distintas. Los entrevistados describen sus viajes como una forma de emancipación temporal del sistema capitalista y las estructuras familiares, situándose en un marco simbólico inspirado por la figura del «Che» Guevara.

Por otro lado, los viajeros institucionalistas, aunque también buscan nuevas experiencias, se insertan en lógicas más estructuradas que reproducen los valores del mercado laboral capitalista. Sus viajes son organizados dentro de programas que les ofrecen una mayor seguridad económica y estabilidad.

El proceso de análisis incluyó la comparación constante entre los discursos de los entrevistados y las categorías emergentes, permitiendo identificar tensiones y matices entre las narrativas contrahegemónicas y las lógicas hegemónicas que atraviesan sus vivencias. De esta manera, las experiencias de viaje se presentan como un escenario complejo, donde convergen búsquedas individuales de autonomía con estructuras sociales que influyen en la definición de la juventud y su transición hacia la adultez.

La sistematización y el uso del software ATLAS.ti permitieron construir un marco interpretativo que articula las narrativas de los jóvenes con un análisis crítico de los discursos sociales y culturales que moldean sus experiencias. Este enfoque no solo esclarece las particularidades de cada grupo de viajeros, sino que también aporta a la comprensión más amplia de los procesos de transición juvenil y construcción identitaria.

3 Resultados: Identidad

3.1 Identificaciones grupales y noción de grupo

Existen diferentes identidades que se construyen discursivamente en los relatos de las experiencias de las y los jóvenes viajeros. Indagaremos lo dicho en las entrevistas, teniendo en cuenta que, como señala Mijaíl Bajtín (2000), desde la temprana adquisición del lenguaje y a lo largo de la vida, las personas se inician como seres sociales y se desarrollan como tales, construyendo su individualidad a partir de las y los otros, de las acciones y del discurso ajeno.

No se puede ser sin el otro, por lo que se debe repensar la identidad como un fenómeno social, resultado de las relaciones del ser consigo mismo y con quienes lo rodean. Esta relación entre sujetos tiene como marco al dialogismo, es decir, que la identidad se forma y transforma en un continuo diálogo entre el sí mismo y las y los otros. «En la obra de Bajtín, los significados del dialogismo son diversos, pero un punto de partida para su comprensión es su etimología, que refiere a la interacción de dos o más logos, cada uno con sus propios valores, voliciones y posicionamientos» (Alejos García, 2006, p. 49).

A su vez, al acceder a las experiencias de las y los viajeros a través de sus discursos durante las entrevistas, existe otro factor a tener en cuenta, la presencia de tres unidades simultáneas durante estas interacciones: la persona observada, la persona observadora y el sujeto que vivencia las experiencias. La primera de ellas es la o el joven entrevistado, la persona construida en el discurso, quien asume un determinado rol (Goffman, 1994) frente a quien entrevista, es decir, presenta una fachada y la remarca constantemente al poner sus experiencias en palabras, solicitando implícitamente a la persona observadora que lo tome en serio, que crea que realmente posee los atributos que aparenta tener. Aun sin ser necesariamente intencional, este rol difiere de quien vivió las experiencias que relata.

Stuart Hall (2003), en su texto «¿Quién necesita identidad?», propone el término de identificaciones en lugar del de identidad, en tanto este último está conectado a desarrollos teóricos que la han pensado como una esencia, como núcleo estable constitutivo de cada persona. En su lugar, referirse a identificaciones implica poner en primer lugar el proceso de sujeción a prácticas discursivas, de reconocimiento con otras personas, con un grupo, con un discurso preexistente al enunciado por cada sujeto. De modo que, nuevamente, se propone una relación con un afuera constitutivo y un proceso de articulación, de sutura y sobredeterminación. Al volverse imposible la fusión total, las identificaciones se afincan en la contingencia, sin jamás alcanzar la cancelación de la diferencia.

Como todas las prácticas significantes, está sujeta al «juego» de la différance. Obedece a la lógica de más de uno. Y puesto que como proceso actúa a través de la diferencia, entraña un trabajo discursivo, la marcación y ratificación de límites simbólicos, la producción de «efectos de frontera». Necesita lo que queda afuera, su exterior constitutivo, para consolidar el proceso (Hall, 2003, p. 16).

Desde un principio, la demarcación fuerte de las identificaciones construidas en el grupo de las y los latinoamericanistas se constituye en una contraposición con otros tipos de viajeros, nombrados por ellas y ellos como «turistas» y «chetos», con quienes marcan un límite; los reconocen como un otro con características negativas por las cuales no les interesa juntarse con ellos.

Sobre la diversidad cultural, el antropólogo Fredrik Barth (1976) estudia la constitución de los grupos étnicos y la naturaleza de los límites entre estos. Al respecto, destaca que los límites se fundan a partir de distinciones categoriales, que son procesos de exclusión e incorporación por los cuales son conservadas categorías discretas a pesar de los cambios de participación y afiliación. En su trabajo etnográfico, el investigador demuestra que las diferencias culturales persisten a pesar del contacto interétnico y de la interdependencia, porque es en la diversidad y en la interacción donde se procesa y construye la identidad.

Cada uno tiene su forma de viajar, hay personas que pueden estar trabajando todo un año para pagarse unas vacaciones y viajar, cada una viaja en la comodidad que se sienta mejor, no siento nada, cada una se está haciendo su camino, no quiero interferir tampoco porque también me va a interferir en mi camino, no sé, si alguien se quiere acercar y compartir un rato, compartimos, yo sé que no me voy a acercar a compartir con esa persona, pero tampoco la voy a echar ni la voy a despreciar porque por más que sea careta, puede tener buenas ideas, y bueno, consejos, por más que no lo sea, pero está bueno hacerse escuchar por lo menos. (Entrevista 1, entrevista personal, noviembre de 2017)

Otra de las personas viajeras a la que hemos categorizado como latinoamericanista señala su distinción con ese «otro» al comentar que hay quienes al viajar se ponen a vender cosas en la calle por primera vez y quedan asombradas de su capacidad de autosustentarse de esa manera un tiempo. Expresa entre líneas que ni a él ni a las otras personas del grupo al que pertenece les resulta novedoso este tipo de actividad, porque ellas y ellos ya habrían salido del sistema formal laboral para ganarse el dinero de modos informales.

Existe una mirada peyorativa de un otro que no mantiene su actividad habitual al viajar, así como ellas y ellos lo hacen. En sus discursos, señalan que se dedicaron siempre a los malabares y que viajar no implica un cambio del estilo de vida que mantienen en sus ciudades de origen, como sí sucede con otras personas jóvenes que solo al viajar modifican sus actividades cotidianas. En este sentido, la crítica tiene como interlocutor construido a un otro que puede encontrarse representado en una de las viajeras del otro grupo, quien se fue con el dinero ahorrado y solo cuando no tuvo más comenzó a trabajar de manera independiente haciendo artesanías, tejidos, dibujos, y se sorprendió del resultado de esta actividad.

Podemos ver cómo estos límites que se manifiestan a la hora de mostrarse como personas viajeras constituyen sus identificaciones grupales y las acercan a la identificación del tipo ideal del «Che» Guevara. Este joven, al viajar por América Latina, «podría ofrecer sus conocimientos de medicina a cambio de una cama de hospital y parecía que nadie podía negarle nada» (Álvarez de Toledo, 2012, p. 82). Obtenía un lugar donde dormir a cambio de ejercer saberes y habilidades que él ya sabía hacer de antemano, que estaba aprendiendo en la universidad y compartía con su compañero de viaje.

En cuanto a los diferentes tipos de viajeros descritos por las y los jóvenes que viajan sustentándose mediante el arte, podemos reconocer los límites que establecen las y los latinoamericanistas con otros grupos. En la medida en que estos actores utilizan estas identificaciones para categorizarse a sí mismos y a las y los otros, actualizan las categorías sociales preexistentes a sus palabras, a sus viajes y a ellas y ellos mismos.

Aunque los tipos de viajeros presuponen diferentes maneras de viajar, es preciso suponer que no existe una paridad total entre estas categorías y las similitudes y diferencias que encierran. «Los rasgos que son tomados en cuenta no son la suma de diferencias “objetivas”, sino solamente aquellas que las y los actores mismos consideran significativas» (Barth, 1976, p. 15)1.

Consultados acerca de qué es ser viajeros y los diferentes modos de viajar, las y los jóvenes latinoamericanistas marcan distinciones entre ellos y ellas quienes viajan como turistas, quienes viajan con plata desde una posición más acomodada y los llamados «hippies con OSDE». A las y los turistas los piensan como personas que recorren centrándose en lo que el mercado les vende como atractivo, las y los colocan bajo la figura de consumidores que reproducen el modelo capitalista del cual estos jóvenes procuran distanciarse.

Con este discurso se construyen a sí mismos como viajeras y viajeros a quienes no les interesan los bienes materiales, lo que las y los acerca a una identificación con el tipo ideal del «Che» Guevara, sin intenciones de viajar como turistas, sino de vivenciar realidades de los sectores más relegados. Es en este rasgo de compromiso social donde se manifiesta más intensamente esta diferenciación con lo que se construye como una otredad.

Todos los grupos tienden a instaurar su propia alteridad. La construcción simbólica de un «nosotras y nosotros» instaura diferentes alteridades. La marcación de estos límites de diferenciación se puede reconstruir rápidamente a partir de algunos de los fragmentos de las entrevistas, cuando cada una y uno de las y los latinoamericanistas expone las diferentes maneras de viajar que reconoce que existen. No consideran personas viajeras a quienes viajan como turista, incluso uno de los jóvenes señala que hacer turismo es «turistear» pero no viajar. Este límite marca una decisiva frontera entre un «nosotros/as: viajeros/as» y un «ellos/as: turistas».

Es difícil describirlos en realidad, porque son muchos, con subvariaciones: están los viajeros natos, en un punto que son gente que no necesita hacer alarde de que viaja, simplemente lo hace, y que se la rebusca en cada lugar como puede, a veces artísticamente, a veces de oficios, a veces a raíz de lo que sea; después hay gente que sigue otros modos de viajar, y tiene que estar siempre citando frases de autoayuda y berretines, porque creen que su vida es heroica; es la verdad, cuando en realidad lo único que hacen es turistear, que no está mal, solo que me cae un poco más, era hacer una bandera heroica de hacer lo que uno quiere, lo que está al alcance de cualquiera. Después tenés los viajeros que viajan a raíz de estudiar, con becas de estudio en otro país; las personas que viajan solo por trabajo existen, que uno las puede ver de un país a otro o de una provincia a otra, de una ciudad a otra, es gente que tiene que viajar por obligación, que no es lo mismo que la gente que viaja por placer o curiosidad. Tenés también a los niños ricos, que viajan porque están al pedo y no tienen nada que hacer y tienen dinero, que eso se ve mucho, no sé, hay muchos tipos de viajero en realidad. (Entrevista 2, entrevista personal, diciembre de 2017)

3.2 Tipologías - Nos/otros/as: jóvenes y viajeros/as

Según Barth, las variables que influyen en la determinación de los límites grupales son numerosas. Los límites originados en el aislamiento implican las características de diferencia cultural, separatismo social, barreras del lenguaje, enemistad organizada o espontánea. La clasificación de las y los individuos y los grupos locales como miembros de un grupo étnico dependerá del grado en que muestren rasgos particulares de esa cultura (1976, p. 11).

En el grupo al que denominamos latinomericanista, podemos dar cuenta de cómo se plasman las dos dicotomías étnicas planteadas por Barth para conformar el sentido de pertenencia grupal y ser visto por las y los demás jóvenes de este grupo como un par más, aunque viajen por diferentes lugares y jamás se hayan visto. Por una parte, están las señales o signos manifiestos, denominados «rasgos diacríticos»: «que las personas esperan descubrir y exhiben para indicar identidad y que son, por lo general, el vestido, el lenguaje, o un general modo de vida» (Barth, 1976, p. 16). Y por otro, las orientaciones de valores básicos: las normas de moralidad y excelencia por las que se juzga la actuación. Según Barth (1976, p. 16), pertenecer a una categoría étnica supone ser cierto tipo de persona, con una identidad básica determinada, lo que conlleva a su vez el derecho a juzgar y a ser juzgado conforme a las normas asociadas a dicha identidad.

En cuanto a estos últimos rasgos, distinguimos como valor básico la posición en la que cada persona se coloca al viajar y relacionarse con el mundo. Los y las latinoamericanistas se definen a sí mismos como quienes encuentran interesante relacionarse desde otro lugar, como bien hizo en sus viajes el «Che» Guevara, es decir, con condiciones materiales de existencia diferentes a las que tienen en su lugar de origen, mientras que las otras personas que viajan buscan relacionarse con sectores sociales afines a su clase social, con otras y otros viajeros que estén haciendo los mismos planes de viaje que ellos.

Retomando al grupo de quienes viajan por América Latina, podríamos dar cuenta de que la orientación de los valores que se manifiesta en él es la de viajar con pocos recursos, no ser turista, no buscar comodidades, conocer la forma de vida de otras personas —⁠con especial interés en gente del lugar, pobladores y trabajadores⁠—, ser anticapitalistas. Dentro de los valores al interior de este grupo se destaca el viaje en tanto una experiencia vital que no está sujetada por el sistema: cada uno sale a vivir el mundo por sí mismo.

Ideología sería anticonsumismo, antimaterialismo, digamos, no caer en la tentación, no caer en las frivolidades, buscar las cosas auténticas en la medida de lo posible, usualmente me relaciono con gente que esté de alguna manera en movidas artísticas o socioculturales y no con gente digamos comerciantes, o empresarios o similares, en cuanto a hábitos, que no tengan problemas con las drogas, que tengan la mente abierta, que sean curiosos, que sean pensantes, se me hace bastante importante para no tener peleas a futuro, o desilusiones, no sé, en cuanto a hábitos en la vida, que sean respetuosos con el espacio ajeno, lo mismo que buscaría con alguien con quien vivir en realidad, gente que sepa ubicarse en cuándo están molestando y en cuándo no. (Entrevistado 2, entrevista personal, diciembre de 2017)

Como señala la cita de Barth, cada grupo subraya y considera importantes determinados rasgos que ordenan la conducta de quienes autoadscriben a dicho colectivo. Es el alejamiento de dichos rasgos lo que abre la posibilidad de juzgar y ser juzgado por otro miembro del mismo grupo o por una mirada externa. En un momento de la entrevista en el que preguntamos por los modos de hospedarse, una de las entrevistadas del grupo latinoamericanista remarca el tema de que no está bien visto querer dormir en lugares cómodos.

La verdad, siempre intento estar bien cómoda. Un día puedo dormir en la calle, lo he hecho, lo he pasado. Si yo quiero no lo hago, siempre trato de estar cómoda. Estoy con una amiga, pagamos un hotel, está todo rebién, lo puedo hacer, hago malabares. Hay mucha crítica también de eso. ¡Ah, no! cómo pagás un hotel. Por eso no sé en qué categoría meterme. (Entrevista 3, entrevista personal, noviembre de 2017)

En contraposición, podemos notar que en el grupo de viajeras y viajeros que viaja mediante instituciones se distinguen otros valores, en los que viajar sí implica una organización y planificación previa. Uno de los entrevistados del otro grupo expresa que para irse de viaje realizó trámites bancarios, planificó lugares turísticos adonde ir, todo aquello que las y los latinoamericanistas entienden que se vincula con el viajar desde un lado poco auténtico. Y otra de las viajeras comenzó su recorrido yendo algunos meses a la casa donde estaba viviendo su hermana en ese momento, y luego hicieron juntas un viaje programado a México.

Básicamente, llegamos e hicimos los trámites para tramitar cuentas en el banco, para sacar el CUIT de allá, que lo necesitás para trabajar, compramos un auto, ya que era muy accesible entre los tres, muy barato. Agarramos un mapa de papel, miramos los nombres raros de las ciudades o pueblitos costeros y nos empezamos a ir para el norte con el auto. Íbamos parando, que ya teníamos una cuenta de teléfono, fue una de las primeras cosas que hicimos, tener un celular con datos. Veíamos con el mapa dónde había un pueblito, qué cosa había por hacer ahí. Yo tenía la Lonely Planet, que es una guía que se hace para un montón de ciudades del mundo, donde ves las mejores cosas para hacer, parte de cultura, turismo gastronómico, lugares para dormir. No sería lo mejor, al fin de cuentas es muy comercial, pero empezamos guiándonos por ahí. Parando en diferentes lugares y nos quedábamos uno o dos días, una semana si nos gustaba el lugar, pero no había un destino fijo. La idea era dar una vuelta por toda la parte costera de Nueva Zelanda y eso fue lo que hicimos por lo menos en la parte norte. (Entrevista 4, entrevista personal, diciembre de 2017)

En cuanto a los rasgos diacríticos, que son los que marcan la frontera visible entre «nosotros/as» / «otros/as», se distingue, entre otros, el modo de vestirse. En el caso de las y los latinoamericanistas, afirman que utilizan ropa cómoda, sin darles importancia a las marcas, aprovechando, si se puede, aquella ropa que otros ya no usan. En concordancia con su viajar de manera despojada de lo material, la vestimenta es entendida como un gasto en el que no invierten.

En muchos lugares está habiendo esas gratiferias y entonces vas y si querés llevas ropa para cualquier persona, y están ahí, son gratiferias, y vas, y lo que te gustó, lo agarrás, lo elegís y es gratis. Por eso mayormente nunca, ni me acuerdo cuándo fue la última vez que compré ropa. Lo que sí compro de vez en cuando son gorros, nada más, viseras. Ni me acuerdo, capaz en algún «bresho», en Brasil, habré comprado algo, pero porque allá 2 reales, 3 reales te comprás ropa, pero después o comprar ropa nueva así o comprarla por alguna marca, no. (Entrevista 1, entrevista personal, noviembre de 2017)

Qué ropa eligen usar los viajeros y en qué lugares la consiguen no son datos menores, en tanto los bienes culturales no son solo vehículo para la expresión, sino que son dimensión constitutiva de sus identidades. «La ropa, por ejemplo, cumple un papel central para reconocer a los iguales y distanciarse de los otros, se le transfiere una potencia simbólica capaz de establecer la diferencia» (Reguillo Cruz, 2000, p. 81). Vestirse con ropa cómoda —⁠con algo que más o menos sea de su gusto, comprar ropa en ferias americanas o tomarla de las gratiferias, no querer gastar plata en vestimenta⁠— son rasgos que hacen la imagen y estética de los jóvenes. Y en simultáneo, forman parte de un posicionamiento ideológico que critica el modo de producción del sistema capitalista, la cultura de lo desechable y la industria globalizada dedicada a la producción de bienes y mercancías para los jóvenes. Al respecto, Reguillo Cruz, al estudiar los modos de organización de los jóvenes en un contexto de debilitamiento de los mecanismos de integración tradicional, señala:

Un conjunto importante de colectivos juveniles empiezan a buscar maneras posibles de salir de los circuitos del mercado, entendido aquí como la oferta regulada de «identidades a la carta». El vestuario, las marcas corporales, la apariencia, buscan no solo la expresión libre del cuerpo, sino la dramatización de algunas de las creencias fundamentales de las que hacen parte (Reguillo Cruz, 2000, p. 151).

Otros sentidos vinculados a la experiencia de viajar emergieron cuando se les mostró la imagen de un paisaje con una camioneta retro van, acompañada de la frase «El dinero se recupera, el tiempo no». Desde su perspectiva, esta es una frase que circula en los nuevos medios de comunicación como las redes sociales, reflejo de una cultura del goce predominante en los discursos del mercado. A partir de esta mirada acerca de la afirmación mostrada, los y las jóvenes expresaron críticas a las y los nuevos viajeros refiriéndose a una moda actual.

Aquí se demarca otro límite importante con el resto de los viajeros. «Cuando se les define como grupos adscriptivos y exclusivos la naturaleza de la continuidad de las unidades étnicas es evidente: depende de la conservación de un límite» (Barth, 1976, p. 16).

— ¿Qué pensás de esta imagen? Viajá, el dinero se recupera, el tiempo no

— Y, que es un poco fetichista, que es verdad, pero está muy de moda. Es una obviedad que el dinero se recupera y el tiempo no, es bastante evidente, pero es producto de que ahora está de moda viajar y está totalmente idealizado y la gente cree que viajar es fácil, es bonito e idílico y es bastante difícil, la realidad es esa, si tenés un instinto de orgullo, no podés estar en ciertos países, pero nada, si a las personas las motiva a estar más felices, está buenísimo, bien por el diseñador. (Entrevista 2, entrevista personal, diciembre de 2017)

Las opiniones de las y los jóvenes se vinculan con el hecho de que viajar se ha vuelto una experiencia de transición posible para una amplia porción de pares, y se ha incorporado con fuerza en el mercado de servicios que se le ofrecen a este sector de la población. Una experiencia que tiene arraigo en la ruptura de lo establecido y en la posibilidad de generar cambios sociales se resignificó como experiencia formativa necesaria, y se abrió un mercado en función de esta significación en la cual las instituciones adquirieron un rol importante. Una de las dinámicas comunes es ir a algún destino turístico y trabajar como voluntario en hostels a cambio de un lugar donde hospedarse o en lugares donde solo toman empleados extranjeros como bares y kioscos de playa. Bajo esta modalidad, los dueños de negocios abaratan sus costos y los lazos solidarios que suelen tenderse entre locales y viajeros se ven transformados.

A mediados de los cincuenta, el «Che» se quedaba en hospitales, en comisarías, en casas de familia, en aquel lugar donde le ofrecieran tenderle un colchón o una cama para pasar la noche. Pero las dinámicas actuales de intercambio, modifican el concepto de hospitalidad y de ayudarse unos a otros porque en muchos casos se institucionaliza este dar y recibir, y se acerca a intercambios rentables desde lo económico, como los voluntariados. El joven que viaja ya no es considerado por la mirada social como alguien desviado de la norma, que no tiene perspectivas a futuro, sino que es valorado por una cultura laboral dominante que fomenta la formación continua, la multitarea y la adaptabilidad, la adquisición de destrezas y habilidades sociales, y el aprendizaje de lenguas.

3.3 Vínculos durante el viaje. Dime con quién andas y te diré quién eres

Posicionándonos desde un enfoque marxista y gramsciano, estas transformaciones implican que las prácticas viajeras que anteriormente actuaban como alternativas al modelo hegemónico de ser joven podría pensarse que fueron incorporadas por la burguesía, normalizadas y controladas en tanto prácticas hoy día hegemónicas. Frente al deber ser de una trayectoria lineal que enviaba al sujeto de la institución escolar al mercado laboral, emergió una experiencia disruptiva en la que determinado sector de la juventud no se colocó como estudiante ni trabajador/a, sino como viajero/a. En el marco de una relación de dominación, la experiencia de viajar siendo joven se podría haber posicionado como una experiencia subalterna, propia del sujeto subordinado. Sin embargo, en un círculo de permanente intercambio y de conflicto entre las culturas dominantes y las culturas subalternas, con los años, el viaje de la juventud podría haber sido resignificado por la clase dominante, incluso, impulsado con otras características que implican prácticas afianzadoras de conductas útiles para la reproducción de la dominación.

Cada estilo de viajero y viajera expresa en las entrevistas los límites de su grupo, a través de una marcada diferenciación con las y los otros viajeros. Los latinoamericanistas no se juntarían con quienes llaman «turistas» o «Chetos», sino que buscan relacionarse con personas que estén viajando con un presupuesto escaso o con los locales de cada lugar que visitan, mientras que las y los otros entrevistados buscan juntarse con personas de un estatus social más elevado.

Las y los viajeros latinoamericanistas se juntan con otras personas que pretenden viajar de la misma manera, se relacionan con quienes tengan las mismas identificaciones al momento de compartir una experiencia de viaje. Los vínculos que constituyen parten de un mismo modo de andar, en relación con las actividades de sustento, los destinos poco planificados, la búsqueda de un diálogo con los locales de cada lugar visitado.

Estas experiencias formativas en la transición de estos jóvenes podrían confluir en el tipo ideal del «Che» Guevara, quien en determinado momento de su segundo viaje por Latinoamérica se separa de su amigo con el que había partido de Buenos Aires, por no compartir la misma manera de viajar.

Según Rojo, cuando más tarde Calica se separó de Ernesto en Ecuador fue porque estaba harto de la forma en que se pretendía que viajara. A pie a todos lados, sin cansarse jamás, dejando de lado toda preocupación por la higiene y aguantando sin quejarse por la falta de dinero. (Álvarez de Toledo, 2012, p. 139)

—En los viajes, ¿con quién te relacionás? ¿Te relacionás con el mismo estilo de gente con el que vivías acá o con otro estilo de gente?

— No, empezaba a conocer otras cosas. Empezaba a viajar, a buscar otras herramientas. Y tenés otros profesores, profesores y alumnos si se quiere, y otra gente que comparte los mismos intereses, dentro de todo. ¿No? El viajar, el ser libre, el aprender. De artes, circo, música y varias cosas. Después, tenés todo como subdividido, entre toda esa gente, todo ese malón de gente que viaja, tenés un montón de matices también. (Entrevista 5, entrevista personal, diciembre de 2017)

Por su parte, las y los otros jóvenes viajeros que llevan adelante una experiencia de viaje enmarcada en espacios institucionales generan vínculos con pares viajeros del mismo estilo, y les atrae relacionarse con turistas europeos como modo de conocer otras culturas y romper con la tendencia de juntarse con quienes comparten el mismo idioma.

En general es muy difícil… darle vuelta la cara a los latinos porque están ahí y es más fácil… Esa es la media de lo que hacemos los latinoamericanos, juntarnos con otros latinoamericanos. Pero para mí lo más genial es romper el molde e intentar insertarse en otro tipo de cultura. Los europeos son reinteresantes, ¿me entendés? Reinteresantes, cómo intentan acercarse y todo. Pero al mismo tiempo, cerrados, depende la edad, son cerrados; muy chicos viajan los europeos en general, entonces como que van en grupitos y están entre ellos. Pero bueno, yo intentaba hacer un poco de todo, pero la general es que van para los de su propio lenguaje, con los que te podés comunicar. (Entrevista 4, entrevista personal, noviembre de 2017)

3.4 Autopercepción: ¿Qué ves cuando me ves?

La realización de entrevistas en profundidad implica la participación de un entrevistador y un entrevistado, este último entendido como sujeto entrevistado y sujeto de la experiencia. En cuanto a cómo construyen su experiencia formativa en sus discursos, las y los latinoamericanistas podrían emplear lo que llamamos una «fachada revolucionaria» frente a la entrevistadora, es decir, se presentan como personas que intentan estar por fuera del sistema. Esta fachada «es la dotación expresiva de tipo corriente empleada intencional o inconscientemente por el individuo durante su actuación» (Goffman, 1994, p. 106).

Esta forma de construirse discursivamente se puede vincular con los modos en que el «Che» Guevara se autoconstituye al narrar sus experiencias de viaje en los escritos Diarios de motocicleta. Como ya señalamos, esa manera de viajar de el «Che», despojada, sin dinero, durmiendo donde pudiera quedarse, con un fuerte afán por conocer los modos de vida de los desposeídos, muestra a un joven ávido por salir a experimentar el mundo.

Discusivamente, las y los latinoamericanistas se construyen como viajeras y viajeros que mantienen un estilo de vida que busca alejarse del deber ser del sistema social capitalista y de la rutina. Frente a la mirada de la entrevistadora, se manifiestan discursivamente como personas que no sostienen ataduras, estando de viaje o establecidos en un lugar. A su vez, muchos se definen por la actividad que realizan durante el viaje.

Soy malabarista, básicamente en los últimos meses estuve haciendo malabares. (Entrevistado 3, entrevista personal, noviembre de 2017)

Yo en el fondo sigo siendo marxista, todo esto empezó porque yo soy marxista y revolucionario. Orgulloso militante comunista, aunque el partido comunista esté para cagadas, pero… (Entrevista 6, entrevista personal, diciembre de 2017)

Al contrario de las y los otros jóvenes viajeros, ellos no se van buscando alejarse de un sentimiento de asfixia rutinario, sino que ya rompieron con eso en sus lugares de origen, y se mantienen de esta forma al viajar. El viaje es expresado como un continuo, que no se puede recortar de la vida cotidiana; manifiestan «vivir viajando», más allá del lugar físico donde estén. El sentido en estas experiencias de viaje está en relación con un modo de vida más que con el sentido común de recorrer kilómetros; por lo cual, algunos se pronuncian como viajeros y viajeras, aunque estén hace meses en Buenos Aires. Es decir que este grupo, en lo discursivo, corren el eje del sentido tradicional del viaje para colocarse nuevamente como «auténticos/as viajeros/as», que mantienen esta esencia aun sin alejarse del lugar de residencia ni trasladarse a otro espacio geográfico. Podríamos pensar que hay una resignificación del término, al remarcar que viajar es salirse de patrones sociales que organizan la vida, es romper con lo rutinario.

Detrás de esta construcción de actuación con base en el relato de sus experiencias formativas está flotando el tipo ideal del «Che» Guevara, a quien su biógrafa describe como alguien que no mantendría una vida estructurada con horarios y obligaciones sociales: «Su necesidad de estar solo a veces y de ir y venir a su antojo le resultaba más importante que vivir en un hogar con horarios para las comidas y todas las comodidades» (Álvarez de Toledo, 2012, p. 127).

Es que no sé, ¿qué sé yo? Yo considero que todo el tiempo estoy de viaje. A casa volví una sola vez hará dos años y después me radico en muchos lados, es como que viajo y me quedo siete meses, ocho meses en un lugar, un año. Después sigo para otro. (Entrevista 5, entrevista personal, diciembre de 2017)

4 Conclusión

El viaje opera como un espacio de exploración y experimentación en el que las y los jóvenes pueden transitar diferentes estilos de vida antes de asumir roles adultos. No obstante, si bien el viaje es concebido como una ruptura con el orden social establecido, en muchos casos refuerza lógicas del capitalismo tardío (Mandel, 1979), como la exaltación de la movilidad, la flexibilidad y la búsqueda de experiencias intensas.

A partir de las entrevistas analizadas, identificamos dos estilos principales de viajeras y viajeros: las y los latinoamericanistas y las y los institucionalistas. Las y los primeros buscan desconectarse de las comodidades propias de la clase media y conectarse con realidades sociales y culturales diferentes, construyendo su identidad desde un discurso anticapitalista y reivindicando la autenticidad del viaje como forma de emancipación personal. Su modelo se inscribe, de manera explícita o implícita, en la figura del «Che» Guevara, cuyo viaje por América Latina simboliza una experiencia de transformación ideológica y de acercamiento a sectores populares. En contraste, las y los viajeros institucionalistas enmarcan su movilidad dentro de programas laborales o educativos, como Work and Travel o voluntariados, experiencias que, aunque les permiten expandir su capital cultural y social, refuerzan valores del mercado laboral globalizado.

Desde la perspectiva de Erving Goffman (1994), la identidad de la viajera y el viajero se construye a través de una «fachada» que se despliega en la interacción con otras personas. En este sentido, las y los latinoamericanistas se diferencian discursivamente de otras figuras como las y los «turistas», las y los «chetos» o las y los «hippies con OSDE», estableciendo límites simbólicos que refuerzan su sentido de autenticidad. La búsqueda de lo «auténtico» no solo se expresa en su discurso, sino en prácticas concretas como la elección de alojamientos improvisados, la autosustentabilidad a través del arte callejero y la vestimenta austera, todo lo cual refuerza una narrativa de resistencia al consumo capitalista. Sin embargo, esta construcción identitaria también reproduce una lógica hegemónica sobre la juventud, donde viajar y «vivir experiencias» se convierten en mandatos sociales promovidos por el mercado y las industrias culturales.

En cuanto a los procesos de transformación subjetiva, los resultados del estudio sugieren que las y los viajeros latinoamericanistas experimentan cambios vinculados al corrimiento de clase y al encuentro con otras personas, especialmente con poblaciones locales. En cambio, las y los viajeros institucionalistas relatan transformaciones relacionadas con la búsqueda personal y la adquisición de nuevas perspectivas sobre sus propios proyectos de vida. No obstante, en ambos casos, el regreso al país de origen no implica necesariamente el fin del viaje como experiencia formativa. Muchas y muchos continúan reproduciendo su identidad viajera en su vida cotidiana, sosteniendo estilos de vida más flexibles y prolongando la moratoria social a través de prácticas laborales o relacionales que les permitan seguir «viajando» en un sentido amplio.

Finalmente, la pregunta central que se desprende de este análisis es hasta qué punto estas experiencias viajeras generan transformaciones duraderas o si, por el contrario, quedan circunscritas a una etapa exploratoria dentro de la juventud. Retomando la figura del «Che» Guevara como tipo ideal, podríamos cuestionarnos si estas vivencias derivarán en un compromiso colectivo o si, en el contexto de la subjetividad posmoderna, se diluyen en una búsqueda de autenticidad individual. Así, la identidad de las y los viajeros latinoamericanistas no solo se define por la negación del consumo y la rutina, sino también por la necesidad de demarcar fronteras simbólicas con otras personas viajeras, reafirmando su identidad a través de la diferencia. En este sentido, el viaje se presenta como un escenario ambivalente, donde coexisten la resistencia y la reproducción de los discursos hegemónicos sobre la juventud, la movilidad y la autonomía.

5 Contribución de autoría

Casandra Hojman Goren: Metodología, conceptualización, redacción, revisión y edición.

Rosario Orguilia: Software, conceptualización, redacción, revisión y edición.

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