Reseña de Stefanoni (2026). Un fantasma recorre el mundo

  • David del Pino Díaz
Portada libro

Stefanoni, Pablo (2026)
Un fantasma recorre el mundo. Cómo funciona la máquina de guerra reaccionaria (y qué podemos hacer para enfrentarla). Siglo XXI.
ISBN: 978-84-323-2196-2

Un fantasma recorre el mundo es el último libro de Pablo Stefanoni y constituye, en buena medida, una continuación de las tesis que el investigador argentino había desarrollado en ¿La rebeldía se volvió de derechas?, publicado por Siglo XXI en 2021. Si en aquella primera obra Stefanoni trataba de identificar un fenómeno que comenzaba a resultar evidente, esto es, el desplazamiento de imaginarios rebeldes y contraculturales hacia posiciones de derechas, cinco años después el escenario político internacional permite observar con mucha mayor nitidez la consolidación de esa transformación. Lo que allí eran intuiciones e hipótesis es ahora una realidad política de primer orden, y el nuevo libro asume la tarea de analizarla con herramientas más afinadas y desde una perspectiva más amplia.

El libro dialoga de manera implícita con algunas obras relevantes que en los últimos años han tratado de interpretar este proceso, desde Fascismo tardío, de Alberto Toscano (Del Pino, 2026), hasta La vida emocional del populismo, de Eva Illouz (Del Pino 2024), pasando por los trabajos de Steven Forti sobre la extrema derecha (Del Pino, 2025). Todas ellas participan de la preocupación por comprender cómo las extremas derechas han conseguido transformar el lenguaje político contemporáneo, apropiarse de determinados malestares sociales y convertir la crisis de las democracias liberales en una oportunidad para alcanzar el poder político.

En este sentido, lejos de tratarse de un fenómeno marginal, la nueva derecha reaccionaria ha conseguido desplazar buena parte de los límites que durante décadas parecían estructurar el debate político democrático y se encuentra en condiciones de disputar el poder institucional, cultural y social en numerosos países. El libro pretende cartografiar ese nuevo mapa ideológico, reconstruir el arsenal conceptual que lo sostiene y, en su tramo final, preguntarse qué puede hacer el progresismo ante este nuevo escenario, algo que en estos momentos parece una tarea complicada. Así pues, se trata de descomponer los conceptos que la nueva derecha utiliza, rastrear sus genealogías intelectuales y explicar por qué determinados términos han adquirido una extraordinaria capacidad de movilización política.

La estructura de la obra responde a esa voluntad. Una entrada introductoria plantea las hipótesis fundamentales, a las que siguen tres grandes capítulos dedicados respectivamente al debate sobre el fascismo, al concepto de lo woke y al caso israelí. Dos entradas más breves cierran el libro, por un lado, una consagrada a la figura de Javier Milei y otra que funciona como cierre político. Los tres capítulos centrales abordan tres frentes de la ofensiva reaccionaria y las dos entradas finales trasladan el análisis al terreno de los actores y de las posibilidades de respuesta.

En la introducción (pp. 13–37), Stefanoni señala también la transformación que han experimentado las derechas tradicionales, es decir, partidos que hace una década se presentaban como garantes de la institucionalidad y de la separación de poderes han ido incorporando progresivamente los marcos conceptuales y las agendas temáticas de las extremas derechas. Estos partidos han conseguido vampirizar a la derecha tradicional, obligándola a desplazarse hacia posiciones que anteriormente se encontraban en sus márgenes, siendo este uno de los síntomas más importantes de nuestra época y, como veremos en el primer capítulo, lo que nos acerca al momento de entreguerras.

El resultado es un clima político en el que ideas consideradas extremas hasta hace relativamente poco forman ya parte del repertorio habitual del conservadurismo tradicional. Es aquí donde Stefanoni introduce también el concepto de «malismo»; a saber, una forma de actuación política en la que determinadas figuras dejan de intentar ocultar aquello que tradicionalmente se consideraba políticamente reprobable y pasan, precisamente, a exhibirlo. La provocación, la crueldad y la transgresión se transforman en recursos políticos. Lo que en otro momento habría constituido un escándalo puede convertirse ahora en una prueba de autenticidad. La brutalidad como señal de fortaleza, la incorrección como prueba de independencia frente a las élites. Esta lógica conecta con determinados análisis culturales sobre la posmodernidad y el cinismo social, sobre todo con lo desarrollado por el historiador Perry Anderson (2016). En una sociedad marcada por la pérdida de confianza en las instituciones, la provocación puede adquirir una función política inesperada, transformando la rabia y el resentimiento en una forma de expresión que encuentra en la exhibición de la crueldad su vehículo más eficaz.

El primero de los grandes capítulos (pp. 39–91) afronta una de las preguntas que con mayor frecuencia aparecen en los debates contemporáneos sobre el auge de las extremas derechas, ¿estamos ante un nuevo fascismo? La comparación con los años treinta se ha vuelto habitual, y Stefanoni la toma en serio sin aceptarla acríticamente. Su punto de partida es Síndrome 1933, del periodista Siegmund Ginzberg (2024), cuya forma ensayística permite establecer conexiones con el presente que la historiografía profesional difícilmente puede sostener con las mismas cautelas. La historia quizá no se repita, pero puede rimar, y algunas de esas rimas resultan suficientemente inquietantes como para obligarnos a mirar hacia aquella época.

Por una suerte de superstición, deseaba conjurar el peligro enumerando todo lo que recuerda al clima de la década de 1930 en Alemania y que resulta imperioso frenar. En cambio, cuando regreso a estas páginas, constato perplejo que las cosas siguen empeorando. Nos acercamos a los años treinta del siglo XXI. La crisis que amenaza a Europa, a América y al mundo entero es distinta de la de entonces. Y sin embargo, impresiona ver cómo se repiten ciertas situaciones, no idénticas, pero sí parecidas, análogas (Ginzberg, 2024, p. 12).

Sin embargo, Stefanoni introduce desde el principio diferencias fundamentales. La primera es la relación entre política, guerra y nacionalismo, ya que, para los fascismos históricos, la guerra poseía una dimensión regeneradora y casi mística que resulta difícil encontrar en las extremas derechas actuales, con algunas excepciones significativas como la Rusia de Putin, donde la guerra contra Ucrania puede ser utilizada para galvanizar el nacionalismo y construir una narrativa de movilización patriótica. La segunda diferencia es todavía más importante, pues la ausencia de una amenaza revolucionaria comparable a la que existía durante los años veinte y treinta es importante. En palabras del autor: «El conflicto bélico —leído en clave vitalista— debía ser la fuente del resurgimiento, la regeneración, el rejuvenecimiento, la purificación y la unificación de la nación, entendida como una comunidad étnica de un sentido positivo. El fascismo era, además, emocionante» (p. 48).

El fascismo histórico no puede comprenderse sin analizar la actitud de las élites económicas y políticas que terminaron aceptando o tolerando a estos movimientos. Hitler fue nombrado canciller mediante una maniobra de las élites conservadoras que creyó poder utilizarlo y controlarlo; Mussolini recibió el encargo de formar gobierno del rey Víctor Manuel III. Hoy existe una dinámica parcialmente semejante, pero el contexto en el que opera es profundamente diferente. Las extremas derechas actuales carecen, en términos generales, de la carga utópica y revolucionaria que caracterizó al fascismo de entreguerras. No poseen la misma dimensión vitalista y movilizadora, ni cuentan con un proyecto totalizador comparable. Esta ausencia de una ideología coherente y totalizante ha facilitado, paradójicamente, su normalización dentro de los sistemas democráticos. Las nuevas derechas radicales pueden presentarse como defensoras del orden y al mismo tiempo adoptar comportamientos profundamente transgresores. En palabras del autor:

En este contexto, el fascismo aporta pistas sobre una derecha que transita alternativamente procesos de radicalización y de normalización, y nos advierte que estas dinámicas avanzan, como en la década de 1920, desde arriba y también desde abajo. A la vez, nos muestra que las derechas pueden combinar de manera inestable demandas de orden e impulsos transgresores. Pero hoy, a diferencia de los años veinte, esa radicalización es asimétrica: no encontramos su correlato en las izquierdas. Las izquierdas revolucionarias defienden hoy, con suerte, el programa socialdemócrata de hace treinta años (p. 61).

Lo que el fascismo histórico ofrece, concluye Stefanoni, es una fuente de pistas históricas. Permite identificar dinámicas —la radicalización desde arriba y desde abajo, la normalización de los ultras, la colaboración entre élites y extrema derecha, la combinación de orden y transgresión— sin pretender que nuestro momento sea una repetición de aquel. El desafío consiste en moverse en ese espacio intermedio, es decir, aprender del fascismo histórico sin dejar que su sombra impida comprender la naturaleza específica de las nuevas derechas del siglo XXI. En este sentido, el capítulo funciona como una advertencia metodológica para todo el libro y una brújula para enfrentar un término que sirve para realizar analogías sin fundamento histórico y contextual.

El segundo capítulo (pp. 93–143) aborda el concepto de lo woke y su transformación en una de las principales armas de la ofensiva cultural reaccionaria. El término, originalmente asociado a la idea de permanecer alerta frente a las injusticias sociales, ha experimentado una transformación radical hasta convertirse en una etiqueta capaz de agrupar prácticamente cualquier expresión del progresismo contemporáneo.

De esta manera, cuestiones tan diferentes como el movimiento queer, el feminismo, el antirracismo, el pensamiento poscolonial, la cultura de la cancelación o la defensa de Palestina quedan reunidas bajo una misma categoría. Stefanoni considera que esta amplitud conceptual no es accidental; precisamente la indefinición del término constituye una de sus principales virtudes políticas, porque permite construir un enemigo cultural omnipresente. El wokismo aparece como una amenaza no simplemente para determinadas tradiciones políticas, sino para la propia civilización occidental, configurándose como uno de los grandes pánicos morales de nuestro tiempo. Inspira la idea de que una supuesta élite cultural progresista habría penetrado las universidades, los medios, las empresas y la educación con el propósito de transformar radicalmente la sociedad.

Frente a quienes desde la izquierda afirman que la dimensión política woke simplemente no existe y frente a quienes desde la derecha lo presentan como una ideología totalizante, Stefanoni adopta una posición intermedia y más incómoda, pero mucho más rica en matices. El pensamiento woke existe, pero su dimensión es considerablemente más limitada de lo que pretende la propaganda antiwoke. Si se abandona el reducido universo de las universidades de élite, las industrias culturales o determinados sectores profesionales de las grandes ciudades, resulta mucho más difícil sostener que el pensamiento woke haya colonizado por completo la sociedad. La relación de la izquierda con este fenómeno es además mucho más ambigua de lo que permitiría pensar cualquiera de las dos posiciones enfrentadas. Ya que, y esto es importante, dejar de lado todas las luchas que se consideran woke te posiciona en un lugar reaccionario sin atraer políticamente a aquellos estratos populares que supuestamente no están seducidos como consecuencia de una amalgama de discusiones teóricas abstractas y desmovilizadoras.

Lo que más preocupa a Stefanoni no es la posición woke sino el movimiento antiwoke, porque considera que su expansión plantea un problema político de mayor alcance. Del mismo modo que el anticomunismo histórico terminó siendo mucho más amplio que el simple rechazo del comunismo, lo antiwoke puede deslizarse con facilidad hacia posiciones directamente antiprogresistas. La crítica a determinados excesos de las políticas identitarias puede terminar convirtiéndose en una impugnación de principios mucho más generales vinculados a la igualdad y a los derechos de las minorías. Esta cuestión resulta especialmente problemática para una izquierda que pretenda recuperar capacidad política mediante una estrategia explícitamente antiwoke, pues el riesgo es perder parte de su base progresista sin conseguir incorporar a los sectores populares que imagina como receptores naturales de ese nuevo discurso. El término woke no debe abordarse ni desde la negación ni desde la histeria, sino como un fenómeno político, sociológico y cultural real pero mucho más acotado, contradictorio y complejo que la caricatura construida por las nuevas derechas: «El antiwokismo trafica demasiadas ideas reaccionarias que se cuelan incluso en su versión de izquierdas, sea esta radical o socialdemócrata» (p. 118).

Una de las paradojas más llamativas del capítulo es que la derecha puede ser mucho más canceladora que aquello que denuncia como cultura de la cancelación. Mientras buena parte del debate antiwoke se concentra en episodios de censura social producidos en espacios progresistas, existen formas mucho más materiales de censura impulsadas desde posiciones conservadoras como son restricciones de contenidos educativos, vigilancia sobre profesores, prohibiciones de determinados libros o persecución política de quienes expresan posiciones consideradas inaceptables. La denuncia de la cultura de la cancelación puede convivir perfectamente con campañas contra quienes defienden determinadas posiciones sobre Palestina, de manera que la batalla contra la supuesta censura woke termina legitimando formas de censura mucho más institucionales y coercitivas.

El tercer capítulo (pp. 145–217) desplaza el análisis hacia Israel, que Stefanoni presenta como uno de los principales referentes políticos e ideológicos de las extremas derechas contemporáneas. El argumento es que Israel se ha convertido en un modelo atractivo para los movimientos reaccionarios occidentales porque combina elementos que estas fuerzas consideran fundamentales como son el nacionalismo, la militarización, las políticas fronterizas restrictivas, o una concepción etnocrática del Estado y una creciente desconfianza hacia las instituciones internacionales. Israel aparece como un laboratorio político de la nueva derecha reaccionaria. Su experiencia permite observar cómo pueden combinarse nacionalismo, militarización, tecnología de vigilancia, cierre de fronteras y debilitamiento de los controles internacionales.

El capítulo analiza también la exportación de tecnologías de vigilancia israelíes, desarrolladas y probadas en condiciones excepcionales en Gaza y posteriormente incorporadas a los mercados internacionales de seguridad. La conexión entre militarización, tecnología y autoritarismo resulta aquí especialmente significativa. Stefanoni muestra cómo estas herramientas pueden desplazarse desde los escenarios de conflicto hacia las prácticas de control político interno. El caso de las tecnologías empleadas para vigilar el entorno del periodista Jamal Khashoggi, asesinado en el consulado saudí de Estambul, sirve para ilustrar con qué facilidad los instrumentos desarrollados en contextos bélicos terminan siendo utilizados contra opositores políticos en terceros países.

La creciente aproximación entre la derecha israelí y las extremas derechas europeas forma parte de la misma dinámica; partidos que históricamente arrastraban posiciones antisemitas pueden encontrar una vía de legitimación política mediante una adhesión incondicional al Estado israelí, mientras que el rechazo compartido al multilateralismo y a las instituciones internacionales se convierte en el principal elemento de cohesión entre actores que hasta hace poco podían parecer difícilmente compatibles: «Autopercibida con razón como una nación startup, con desarrollos de punta en cibertecnología, Israel exporta otro savoir-faire: el de la vigilancia y el control de grandes grupos humanos potenciado por su experiencia colonial en Gaza y Cisjordania» (p. 206).

Gaza ocupa un lugar central en el razonamiento del capítulo. Para Stefanoni, la normalización de la violencia contra la población palestina no debe entenderse únicamente como una cuestión relacionada con el conflicto de Oriente Medio, sino como un síntoma de una transformación más profunda de la política contemporánea, esto es, la progresiva aceptación de que determinados grupos humanos pueden quedar fuera del ámbito de los derechos universales. Esta dimensión conecta directamente con la tesis general del libro. Si el primer capítulo advertía sobre los riesgos de establecer analogías demasiado fáciles con el fascismo de los años treinta y el segundo mostraba cómo la guerra cultural alrededor del woke permite construir nuevos enemigos internos, el tercer capítulo introduce una dimensión todavía más material como es la normalización de la exclusión y la deshumanización como componentes de un nuevo imaginario político reaccionario.

Israel aparece entonces como uno de los principales referentes de esa transformación y como un punto de encuentro entre las nuevas derechas occidentales, el nacionalismo radical y una concepción cada vez más securitista del Estado que no necesita justificarse ante las instituciones internacionales porque las considera, precisamente, parte del problema.

Israel über alles aparece entonces como la materialización legítima de un Estado supremacista; como la justificación de la limpieza étnica; como el pasaje a la normalización de las extremas derechas; como la expresión de las astucias de la razón reaccionaria, que permite justificar ese supremacismo en el crimen de crímenes (el Holocausto); como la expresión de una forma de deshumanización del siglo XXI que debería ser escandalosa e intolerable. Que no lo sea significa que algo va realmente mal (p. 217).

La entrada dedicada a Milei resulta indispensable para entender la forma en que las nuevas derechas combinan tradiciones ideológicas aparentemente incompatibles. Stefanoni rastrea su genealogía intelectual hasta Murray Rothbard y su paleolibertarismo, una corriente que, frente al libertarismo más individualista y cosmopolita, recuperaba la importancia de instituciones sociales tradicionales como la familia, las iglesias y las comunidades. Esta tradición permite al libertarismo establecer puentes con sectores reaccionarios. Es decir, la eliminación radical del Estado no implica la desaparición de toda forma de autoridad, sino el mantenimiento de formas de autoridad natural vinculadas a instituciones consideradas espontáneas.

A esa base paleolibertaria, Milei añade el individualismo heroico de Ayn Rand y una narrativa épica en la que el empresario aparece como figura moral superior y el Estado como el principal enemigo de la libertad individual. Esta combinación convierte la política económica en una batalla moral; el individuo emprendedor y autónomo se enfrenta a una burocracia que supuestamente impide su desarrollo. Lo que resulta novedoso no es cada una de las ideas por separado, sino la forma en que han sido ensambladas y convertidas en un lenguaje político de masas capaz de alcanzar el poder. Stefanoni relaciona el fenómeno Milei con el trumpismo como otra expresión de la rebelión contra las élites tradicionales y contra el establishment político, mostrando que el presidente argentino no es una anomalía local sino una de las expresiones más radicales de la recombinación de tradiciones que caracteriza a las nuevas derechas globales.

El cierre del libro propone una agenda socialista democrática renovada capaz de disputar el terreno que las derechas radicales han conquistado. Stefanoni parte del diagnóstico de que buena parte de las sociedades contemporáneas experimentan una profunda sensación de pérdida de control, pues el mundo cambia demasiado deprisa, las instituciones tradicionales no ofrecen respuestas y las condiciones materiales de existencia se deterioran o se vuelven inciertas. Las derechas radicales han conseguido ocupar ese espacio, convirtiendo las distintas formas de malestar social en relatos sobre el colapso. En este contexto, el socialismo necesita vincularla con las condiciones materiales que permiten ejercerla realmente, en especial en un mundo transformado por la automatización, la inteligencia artificial y la concentración empresarial. La cuestión política consiste en determinar quién controla esas transformaciones y quién se beneficia de ellas.

El libro reseñado se caracteriza por emplear una escritura con rigor. Su principal virtud reside en resistir las simplificaciones. Ni todo es fascismo, ni el woke es una invención, ni Israel puede analizarse en términos puramente emocionales, ni Milei es solo un fenómeno argentino. Stefanoni nos recuerda que comprender las extremas derechas globales exige tomarse en serio sus ideas antes de combatirlas, y que el progresismo no puede volver a disputar ese terreno sin antes entender exactamente qué es lo que ha perdido y por qué lo perdió.

1 Referencias

Anderson, Perry (2016). Los orígenes de la posmodernidad. Akal.
Del Pino Díaz, David (2024). Illouz, Eva (2023). La vida emocional del populismo. Athenea Digital. Revista De Pensamiento E investigación Social, 24(2), e3586. https://doi.org/10.5565/rev/athenea.3586
Del Pino Díaz, David (2025) Reseña de Forti (2024). Democracias en extinción». Athenea Digital. Revista De Pensamiento E investigación Social, 25(1), e3790, doi:10.5565/rev/athenea.3790.
Del Pino Díaz, David (2026). Toscano, Alberto (2025). Fascismo tardío. Raza, capitalismo y las políticas de crisis. Akal. Papeles De Identidad. Contar La investigación De Frontera Papeles Del CEIC, 2026(1), papel crítico 107. https://doi.org/10.1387/pceic.28174
Ginzberg, Siegmund (2024). Síndrome 33. Gatopardo Ediciones.