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Culiacán tiene particularidades que la distinguen de otras ciudades de México; una de ellas es el impacto de la violencia que genera el narcotráfico y sus organizaciones criminales (Hernández, 2017). David Moreno y Fátima Flores (2015) distinguen en el contexto sinaloense una amplia gama de grupos sociales como empresarios comerciales, ganaderos y agricultores de talla internacional; sin embargo, uno de estos, es el de narcotraficantes, que, pese a generar derrama económica en la entidad, acarrean grandes costos sociales como la violencia y la inseguridad. El narcotráfico y la violencia en Sinaloa han sido un tema de relevancia social; ambos fenómenos son parte de las conversaciones en la vida cotidiana debido a la proximidad que la población ha mantenido con estas problemáticas (Reyes-Sosa et al., 2015). El discurso del narcotráfico se ha convertido en un componente de la cultura como elemento arraigado que se escucha, se pone, se compra o se usa (Moreno et al., 2016). Ejemplo de ello son los hechos ocurridos el 17 de octubre del 2019 denominado «el Culiacanazo» o «jueves negro», que puso a la ciudad en el ojo del mundo con situaciones de alto impacto y marcó un precedente debido a que grupos delictivos sitiaron la ciudad de Culiacán a través de una violenta y sangrienta balacera que superó a las fuerzas armadas del gobierno (Burgos et al., 2023).
Dado que se ha entramado un vínculo de corrupción ante la debilidad de las autoridades en el combate al narcotráfico (Astorga, 2015), Ileana del Rocio Padilla Reyes y Nelson Arteaga (2019) explican que en Culiacán estas organizaciones criminales han instaurado un orden social entre comunidad, empresarios y autoridades, en el cual cada uno de los actores instituye una serie de códigos de comportamiento respecto a la violencia y uno de estos códigos es su normalización.
En relación con lo anterior, Frøja Storm-Mathisen (2025) define la normalización de la violencia como un patrón operativo de pensamiento que se centra en normalizar a nivel micro lo que ocurre en la calle y declara que esta normalización se considera un proceso mediante el cual las personas intentan hacer que lo extraordinario parezca ordinario y manejable. Así mismo, Ann-Karina Henriksen y Tea Bengtsson (2018) argumentan que la violencia delictiva se trivializa ante las múltiples experiencias de violencia como víctima o testigo; se entrecruzan y se informan mutuamente, moldeando así la vida cotidiana y las disposiciones de las personas. Por tanto, este concepto de «violencia trivializada» se aproxima a las experiencias «rutinizadas» o «normalizadas» para describir cómo la violencia, en sus múltiples formas, permea en espacios sociales y la vida cotidiana (Henriksen y Bengtsson, 2018).
Estos hechos de violencia en Culiacán ocurren con la presencia de civiles armados, enfrentamientos, secuestro y asesinatos por organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico. De acuerdo con Juan Fernández y María Romero (2024), esto obedece a una glorificación de la narcocultura que contribuye a la normalización de la violencia y a sus representantes conocidos en el argot cotidiano como «buchones». Se conoce como buchón a personas que se distinguen por manifestaciones faraónicas y exaltación en el vestir, el consumo extravagante, la prepotencia en el actuar, el gasto fácil y la creencia en que el éxito se consigue a través de la violencia. Su imagen estética deriva de las transformaciones en la presentación de las personas que bajaron de las serranías de Sinaloa con la carga de ser narcotraficantes (Alvarado, 2017).
Esta aceptación, siguiendo a Jairo Bátiz et al. (2023), explica que, en contraparte, el narcotráfico bosqueja esas posibilidades negadas, porque se configura como un modelo de identificación, un lugar, una vía de reconocimiento y de prestigio social, y, a su vez, se legitima como algo atractivo y prometedor a partir del imaginario de poder. De modo que los casinos de Culiacán no están exentos de esta particularidad; más aún, dentro de estos espacios se han suscitado hechos violentos como asesinatos y enfrentamientos entre grupos armados (Cruz, 2020; Sánchez, A., 2019).
El origen de los casinos en México data del mandato presidencial de Porfirio Díaz (1877–1911). Los primeros se instalaron en la capital y Baja California. Por su parte, en Culiacán los juegos de azar tienen origen en las fiestas patronales en zonas rurales; estas celebraciones religiosas venían acompañadas de ferias populares en donde se promovían los juegos de azar tradicionales como la lotería mexicana (García, 2022). De igual manera, en estas ferias también se crearon los palenques, en donde se organizaban peleas de gallos como la Feria Ganadera de Culiacán.
Desde la época del porfiriato y la Revolución Mexicana de 1910, la sociabilidad que se efectuaba en los bares y cantinas, aparte del consumo de alcohol, era a través de los juegos de mesa como la baraja, el dominó y cubilete. Durante este periodo comienza una regulación mediante el cobro de impuestos y se otorgaron permisos por parte de las autoridades de Culiacán. Si bien en esta etapa no existían los casinos como tal, es posible dimensionar un panorama que da cuenta de los espacios en donde se practicaba el juego de azar (León y Chávez, 2022).
A principios del siglo XX, una ola migratoria de chinos instaló negocios de casas de juego y fumaderos de opio en Culiacán, los cuales fueron prohibidos en 1918; aun así, estas operaban de manera clandestina en complicidad con autoridades locales (Cárdenas, 2023). Sin embargo, en la década de los treinta, con la expulsión enardecida por parte del gobierno, estos espacios desaparecieron de la capital sinaloense (Román, 2014). No obstante, en los años cuarenta se construyó el primer casino en Culiacán (1943–1970), lugar de encuentro entre las élites sinaloenses; ahí se orquestaban procesos de consolidación económica entre grupos ligados a actividades agropecuarias; la práctica de juegos de azar no era lo principal, sino más bien una actividad recreativa entre las mujeres (Sánchez, S. A. y Brito, 2018).
Posteriormente, el presidente Lázaro Cárdenas (1934–1940) dejó clara su desaprobación hacia los casinos en México, postura que compartió el sucesor Manuel Ávila Camacho (1940–1946), quien en 1942 sancionó la Ley Federal de Emergencias sobre Juegos y Apuestas, suprimiendo los juegos de azar y de apuestas. Para el 2004 se publicó el Reglamento de la Ley de Juegos y Sorteos, donde se permitió la operación de las primeras terminales electrónicas de juego, dando pie a la expansión de otras modalidades de juego. En consecuencia, la industria de casinos se convirtió en un modelo de ocio y entretenimiento que se institucionalizó de manera significativa en la sociedad mexicana contemporánea a partir de la aprobación de licencias y permisos (Barajas et al., 2019). Esto generó nuevas experiencias de consumo; los casinos configuraron las prácticas de juego de azar hasta convertirlas en un producto comercial en ciudades como Culiacán, así como una fuente de inversión.
De acuerdo con la Secretaría de Gobernación (SEGOB), actualmente están autorizadas 756 salas de juego, de las cuales 377 se encuentran operando. De las 32 entidades federativas, Sinaloa ocupa el octavo lugar a nivel nacional con más casinos, mientras que Culiacán tiene el noveno lugar con ocho casinos entre 2477 municipios de todo el país (Asociación de Permisionarios y Proveedores de la Industria del Entretenimiento y Juegos de Apuesta en México [AIEJA], 2022). En ese sentido, la industria de casinos ha generado nuevas experiencias de consumo de juego a partir de una serie de condiciones socioeconómicas y culturales particulares de Culiacán. En condiciones económicas, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2025) afirma que Sinaloa mantiene un desempeño sólido y por encima del promedio nacional, registrando una tasa de crecimiento del 2,8 % del Producto Interno Bruto (PIB) en 2025. A pesar de ello, pondera la condición sociocultural que impregna a Culiacán con la presencia de organizaciones criminales que han consolidado una base económica regional impulsada por el narcotráfico y la construcción de una narrativa sobre la representación de la narcocultura (Zomera, 2025).
Asimismo, los casinos transitan entre el discurso moral en cuanto a su función en la sociedad, debido a que despiertan polémica en la cuestión económica y política al relacionarse con fraudes y lavado de dinero, evasión de impuestos y su relación con organizaciones criminales (Nichols y Tosun, 2017). Si bien Culiacán está posicionada como una capital importante del noroeste de México por ser una región productiva en el ramo agricultor y empresarial, presenta un contexto social contradictorio frente a un escenario de crimen y violencia ocasionado por organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico, y que origina el fenómeno de la narcocultura introyectada en la vida cotidiana. Así pues, este tipo de industrias son articuladas para operaciones financieras ilícitas y no están exentas de pertenecer a grupos delictivos de Sinaloa (López y Gazcón, 2025).
Derivado de lo anterior, los usuarios de casinos han construido diversas concepciones en torno a estos espacios; por ello, este modelo de entretenimiento legitimado requiere analizarse a la luz de las configuraciones sociales y los impactos del mismo orden. En este trabajo presentamos los resultados de una investigación sobre prácticas de juegos de azar en casinos de Culiacán relativas a sucesos atípicos que acontecen en estos espacios, a saber, la normalización de la violencia por parte de organizaciones criminales. Siguiendo a Moreno y Flores (2015), analizar el impacto de estos fenómenos sociales nos permite entender las formas en que la ciudadanía convive, coexiste y significa el narcotráfico a partir de su proximidad con dicho fenómeno. En ese sentido, partimos del supuesto de que la industria de casinos ha establecido nuevas dinámicas a partir de una serie de condiciones sociales particulares de Culiacán y esto generó una comunidad de usuarios que permea en un contexto social relacionado discursivamente como la ciudad del narcotráfico y las organizaciones criminales. Por ello, nuestro objetivo es describir las narrativas de usuarios de casinos ante la exposición y la normalización de la violencia por parte de organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico en Culiacán.
El abordaje metodológico fue cualitativo con alcance descriptivo y comprendió de noviembre del 2022 a mayo del 2023. Implementamos el método etnográfico que busca comprender cómo vive y piensa un grupo humano a través de observación en su entorno, el trabajo de campo prolongado y la construcción de relaciones con los sujetos de estudio (Guber, 2004). También utilizamos el método narrativo, que se concentró en recopilar y analizar las historias personales de los usuarios para describir cómo interpretan sus experiencias y dan sentido a su realidad en los casinos; además, nos permite examinar sus vivencias a través de los relatos (García-Huidobro, 2016).
Nuestro universo de estudio fueron los ocho casinos que operan de manera legal en Culiacán. La conformación del grupo de entrevistados fue por bola de nieve (Berenguera et al., 2014) y, como criterio de inclusión, que sean usuarios regulares y residentes de Culiacán (ver Tabla 1).
Tabla 1. Caracterización sociodemográfica de usuarios de casino.
| Usuario | Sexo | Edad | Estado civil | Escolaridad | Ocupación |
|---|---|---|---|---|---|
| J3 | Mujer | 67 | Soltera | Técnico | Pensionada |
| J4 | Mujer | 59 | Casada | Profesional | Jubilada |
| J5 | Hombre | 36 | Soltero | Profesional | Docente |
| J6 | Mujer | 26 | Soltera | Medio superior | Estudiante |
| J9 | Hombre | 31 | Soltero | Profesional | Comerciante |
| J11 | Mujer | 71 | Casada | Profesional | Pensionada y empresaria |
| J12 | Mujer | 41 | Viuda | Medio superior | Empresaria |
Con el método etnográfico, utilizamos la observación participante; esta nos permitió acceder de manera estratégica para observar comportamientos y escenarios que los usuarios construyen y le asignan a su mundo en torno a las prácticas de juego en casinos (Jociles, 2018). Para ello, elaboramos un diario de campo en el que registramos los detalles relativos a las incursiones a estos espacios, así como las escenas observadas e interacciones que mantuvimos con algunos usuarios. Para el método narrativo, aplicamos la entrevista semiestructurada; nos valió como recurso complementario para profundizar en las narrativas de los usuarios. Esta técnica permitió entablar un diálogo basado en un guion que contemplaba las categorías que recuperamos en el discurso planificado desde un principio, con la posibilidad de cambiar o añadir preguntas a medida que la entrevista avanzaba (Berenguera et al., 2014).
Para la inmersión a campo, visitamos los ocho casinos asumiendo el rol de usuarios regulares con el fin de garantizar la permanencia en la sala de juego y no generar incomodidad para el sistema de seguridad y los usuarios. En la visita de cada casino, realizamos recorridos por las áreas y observamos qué tipo de personas estaban haciendo uso de las modalidades de juegos (mesas de juego de baraja y ruleta, bingo, máquinas tragamonedas o apuesta deportiva). Procuramos instalarnos en lugares estratégicos (vista panorámica y aproximación a sucesos de interés) para tener un mejor acercamiento con los usuarios, y en algunas ocasiones se tuvieron interacciones. Las estancias en cada casino, en promedio, se realizaban de tres a cuatro horas, en distintos horarios (día y noche) y siete días de la semana; la mayor asistencia fue los viernes, sábado y domingo, porque son los días con mayor afluencia. El registro de la información se plasmó de manera inmediata en el diario de campo afuera del casino, porque adentro es complicado hacer anotaciones debido a políticas de seguridad.
Para las entrevistas, nos apoyamos de relaciones sociales e intermediarios para identificar personas que tuvieran algún conocido cercano que fuera usuario de casino para facilitarnos la entrevista, ya que este tema es delicado, resultaba complicado solicitar directamente a los usuarios. Realizamos doce entrevistas, de las cuales se analizaron siete para efectos de este trabajo. Las entrevistas se efectuaron en cafeterías, en una universidad, en domicilios y lugares de trabajo. Para esto, se les exponía las intenciones de la entrevista y sus fines académicos, se acordaba el lugar más conveniente y se les explicaba que era anónima y sería audiograbada con todas las consideraciones éticas que implica el consentimiento informado y la confidencialidad, por lo que se omitieron nombres y lugares que pudieran ser perjudicial física y moralmente (Abad, 2016).
Las entrevistas se transcribieron conforme las fuimos efectuando para ser codificadas junto con el diario de campo para complementar y elaborar una carpeta de códigos de resultados. Para el análisis de datos utilizamos el análisis de contenido para identificar, analizar y señalar patrones en los datos; esto nos permitió organizar y describir el conjunto de datos detalladamente (Andréu, 2006). La sistematización de información la realizamos de acuerdo con el procedimiento de codificación y categorización propuesto por Anselm Strauss y Juliet Corbin (2002), el cual se divide en dos momentos: en el primero se realiza una codificación abierta de los datos; en el segundo se realiza una codificación axial que permitió la elaboración de una matriz teórica que contiene los fragmentos de narraciones como evidencia empírica de los temas, subtemas y categorías (ver Tabla 2).
Tabla 2. Descripción de temas, subtemas y categorías de análisis
| Tema | Subtemas | Categorías |
|---|---|---|
| Normalización de la violencia en casinos | Impresión e imagen | Perfil narcotraficante |
| Organizaciones criminales | Exposición ante sucesos de violencia | |
| Oferta de juego | Casinos clandestinos |
Respecto a este perfil, denominado buchón, es la evolución identitaria del narcotraficante rural sinaloense, que se manifiesta como constructor de una nueva cultura urbana basada en una «nueva ruralidad» proyectada en el casino (Sánchez, J. A., 2009). Por lo que rescatamos algunos elementos distintivos a partir de los testimonios de usuarios que han visto y tenido contacto con este tipo de personajes. Durante algunas visitas a los casinos, observamos personas con indumentaria que obedecía a una apariencia de la estética buchona.
En una esquina del área, muy apartada casi al final había una puerta de salida de emergencia, alrededor había 6 hombres de entre treinta y cincuenta años, el aspecto de tres de ellos llamó mi atención, los cuales obedecían al estereotipo de buchones, uno de ellos traía toda su ropa y tenis de color negro (camisa tipo polo, mezclilla, zapato Lacoste), una cachucha negra con la imagen de un gallo en la frente, traía colgando entre su pectoral izquierdo y su abdomen un bolso tipo mochila (mariconera), su tupida barba cerrada estaba bien estilizada, durante nuestra estancia observamos que de su bolso sacaba billetes para recargar crédito. (Entrada de diario de campo, noviembre de 2022)
En la sección de apuestas deportivas, observé a dos hombres moreno-claros, en una de las pantallas donde se realizan las apuestas. Noté que uno de ellos, ya lo había visto antes, incluso, interactúe con él. Del otro individuo me pareció interesante su vestimenta, Vestía de negro de pies a cabeza, portaba una gorra tipo cachucha nueva en la parte frontal tenía el logo de la marca Armani-Exchange, vestía una camisa tipo polo con un bordado en el pecho izquierdo la marca Calvin Klein, portaba pantalón negro de mezclilla y unos tenis de piel tipo Lacoste Chaymon, en la muñeca izquierda portaba un reloj extravagante (Entrada de diario de campo, noviembre de 2022)
Lo anterior se asemeja a los hallazgos de Carlos Silva y Cesar Burgos (2011) sobre las extravagancias en la indumentaria de estos personajes; esta vestimenta entre los aficionados al narcocorrido se conoce como moda buchona o moda enferma, y al que la lleva se le conoce como buchón. Estos autores afirman que su extravagancia es reconocible a distancia. La presencia de estos personajes pertenecientes a organizaciones criminales se ha normalizado en la ciudad de Culiacán. Ante esto, Eloy Méndez y Silvya Rodríguez (2016) exponen que son parte de la vida social, dado que en la vida cotidiana ser narco parece ser como cualquiera. Se ha establecido en ícono del mal y del poder, es imagen del terror y la violencia, pero define pautas del placer y obtención del dinero fácil porque, finalmente, la romantización del narcotraficante apunta a que es hijo cariñoso, hermano fiel, padre solvente, pareja generosa, amigo leal, compadre poderoso y empresario invisible. En ese sentido, en los casinos se establece un espacio de reconocimiento social en el que pudimos evidenciar la distinción y la atención que generan estos personajes tanto en los empleados del casino como los usuarios.
Si, de repente en algunas ocasiones sí me tocó ver que llegaba gente, que obviamente su apariencia era así como alguien importante, y toda la atención para él. Tanto de meseros, como los recargadores, la propina y todo eso. Recuerdo que en una ocasión entró alguien y lo sentaron casi en la máquina, y le ofrecieron bebida, y le pusieron el cenicero, o sea, ni se podía fumar, pero a él sí lo dejaron fumar, entonces dije yo: «claro que es alguien muy importante» [risa de nervios]. (J6, entrevista personal, enero de 2023)
Había otros tipos con cachuchas deportivas de equipos de béisbol, camisa tipo polo de marca y tenis deportivos de marca, algunos no jugaban, otros sí. En el centro del grupo estaba una hielera roja con tapa blanca mediana donde contenía latas de cerveza de marca «Tecate», lo desconcertante de su consumo era que en el lugar vendían otra marca de cerveza. También, noté que entre las máquinas había como unas quince latas vacías, estas personas daban una impresión ruda y trasgresora al tener la hielera dentro del casino, y al parecer nadie los molestaba. Y ellos paseaban con lata en mano por toda el área de fumar. (Entrada de diario de campo, noviembre de 2022)
Es que tiene mala fama, porque hay otro tipo de ambiente, hay otro tipo de personas que van ahí [narcotraficantes]. (J9, entrevista personal, mayo del 2023)
Igualmente, estas concepciones llevan consigo el discurso romantizado de la narcocultura que ha impuesto modas y estilos de vida, que, en efecto, ha generado el narco-consumo en donde se adoptan tendencias y estilos; para el caso de la vestimenta y ornamentos, comúnmente tiene como modelo marcas de ropa, estilos de esta y hasta los usos que dan a ciertos aditamentos utilizados por los íconos del narco (Fernández y Pimienta, 2018). Más allá de la apariencia, este tipo de perfiles se delata a través de su práctica de juego de azar en la apuesta; son considerados usuarios con alto poder adquisitivo, por tanto, sus apuestas son elevadas.
—En ciertos casinos va gente de un estrato económico medio alto; acá, en otro casino, es donde se puede ver más la narcocultura.
—¿En qué sentido?
—Ahí ya va otro tipo de personas, ¿por qué?, por los horarios. Están abiertos veinticuatro horas; también tienen horario extendido. Las colonias también dicen mucho de qué tipo de personas va, o sea, los sectores también te dicen mucho qué tipo de personas va. A un casino en particular va mucha gente joven, y que apuestan fuertísimo, pero ellos van en otros horarios; se ve que son de otro estrato económico muy alto, pero no de qué orígenes [nerviosismo], solo con el arquetipo te das cuenta. (J9, entrevista personal, mayo de 2023)
He conocido un caso de un amigo mío, malandro [narcotraficante], que le soltaron algo, y el pendejo lo que hizo, eran ciento veinte mil dólares, se gastó un millón cuatrocientos de pesos en el casino, estaba jugándole a la casa en la baraja, creo que era Texas lo que estaba jugando, y los empleados del casino le decían: «amigo vete» «amigo ya váyase» y lo perdió todo. Y se metió en un broncón [problema], le quitaron su casa, lo levantaron [secuestro], le cobraron, estuvo pagando y lo dejó la esposa por el vicio del casino. (J12, entrevista personal, mayo de 2023)
Es evidente que los casinos sean parte del entretenimiento de este tipo de grupos delictivos caracterizados por una desmedida acumulación de riqueza ilícita; su presencia en estos espacios legales es parte del cotidiano en Culiacán, dado que en estos lugares se manejan apuestas elevadas. Este tipo de usuarios puede y tiene la capacidad de apostar; por ende, son parte del cotidiano del casino. Este perfil en los últimos años se ha manifestado de manera significativa en las redes sociales y los medios de comunicación; han sido importantes plataformas de masificación de productos culturales instalados para el consumo, de manera paralela al combate contra el narcotráfico, y ha ido adquiriendo influencia sobre los gustos, los intereses y las aspiraciones sociales de la gente, pues el cine, la música, la literatura y las series televisivas se han encargado de exponer las esferas del poder, lujo y estatus en torno a la narcocultura (Tello, 2023). En ese sentido, los casinos también son espacios donde se manifiestan parte de los elementos distintivos de ostentación económica que caracterizan al buchón.
Cuando se menciona a Culiacán, la investigadora Ana Isabel Sánchez (2022) expresa que, regularmente en cualquier contexto de manera nacional e internacional, se relaciona de forma inmediata e innegable con la violencia del narcotráfico. Por ende, posee particularidades que la distinguen de otras localidades, y una de ellas es el impacto que el narcotráfico y sus respectivas organizaciones criminales han tenido en Sinaloa en general, y en esta ciudad en particular. De acuerdo con algunos autores (Burgos et al., 2023; Reyes-Sosa et al., 2017), este tipo de fenómenos se han configurado en el imaginario colectivo, puesto que se han insertado con mayor fuerza en la vida cotidiana. En concordancia con lo anterior, algunos entrevistados mencionaron ser testigos de situaciones que involucran a estos grupos criminales, desde distinguir gente armada y expresar que ciertos casinos de Culiacán son propiedad de estas organizaciones.
Este tal casino pertenece a cierto grupo delictivo. (…) Si, les vale gorro, no le digo que son de un grupo delictivo. (J4, entrevista personal, diciembre de 2022)
—¿Entre usuarios, se rumora como un secreto a voces que tal casino pertenece a un reconocido criminal?
—Sí, es de tal personaje. (J5, entrevista personal, enero de 2023)
De acuerdo con Mario Wainstein y Armando Casal (2002), en ciertos casos las organizaciones delictivas utilizan los casinos para facilitar el lavado de dinero, convirtiendo el dinero ilícito en fichas de juegos de mesa y crédito para las apuestas. De igual forma, en estudios recientes se ha demostrado que en ciertos países se presenta este tipo de prácticas ilícitas en industrias de casinos, por mencionar algunos, Bangladesh, Macao, Estados Unidos y Australia (Haq et al., 2022; Langdale, 2023; Siu Lam y Greenlees, 2017). Culiacán, siendo una de las ciudades en donde opera una de las organizaciones criminales reconocida a nivel internacional, la industria de casinos ha sido un sector trastocado por estas organizaciones y, en consecuencia, utilizan como mecanismo financiero el lavado de dinero proveniente del narcotráfico (López y Gazcón, 2025). Dada su naturaleza delictiva, estas organizaciones criminales se caracterizan por utilizar armas de fuego; en ocasiones, estas suelen ser armamento de alto calibre y son adquiridas de manera ilegal, por lo que algunos entrevistados mencionan haber observado a personas portando armas de fuego al interior del casino.
Acá se da mucho que llegaban comandos armados, acá en este casino. (J3, entrevista personal, diciembre de 2022)
No, hombre, el otro día me tocó ver a un amigo que traía un arma aquí [fajada en la cintura]. (J4, entrevista personal, diciembre de 2022)
Fíjate, solamente una vez me tocó ver un güei [hombre] con pistola, pero me imagino que, si entran más con pistolas, yo solamente vi uno en el baño. (J5, entrevista personal, enero de 2023)
En relación con estas narrativas, se establece este orden social en Culiacán, como lo plantean Padilla y Arteaga (2019), debido a que también se instituyen códigos de comportamiento impuestos por estas organizaciones criminales. Desde esta perspectiva, los casinos, al ser lugares comerciales y estar ubicados en zonas importantes en la ciudad, imponen el orden que plantean estos autores; al tratarse de códigos que se configuran de manera específica en cada espacio, según estas negociaciones, los acuerdos y las relaciones de poder entre los actores involucrados, se construye la capacidad de leer dicho orden social en el que se aprende y se permite a las personas continuar con sus vidas, pese a la presencia de escenarios de alto peligro (Padilla, 2017).
Derivado de lo anterior, Alijah Anderson (2000) argumenta que, en contextos de alta criminalidad y violencia delictiva, las personas aprenden a negociar las condiciones de peligro, ya que reconocen lo que este autor llama «el código de la calle», que se refiere a un conjunto de prescripciones y proscripciones que les permite reconocer situaciones que pueden transformar a una persona en el objetivo de un acto criminal. De este modo, el código de la calle emerge de forma clara cuando no hay presencia de autoridades, lo que obliga a las personas a desplegar comportamientos rutinarios prácticos y estratégicos para lograr garantías de seguridad y protección (Anderson, 2000). Este tipo de códigos se ve reflejado en el casino de acuerdo con las narrativas de algunos usuarios.
—¿Usted se daba cuenta cuando eran personas de un grupo delictivo?
—Si claro, son los más apostadores; tú ves ahí a uno fregón [narcotraficante] que está apostando a lo tonto, y es así porque es narco: «Ay, yo me quitaba lueguito», aprendes a conocer a la gente. (J3, entrevista personal, diciembre de 2022)
Y decían los fulanos o las fulanas que iban: «ustedes no se preocupen, venimos por cierta persona». Y entraban y se lo llevaban [secuestro]. (J4, entrevista personal, diciembre de 2022)
Ileana del Rocío Padilla Reyes (2017) expresa que en Culiacán se ha suscitado un escenario en el que la autoridad ha perdido el control de la seguridad pública; por ende, las personas desarrollan sistemas de acuerdos informales con quienes pueden ser una amenaza a sus intereses, para garantizar la protección y la armonía. Así, respetando estos códigos, las personas pueden identificar los comportamientos de los otros, prever y evitar los conflictos, al tiempo que realizan sus actividades con cierta confianza. Esta precaución permite a las personas realizar las actividades habituales con cierta precaución, y dejar en un segundo plano las preocupaciones que pudieran generarles angustia y ansiedad, como la vulnerabilidad ante el peligro y la posibilidad de sufrir una agresión a su persona o sus posesiones (Anderson, 2000; Padilla, 2017; Padilla y Arteaga, 2019). Algunos usuarios expresan que han atestiguado sucesos de violencia y en sus narrativas se percibe este código de precaución al mantenerse al margen sin comprometer su seguridad.
En una ocasión, una empleada de ahí llegó golpeada, y le preguntaron: «¿Qué te pasó?», «No, pues, mi esposo, a tu esposo». Pues agarraron al esposo, le bajaron los pantalones y le pegaron unos tablazos, y lo subieron al Facebook. Bichi [desnudo] al vato [hombre] lo tablearon [tortura] y lo exhibieron. En otra ocasión, una crupier como le estaba ganando a los clientes, gane y gane, un cliente le pegó un botellazo en la cabeza. Entonces, lo agarraron al cliente, le pegaron una chinga [agresión física] e hicieron que le diera veinte mil pesos a la crupier. (J5, entrevista personal, enero de 2023)
Ha habido asesinatos en este casino, levantones [secuestros], ha pasado de todo. Se consume drogas abiertamente, no tanto en las mesas, pero sí en el estacionamiento y en los baños. (J9, entrevista personal, mayo de 2023)
En concordancia con estos resultados, en los casinos se evidencia una normalización de la violencia por los usuarios al presenciar cualquier hecho de violencia y, pese a ello, siguen acudiendo regularmente. Por lo que cualquier atentado criminal al que estén expuestos no es impedimento para seguir asistiendo a los casinos. El testimonio de una entrevistada así lo expone.
Hubo una balacera, mataron como a cuatro policías en la pura esquina; de hecho, yo estaba en el casino ese día, y se escuchó la ráfaga de balas, se escucharon los gritos y yo estaba jugando en una máquina, miraba gente correr, pero seguía jugando porque iba ganando, la maquinita me estaba dando. Y en eso, que se vuelve a escuchar otra ráfaga de balas, entonces, ya fue cuando me di cuenta de que era cerca, pero se oía como si fuera adentro del casino (…) después de esa balacera dejé de ir, pero al mes ya estaba de vuelta. (J11, entrevista personal, mayo de 2023)
De esta manera, como propone Maldonado (2014), es posible distinguir un orden informal que establece una solidaridad forzada, así como procesos de violencias silenciosas como mecanismos a través de los cuales las personas juzgan e internalizan los actos de violencia cotidiana (Padilla y Arteaga, 2019). Por tanto, con estos resultados se demuestra que existe una normalización de la violencia que se configura a partir de la exposición ante hechos violentos, en donde los usuarios asumen una postura que, más allá de ser de indiferencia o angustia, es más bien un comportamiento precautorio ante el riesgo y los peligros de residir en una ciudad que alberga a una organización criminal de gran magnitud, en la que su narrativa de crimen y violencia ha permeado de manera particular en los casinos de la ciudad de Culiacán.
Un hallazgo interesante fue la presencia de casinos clandestinos. Es pertinente analizarlos porque son otra opción en la oferta de juego de azar que opera en paralelo a los casinos legales. La presencia de estos espacios que operan ilegalmente es una realidad en Culiacán, debido a que se promueven en el cotidiano entre los usuarios.
Cuando yo empecé en ese rollo [juego de baraja], me llevaron a un casino clandestino. Haz de cuenta que era una casa, no ocupabas permiso. Entrabas, en vez de haber sala, comedor y cocina, tenían mesas de juego. Una vez fui con un señor que conocí y me invitó: «vamos a este clandestino». Y ahí te regalaban cerveza, comida, botanas, todo regalado mientras jugaras, y, pues, obviamente, si ganabas, le dabas propina a las meseras. Entonces, estábamos jugando ahí, era una zona como de mala muerte. (J5, entrevista personal, enero de 2023)
No, yo juego en un clandestino. Sí, ahí se juega baraja, póker, blackjack. Ahí puede beber, hay botana, puede pedir comida, lo que quiera. Es más, con decirle que las mismas meseras son putas [sexoservidoras] (…) Ahí en el centro, es una puerta como de casa, no hay nada, no hay letreros y es la entrada. (Entrada de diario de campo, abril de 2023)
En concordancia con lo anterior, encontramos un estudio por Samuel Ríos (2021) en donde hace un acercamiento a casinos clandestinos en Guadalajara, en el que expresa que estos ambientes, obscuros, son parte del cotidiano y se mantienen abiertos para todo público. Con relación a Culiacán, existe un vacío explicativo en cuanto al origen de estos espacios; sin embargo, es indudable su operatividad en la vida cotidiana, ya que existen evidencias respecto a ciertos acontecimientos de violencia que se han registrado y que abonan al tema de normalización de la violencia (Cabrera, 2023; González, 2022). Es oportuno mencionar otros espacios de juegos de azar que operan de manera ilegal, popularmente denominados como «las jugadas», son minicasinos que ofertan juegos tragamonedas ubicados en zonas no comerciales de Culiacán. Debido a que no cuentan con permisos y licencias gubernamentales, se caracterizan por estar vinculadas con organizaciones criminales (Tapia, 2024).
Definitivamente, con estos hallazgos evidenciamos que la oferta de casinos clandestinos también es parte del modelo de ocio y entretenimiento en Culiacán porque se ha mantenido con gente común y corriente que es aficionada al juego de azar, que no precisamente son criminales, aunque es preciso reiterar que están expuestos ante cualquier hecho de violencia. Lo que deja en duda con estas narrativas es la parte gubernamental, la ausencia de aparatos regulatorios y autoridades que no han mitigado este tipo de irregularidades, o bien, pudiéramos vislumbrar una red de corrupción entre las autoridades y organizaciones criminales que operan de forma impune.
En conclusión, los casinos siguen siendo parte de múltiples controversias y polémicas por su giro comercial; en consecuencia, el juego y la apuesta resultan atractivos para personas que se dedican a la obtención del dinero fácil, ya sea como usuarios o empresarios. Por esta razón, la industria de casinos en Culiacán se ha convertido en un modelo de entretenimiento que las organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico han aprovechado para generar riquezas y amasar fortunas a través del lavado de dinero. Desde esa perspectiva, concluimos que el discurso del narcotráfico como componente cultural en la vida social de la capital sinaloense permea en los casinos. Esto se refleja en dos aspectos que venimos discutiendo, por un lado, la proximidad que tienen los usuarios con personajes que aparentan pertenecer a estas organizaciones criminales, y, por otro lado, una inevitable exposición ante hechos de violencia, ambas condiciones reafirman el tema sobre la existencia de una normalización de la violencia en Culiacán.
En relación con lo anterior, concluimos que el aporte de este trabajo respecto al tema de la normalización de la violencia en Culiacán, a diferencia de otros estudios, es que se focaliza en un contexto en específico, a saber, la industria de casinos. Si bien se ha teorizado a través de la geografía de la violencia y su proximidad, consideramos que nuestro aporte se sustenta en ambos conceptos para alcanzar esa especificidad y evidenciar un escenario de juego y crimen que no se había explorado. Asimismo, reiteramos la idea de que los casinos no están exentos de ser parte de organizaciones criminales; por ello, los convierte en espacios propicios para generar problemáticas sociales como la corrupción e impunidad. De acuerdo con estos resultados, se reafirma el discurso del narcotráfico que impregna Culiacán; las narrativas que presentamos abonan al corpus de conocimiento sobre los estudios del narcotráfico y violencia en Sinaloa. Con relación a los hallazgos, es necesario dar seguimiento a la presencia de los casinos clandestinos para evidenciar este tema como una problemática social, ya sea desde las políticas públicas e impactos en la comunidad.
Finalmente, reflexionamos que los usuarios de casinos, independientemente del estigma que genera su afición por el juego de azar, y aun así, sigan asistiendo a pesar del atestiguamiento de la brutalidad de las organizaciones criminales, tienen derecho a la seguridad y a convivir en un entorno libre de peligro, para que Culiacán no llegue a ser un homenaje a la fiesta de las balas y los comandos armados.
Agradecemos a las personas entrevistadas que nos brindaron su valioso testimonio, todo nuestro reconocimiento y respeto. Se agradece el sentido de colaboración entre la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FACES-UAS) y la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (EIDAES-UNSAM).
Este trabajo fue financiado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI-México) con el otorgamiento de una beca para estudios de doctorado a Rubén Sánchez-Ramos con los datos de referencia: CVU-830148 y No. de Beca 791347.
Rubén Sánchez-Ramos: captación de fondo (beca doctoral), administración del proyecto, conceptualización, investigación, metodología, redacción, revisión y edición.
Pablo Figueiro: supervisión, conceptualización, investigación, metodología, análisis formal, revisión, redacción y edición.