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Revisado por pares
Según la encuesta sobre relaciones sexuales y de pareja (Centro de Investigaciones Sociológicas [CIS], 2025), en España un 5,9 % de la población se considera bisexual, frente al 85,4 % que se define como heterosexual y el 2,8 % que lo hace como homosexual. Estos resultados, sin embargo, difieren entre generaciones. Mientras que entre las personas de 30 o más años solo el 3,4 % se identifica como bisexual, dentro del grupo entre los 18 y 29 años, constituyen un 19,8 %. Las diferencias de género también son notables, ya que un 7,6 % de las mujeres españolas se definen como bisexuales, frente al 4,1 % de los hombres. Estos datos nos sirven para ejemplificar la magnitud del colectivo bisexual en nuestro contexto y la injustificada falta de estudios, especialmente entre los estudios LGTBIQ+.
Aunque la producción de conocimiento sobre la bisexualidad como identidad política y social comienza en los años setenta, el número de investigaciones ha experimentado un considerable aumento desde los inicios del siglo XXI. Aun así, la investigación continúa siendo limitada en lo relativo al objeto concreto de este estudio. Con frecuencia, los trabajos sobre mujeres bisexuales las engloban junto a las lesbianas bajo la categoría de «mujer no heterosexual», diluyendo la especificidad bisexual. Además, la mayoría de los estudios se centran en la discriminación y las violencias sufridas, siendo minoritarios aquellos que, junto a la subordinación, exploran su potencial de resistencia y subversión (Ara, 2019; Arnés et al., 2013; Francisco Amat, 2013; Francisco Amat y Moliner Miravet, 2018; Kwok et al., 2020; Salinas Boldo, 2022).
Aunque la gran mayoría de los estudios provienen del ámbito anglosajón, en la última década se ha empezado a dar una pequeña pero significativa producción de conocimiento acerca de las realidades bisexuales en ciencias sociales en el contexto hispanohablante, con aportaciones que destacan la bisexualidad como identidad disidente, su potencia política y las dificultades para leerse, decirse y narrarse como tal. Ejemplo de ello son los libros Resistencia bisexual de Elisa Coll (2021) y Bisexualidades feministas: contra-relatos de una disidencia situada (Arnés, Correa, Herrero et al., 2019), así como el artículo de Alba Ara (2019). En estos trabajos se enfatizan, por un lado, los mecanismos mediante los que se da la invisibilización bisexual y, por otro, la potencia subversiva de la bisexualidad, cuya reivindicación puede ser entendida como resistencia política.
En cuanto al estudio del amor, dos corrientes teóricas han abordado principalmente este fenómeno desde las ciencias sociales: los estudios de género y la sociología de la individualización. Por un lado, las teorías feministas han tendido a entender el amor como una herramienta de subjetivación y subordinación de las mujeres (De Beauvoir, 1949/2020; Jackson, 2013; Jónasdóttir, 2011; Medina et al., 2013, entre otras). Por otro lado, los teóricos sociales de la individualización se han centrado en la relación entre los procesos de modernidad tardía y las relaciones amorosas (Bauman, 2003; Beck y Beck-Gernsheim, 1998; Evans, 2003; Giddens, 1992/1998; Gómez, 2004) poniendo de relieve el papel de la intimidad y la vida amorosa para los individuos, hasta llegar a considerar al amor como «la nueva religión laica de nuestro tiempo» (Beck y Beck-Gernsheim, 1998) una vez debilitados los lazos comunitarios y las sujeciones de la tradición. Ambas corrientes entienden el amor como una especie de ideología o religión que ofrece falsas esperanzas (Smart, 2007); a excepción de autores como Anthony Giddens (1992/1998), quien aborda el tema con relativo optimismo. En cualquiera de los casos, la sociología del amor ha estado muy centrada en las relaciones heterosexuales, relegando a un segundo lugar las implicaciones que para la experiencia amorosa tienen las rupturas con la heteronorma. Además, atendiendo a la variable edad, la producción sobre el romance tiende a centrarse en adultos, dejando a un lado, incluso denostando, la experiencia joven o adolescente. Existen, aun así, excepciones con estudios que analizan a adolescentes o jóvenes (Fernández Rodríguez, 2022; Venegas, 2018), muchos de ellos en contextos no-occidentales (Dyson, 2018; Francis y Reygan, 2016; Rodríguez Morales, 2019).
Con esta investigación pretendemos paliar la falta de estudios que se acerquen a las realidades de las mujeres bisexuales tratando el tema del amor mediante una aproximación cualitativa a través de ocho entrevistas semiestructuradas a mujeres jóvenes bisexuales residentes en la provincia de Bizkaia de la Comunidad Autónoma Vasca. El trabajo que aquí presentamos busca analizar las concepciones del amor de las jóvenes entrevistadas. En concreto, buscamos describir cuál es su ideal romántico, de qué manera difiere y se asemeja al ideal romántico heterosexual, y cuáles son las representaciones de género que hacen de las relaciones románticas con hombres y con mujeres.
Para dar respuesta a estos objetivos, en el marco teórico se discute cómo se socializa en los géneros hombre y mujer; cuál es la importancia del amor dentro de la construcción de la identidad personal de las mujeres; qué es el amor romántico; qué entendemos por bisexualidad y cómo se vincula esta con el amor romántico. Posteriormente, tras el apartado metodológico, se analizan las entrevistas realizadas y los conceptos discutidos teóricamente se vinculan con lo expresado por las entrevistadas. Así, se reflexiona acerca de las diferencias que estas encuentran entre vincularse románticamente con hombres y con mujeres, lo cual se muestra estrechamente vinculado con la socialización de género explicada anteriormente; se discuten las continuidades y las rupturas que presentan las mujeres bisexuales de Bizkaia frente a los ideales del amor romántico, que son imposibles de aprehender sin haber entendido previamente qué caracteriza al amor romántico; y, por último, se discute qué lugar ocupa el amor romántico en la construcción de la identidad de las mujeres entrevistadas.
El interés por este tema se vincula con la especificidad de las personas bisexuales como sujetos que mantienen relaciones amorosas tanto con hombres como con mujeres, es decir, con sujetos que son construidos como opuestos complementarios a sí mismos (Coll, 2021; Esteban, 2009; Medina et al., 2013; Wittig, 1992/2016), pero también con sujetos que han sido socializados para cumplir el mismo rol que ellas o ellos dentro de la pareja. Además, nos interesa entender las realidades y visiones de las mujeres bisexuales en relación al amor, ya que este ha sido un colectivo históricamente despojado de legitimidad y al que se le ha tendido a negar su poder subversivo por parte del propio colectivo LGTBIQ+ (Arnés, Correa e Itoiz, 2019; Bafaluy, 2023). De esta manera, las cuestiones referentes a la bisexualidad han quedado relegadas a un segundo plano en las investigaciones de las ciencias sociales sobre el amor y la sexualidad (Arnés, Correa e Itoiz, 2019), al tiempo que el feminismo y las ciencias sociales han prestado mucha más atención a la sexualidad que al amor, a pesar de la importancia de este último para poder comprender los mecanismos causantes de la subordinación de las mujeres y el funcionamiento del sistema género (Esteban et al., 2005).
Como mencionábamos antes, los estudios feministas han puesto de manifiesto que el ámbito de la pareja y del amor es central en la existencia femenina (Esteban y Távora, 2008; Lagarde, 2000). La necesidad de ser querida por un hombre es fundamental en la construcción de la identidad de la mujer (Medina et al., 2013). «[Las mujeres son] seres para el amor, seres de amor», afirma Marcela Lagarde (2000, p. 347). Para ellas, la experiencia amorosa es definitoria de su identidad de género, de manera que estar en una relación de pareja se tiende a asociar con ser socialmente valiosas y, por contra, estar solteras se relaciona con tener algún tipo de fallo (Langford, 1999). De esta manera, el amor es aquello que nos hace hombres y mujeres (Esteban, 2009, 2011; Esteban et al., 2005), el escenario por excelencia donde se performan las feminidades y las masculinidades, así como donde se perpetúan las desigualdades de género.
En Occidente, operan los modelos de la «mujer emocional» y el «hombre sin emociones» mediante los estereotipos de la vida cotidiana y los medios de comunicación, que vinculan a la mujer con una mayor capacidad de sentir los afectos y expresarlos (Lupton, 1998). De esta manera, se crean «normas emocionales» diferenciales para mujeres y hombres, donde la gestión emocional de la vida privada es asignada a ellas (Hochschild, 1979). Los hombres, por su parte, dado que las mujeres ya cubren sus necesidades afectivas, pueden construir su individualidad, su autosuficiencia y autonomía sin tener que enfrentarse a contradicciones (Medina et al., 2013). De esta manera, el ámbito de la pareja y del amor aparece como central en la existencia femenina (Esteban y Távora, 2008; Lagarde, 2000), mientras que para los hombres el ámbito sentimental queda relegado a un segundo plano (De Miguel, 2017; Giddens, 1992/1998).
Para ellos, en su relación con el sexo construido como opuesto, es la sexualidad lo que tiene un mayor peso. Debido a su posición de poder, dentro del régimen político heterosexual (Wittig, 1992/2016), los hombres pueden negarles a las mujeres su propia sexualidad e imponer la suya sobre ellas (Rich, 1980/1996). Además, en las relaciones entre hombres y mujeres, «la mujer es “forzada” a comprometerse al cuidado amoroso para que el hombre pueda ser capaz de vivir-experimentar el éxtasis» (Jónasdóttir, 2011, p. 265). La posición sistémica del hombre lo empuja hacia un ilimitado deseo del éxtasis y a la concepción del cuidado como una carga que debe realizarse de la forma más rápida y simple posible (Jónasdóttir, 2011). El amor, por lo tanto, es el medio mediante el que el sistema consigue que las necesidades afectivas y sexuales de los hombres sean satisfechas a través del cuidado de las mujeres (Jónasdóttir, 2011; Medina et al., 2013).
Como se puede ver, las exigencias, los roles y los propios imaginarios del amor se imponen de forma desigual a cada uno de los géneros, condicionando las concepciones, expectativas y formas de vivenciar el amor de hombres y mujeres (Giddens, 1992/1998; Padilla Consuegra, 2017). De este modo, el amor romántico subjetiva a las mujeres de tal manera que estas se convierten en la mujer requerida por el patriarcado, lo cual incluye la heterosexualidad obligatoria (Rich, 1980/1996; Wittig, 1992/2016), el binarismo de género (Esteban, 2009; Wittig, 1992/2016), la complementariedad de los sexos (Esteban, 2009; Giddens, 1992/1998; Medina et al., 2013), la provisión de cuidados (Jónasdóttir, 2011), la monogamia (Giddens, 1992/1998; Jackson, 2013), la centralidad de la pareja como vínculo social (Giddens, 1992/1998; Jackson, 2013) y la centralidad del amor como emoción y dimensión social (Medina et al., 2013).
El amor es complejo y relacional y, por lo tanto, es el contexto el que le da sentido al sentimiento (Esteban, 2009; Illouz, 1992/2009; Jackson, 2013; Smart, 2007). En contextos dados, existen expectativas sobre qué sentir, cómo sentirlo, cómo manifestarlo y cómo interpretarlo. La categoría de «amor romántico» es, por lo tanto, una categoría en constante transformación, que es negociada y modificada por los actores sociales, por lo que su plasmación en la realidad social contiene contradicciones y muchos matices (Jackson, 2013; Smart, 2007).
Las categorizaciones sobre el amor a menudo se solapan. Anna Jónasdóttir (2011) habla del amor sexual, cuyos dos elementos principales son el cuidado y el éxtasis, mientras que William Jankowiak y Edward Fischer (1992) utilizan los términos romantic love y passionate love como sinónimos, al igual que Marcela Lagarde (2000) lo hace con el amor pasión/carnal y el amor romántico. Giddens (1992/1998), sin embargo, diferencia claramente entre uno y otro poniendo énfasis en la construcción de una historia que ocurre en este último: «el amor romántico introdujo un elemento novelesco dentro de la vida individual» (Giddens, 1992/1998, p. 45). Al ser un amor reflexivo, se proyecta en el futuro y crea una historia personal compartida. Además, también se distingue en el hecho de que «los afectos y lazos […] tiende[n] a predominar sobre el ardor sexual» (Giddens, 1992/1998, p. 46). Aun así, se asume una congruencia entre el amor romántico y la relación sexual (Giddens, 1992/1998) que deriva del amor burgués, el cual establece que el amor, el erotismo y la sexualidad deben estar unidos y deben darse todos en una misma relación: la de la pareja que convivirá para toda la vida, es decir, el matrimonio (Lagarde, 2000). Otra aportación que hace el amor burgués al amor romántico es que establece, por primera vez en Occidente, la comprensión como la base de las relaciones entre hombres y mujeres (Lagarde, 2000).
La intimidad, por lo tanto, se presenta como elemento central del amor romántico donde, además, «el individuo imperfecto se completa» (Giddens, 1992/1998, p. 50). Se trata, por ende, del «modelo de la complementariedad» (Laffite, 1958, 1961; Schiebinger, 2004, citadas en Medina et al., 2013), que entiende lo «masculino» y lo «femenino» como opuestos complementarios. Este modelo ha servido para poder dar salida a la situación contradictoria que la construcción histórica de los «sexos opuestos» había creado, puesto que, en él, el amor romántico sirve de herramienta para mantener unidas identidades y subjetividades construidas como opuestas (Medina et al., 2013). Este modelo supone la imposición de la heterosexualidad obligatoria (Rich, 1980/1996) al entender que solo los opuestos se complementan, y se reproduce mediante la creación de cuerpos sexuados y disposiciones heterosexuales que se presentan como «naturales» (Butler, 1993, 1997, citada en Esteban, 2009; Wittig, 1992/2016).
Otro de los rasgos fundamentales del amor romántico, sobre todo heterosexual, es la exclusividad, es decir, la monogamia (Giddens, 1992/1998; Jackson, 2013). La pareja monógama se presenta como el ideal de la vida adulta (Jackson, 2013), situándose, así, como el vínculo social más importante (Coll, 2021; Giddens, 1992/1998; Jackson, 2013). Esto implica la devaluación del resto de relaciones y, en consecuencia, que el amor y los cuidados se concentren en la pareja y la familia nuclear (Coll, 2021; Jackson, 2013). La monogamia, sin embargo, se impone de forma desigual a hombres y a mujeres, siendo más exigente para estas últimas, asegurando los derechos exclusivos de los hombres sobre mujeres individuales (Giddens, 1992/1998; Jackson, 2013).
Por último, cabe destacar la búsqueda del otro, cuya devoción valida la identidad del yo, como otro de los rasgos característicos del amor romántico (Giddens, 1992/1998). Es decir, la historia personal compartida de la que provee el amor romántico se vincula también con la autorrealización. Sin embargo, esta construcción identitaria recae, una vez más, especialmente sobre las mujeres, dado el carácter feminizado del amor romántico (Giddens, 1992/1998; Lagarde, 2000).
Hasta ahora hemos hablado del ideal romántico heterosexual y de la subjetivación de la mujer a través de este. Sin embargo, las mujeres bisexuales presentan una especificidad relevante: se relacionan románticamente tanto con hombres como con mujeres. ¿Cómo se traduce esto en las definiciones sociales que hacen las mujeres bisexuales de las relaciones románticas con hombres y con mujeres? Como disidentes de la heterosexualidad obligatoria, ¿el ideal romántico de las bisexuales concuerda o se opone al ideal romántico heterosexual?
Al cuestionar la dirección única del deseo (Arnés, Correa e Itoiz, 2019; Arnés et al., 2013; Coll, 2021), el deseo bisexual va en contra del género en su idea más hegemónica, ya que los géneros están construidos como opuestos complementarios y definidos por un deseo exclusivo dirigido hacia el otro (Coll, 2021; Esteban, 2009; Medina et al., 2013; Wittig, 1992/2016). Además, la bisexualidad cuestiona la concepción lineal del deseo presente en el monosexismo (Coll, 2021). Cuando el deseo se ramifica y pierde esa dirección recta, rígida y única, los mitos del amor se tambalean; la media naranja, el alma gemela o la idea de que una única persona puede satisfacer todas nuestras necesidades sexuales, eróticas y emocionales dejan de tener sentido (Coll, 2021).
Esta supuesta linealidad del deseo deriva del sistema binario de clasificación occidental. En este sentido, bisexualidad sería lo que Derrida (1985, 1997, citado en Arnés et al., 2013) denomina «indecible»: una unidad lingüística que muestra el carácter contingente de esa oposición al moverse de un lado a otro de los términos definidos como dicotómicos. Con ello, la bisexualidad tiene la potencia política de cuestionar las definiciones identitarias (Arnés et al., 2013).
Pese a esta fluidez, la identidad social de las mujeres bisexuales es construida a través de prácticas discursivas específicas que las nombran desde fuera (Hall, 2003), lo cual también implica que están atravesadas por violencias estructurales específicas (Coll, 2021). Por lo tanto, pese a que la identidad es esa frontera entre los discursos que nos interpelan «señalándonos nuestro lugar» y los procesos mediante los que los sujetos producen subjetividades (Hall, 2003), sabemos que ese nombramiento tiene la fuerza suficiente como para constituir la vivencia bisexual femenina como vivencia en sí misma, distinta y única, es decir, como una realidad particular con características propias (Arnés, Correa e Itoiz, 2019; Coll, 2021). Esta identidad social propia de las mujeres bisexuales se materializa en vivencias, subjetividades e imaginarios que pueden entrelazar una red de significados en común, articulada a través de sus experiencias románticas personales con cualquier género, y a través de los discursos que las interpelan y de los imaginarios que están disponibles en nuestra sociedad (Hall, 2003; Jackson, 2013).
En este punto, por lo tanto, cabe preguntarse: ¿cómo de presente está esta potencia subversiva en las prácticas e imaginarios de mujeres bisexuales jóvenes de Bizkaia?, ¿problematizan de alguna manera el ideal romántico heterosexual? ¿Qué influencia tiene esta fluidez de los deseos en sus relaciones con hombres y con mujeres y en cómo las definen? ¿Cómo encarnan las mujeres jóvenes bisexuales todos los discursos, invisibilizaciones, prejuicios y potencialidades contradictorias que las rodean en lo que respecta a las relaciones amorosas y sus ideales románticos?
En relación a la metodología empleada, para dar respuesta a los objetivos planteados en esta investigación (describir cuál es el ideal romántico de las bisexuales jóvenes entrevistadas, de qué manera difiere y se asemeja al ideal romántico heterosexual y cuáles son las representaciones de género que hacen estas de las relaciones románticas con hombres y con mujeres), los métodos cualitativos resultan más útiles, ya que lo que se pretende es comprender la naturaleza profunda de la concepción de amor romántico que manejan las mujeres jóvenes bisexuales de Bizkaia y conocer el significado que estas le dan a las relaciones románticas con hombres y mujeres (Ispizua y Lavía, 2016). En concreto, hemos optado por la entrevista semiestructurada focalizada como herramienta metodológica para dar respuesta a los objetivos planteados, puesto que lo que se busca es producir un discurso sobre unos temas concretos que posteriormente se pueda analizar (Ispizua y Lavía, 2016). El guion de entrevista abarca las siguientes dimensiones: ideales románticos, expectativas amorosas, etapas del vínculo romántico, proyecciones de futuro y cotidianidad e influencia de la relación romántica; y es el resultado de diversas modificaciones realizadas durante la fase de pretest.
El formato de las entrevistas presenta claramente ciertas limitaciones, ya que estas «no pueden dar cuenta de la verdadera conducta cultural de las personas y, en lugar de ofrecer elementos de significados en contexto y en acción, nos ofrecen elementos del discurso sobre dichos significados» (Wuthnow, 1987, citado en Illouz, 1992/2009, p. 43). Por lo tanto, este trabajo solo puede dar cuenta de lo que las personas creen o sostienen que hacen, experimentan y piensan (Lévi-Strauss, 1998, citado en Illouz, 1992/2009).
En relación a la muestra, esta es estructural en función de variables como género (mujeres), edad (18–29), orientación sexual (bisexual) y residencia (Bizkaia). En la presente investigación hemos definido como jóvenes a aquellas personas de entre 18 y 29 años, es decir, lo que Jeffrey Arnett (2004) define como emerging adults. Según el autor (Arnett, 2004), la emerging adulthood constituye una etapa de la vida distinta tanto a la adolescencia que la precede como a la adultez que la sigue. Por otro lado, entendemos por bisexual a la persona potencialmente atraída romántica o sexualmente hacia personas de más de un género, no necesariamente de la misma manera, ni necesariamente en el mismo grado (Ochs, 2022). La bisexualidad, por lo tanto, se define por el deseo, más que por las prácticas (Coll, 2021), de manera que, para construir la muestra, consideramos bisexual a toda persona que se nombre como tal, sin que necesariamente haya tenido experiencias afectivas o sexuales bisexuales. Finalmente, la muestra ha estado conformada por ocho mujeres cis de entre 21 y 26 años que incluye a amigas de familiares, familiares de amigas y amigas de amigas de una de las autoras, que es de la misma franja etaria, siguiendo formas de acceso habituales en una investigación situada, es decir, una investigación que reconoce que el conocimiento se produce desde un contexto social concreto y a partir de las redes reales a las que la investigadora puede acceder. Desde esta perspectiva, las conexiones cotidianas no son un sesgo, sino una vía legítima para localizar participantes (Esteban, 2004). Sin embargo, esto también puede haber generado una muestra demasiado homogénea, como se puede observar en la tabla 1, donde se aprecian altos niveles de estudio y una mayoría de estudiantes. Además de esto, cabe destacar que, pese a que no era un requisito, finalmente todas las entrevistadas habían tenido algún tipo de vínculo sexoafectivo tanto con hombres como con mujeres.
Tabla 1. Características sociodemográficas de las jóvenes bisexuales participantes
| ID | Edad | Lugar de nacimiento | Nivel de estudios | Situación laboral |
|---|---|---|---|---|
| E1 | 24 | Bizkaia | Universitario | Estudiante |
| E2 | 23 | Otra provincia de la CAV | Universitario | Estudiante y trabajadora |
| E3 | 26 | Bizkaia | Universitario | Trabajadora |
| E4 | 24 | Otra CCAA | Universitario | Estudiante |
| E5 | 25 | Bizkaia | Grado superior | Estudiante y trabajadora |
| E6 | 21 | Bizkaia | Universitario | Estudiante |
| E7 | 22 | Otro país europeo | Grado superior | Trabajadora |
| E8 | 25 | Bizkaia | Universitario | Estudiante |
Para componer esta muestra hemos utilizado la técnica de bola de nieve. Ciertamente, esta técnica puede ser criticada por crear muestras demasiado homogéneas (Illouz, 1992/2009; Ispizua y Lavía, 2016), pero es el método de muestreo más adecuado para poblaciones consideradas ocultas o que no están claramente identificadas, como es el caso de las mujeres bisexuales de Bizkaia.
En este estudio, el análisis de discurso y de contenido se ha realizado desde una perspectiva fenomenológica, centrada en comprender cómo las participantes viven y significan sus experiencias. El objetivo ha sido identificar los significados centrales que aparecen en sus relatos y comprenderlos en profundidad, ya que lo que se pretende es comprender la naturaleza profunda de la concepción de amor romántico que manejan las mujeres jóvenes bisexuales de Bizkaia y conocer el significado que estas le dan a las relaciones románticas con hombres y mujeres. Este análisis se ha realizado desde una epistemología bisexual, que nos invita a no pensar en términos binarios como «nunca/siempre», «adentro/fuera» o «antes/después», sino en términos inclusivos como «y», «también» o «además» (Arnés et al., 2013). Por otro lado, a la hora de realizar el análisis, nos hemos basado en las cuatro dimensiones del amor que acota Stevi Jackson (2013). 1) Estructura: el amor tiene fundamentos y consecuencias materiales. 2) Significado: los significados del amor son elaborados a través de los discursos y representaciones dentro de nuestra cultura más amplia, así como a través de aquello que consideramos de «sentido común» en la interacción cotidiana. 3) Práctica: los significados cotidianos del amor se vinculan con prácticas del amor y sus significados subjetivos y personales. 4) Subjetividad: el amor se siente subjetivamente como una emoción, lo cual está también socialmente moldeado. Todos estos aspectos se interrelacionan e impactan entre sí, pero no siempre de manera predecible, dando lugar a contradicciones, tensiones y disonancias (Jackson, 2013).
Las entrevistadas están de acuerdo en que las mujeres se comunican mejor que los hombres y en que en las relaciones entre mujeres la comunicación está más presente. Así, algunas mencionan que es emocionalmente más fácil relacionarse con mujeres, ya que están más predispuestas «a tener una comunicación emotiva y afectivamente más abierta» (E6, entrevista personal, julio de 2023). En este caso, al tratarse de un vínculo romántico, lo que se hace a través de la comunicación es una gestión emocional. Socialmente, la gestión emocional de la vida privada es asignada a las mujeres (Hochschild, 1979), por lo que este atributo responde a los modelos de la «mujer emocional» y el «hombre sin emociones» en los que se socializa a los géneros (Lupton, 1998). Junto a ello, varias expresan que hay más empatía, más complicidad y más comprensión en las relaciones con mujeres.
Esta emocionalidad y sensibilidad atribuidas a las mujeres se manifiesta en la descripción de las relaciones entre mujeres como más intensas. Esta intensidad, complejidad, profundidad y, en ocasiones, dramatismo, no es percibido de manera negativa; incluso al contrario, hay quien se posiciona en contra de la caricaturización de la alta emocionalidad en relaciones románticas entre mujeres que se hace a través del término «bollodrama».
En cualquier caso, esta intensidad deriva del papel de las mujeres como gestoras emocionales de la vida privada, que les lleva a expresar más sus emociones, pero también de que para las mujeres es mucho más importante el amor romántico que para los hombres (De Beauvoir, 1949/2020; De Miguel, 2017; Esteban, 2009; Giddens, 1992/1998; Medina et al., 2013; Padilla Consuegra, 2017). Las mismas entrevistadas también identifican este factor como sustancial a la hora de entender las diferencias de cómo se vinculan románticamente hombres y mujeres. Además, destacan su misma posición, como mujeres que son, identificando que esa intensidad deriva de que para ambas es muy importante y de que ambas se involucran mucho emocionalmente.
Por otro lado, todas destacan la facilidad de ligar con los hombres:
Con chicos es más fácil. Van como más predispuestos y es como más…, siempre es lo mismo. O sea, siguen como unos patrones más, no sé, similares entre ellos. Entonces se me hace como más fácil. Con chicas es, igual, otra manera. (E2, entrevista personal, julio de 2023)
Esto se atribuye a tres cuestiones: ellos suelen estar más predispuestos, ellos suelen mostrar más claramente su interés y hay establecidos ciertos guiones en las relaciones heterosexuales que lo hacen más sencillo. Las entrevistadas coinciden en que al ligar con mujeres existe mucha más ambigüedad, que se debe en muchas ocasiones a que las relaciones románticas entre mujeres nacen de una amistad previa, «como amistades ambiguas, que son amistades muy románticas» (E3, entrevista personal, julio de 2023).
Por otro lado, las entrevistadas señalaron que las relaciones con hombres están más centradas en el sexo. De ahí también que sean unas relaciones más sencillas y directas a la hora de ligar, pero menos expresivas y claras cuando se trata de establecer una relación romántica formal. Esto se vincula claramente con la construcción social de los géneros, mediante la que se establece que, en su relación con el género construido como opuesto, para los hombres es la sexualidad lo que tiene un mayor peso (Jónasdóttir, 2011; Rich, 1980/1996). Por el contrario, en las interacciones románticas entre mujeres prima la intimidad y lo emocional frente a lo sexual: «antes de liarnos te explico toda mi vida y te abro mi corazón de una forma que, como mucha intimidad, en general» (E3, entrevista personal, julio de 2023). Giddens (1992/1998) explica que un cambio cultural notable que se da en la posmodernidad es en el orden de los factores; en la modernidad la intimidad era seguida de la pasión, mientras que, en la actualidad, la pasión puede derivar en intimidad. Sin embargo, podría decirse que este cambio no caracteriza a las relaciones entre mujeres.
Además, se identifica con las mujeres la posibilidad de crear una historia de amor: «es como más con las chicas crear una historia y con los chicos es más ir al juego» (E7, entrevista personal, julio de 2023). La reflexividad y proyección de futuro, propias de la historia compartida que se construye a través del amor romántico (Giddens, 1992/1998), explica por qué muchas de las entrevistadas consideran que en las relaciones con mujeres se empieza a pensar en un futuro conjunto antes y con mayor intensidad:
Con las mujeres estás desde el minuto cero imaginándote cómo va a ser tu descendencia, tienes los nombres de tus hijos preparados, dónde vas a vivir… Te has imaginado todo. O sea hasta la marca de papel higiénico que vas a comprar (Risas). Y con los hombres para llegar a ese punto tienes que indagar mucho más en la relación. (E1, entrevista personal, junio de 2023)
Las mujeres jóvenes bisexuales participantes rompen con el modelo de los opuestos complementarios. No consideran que hombres y mujeres se complementen, sino que, en general, muestran que se sienten en mayor sintonía y más profundamente conectadas con las mujeres en sus vínculos románticos. Por lo tanto, las entrevistadas no niegan verse a sí mismas en una relación romántica con una mujer. La jerarquía de la subjetividad que valora mejor las relaciones heterosexuales, haciendo que estas se entiendan como «más reales» (Coll, 2021; Rich, 1980/1996), no está presente en la mayoría de las entrevistadas, aunque hay quien señala que ha tenido que revisar esta premisa y deshacerse de «estereotipos de heteronormatividad» (E6, entrevista personal, julio de 2023).
Esta sobrevalorización de la relación heterosexual sobre la homosexual no está presente en la mayoría de las entrevistadas. De hecho, en dos casos esta dinámica es inversa, es decir, las relaciones que mantienen con hombres están más centradas en el sexo, mientras que las que mantienen con mujeres están más vinculadas a una relación estable. La tendencia general, sin embargo, son mujeres dispuestas a tener un amor estable y longevo con ambos géneros. Este modelo de los opuestos complementarios llega incluso a rechazarse en el terreno de las relaciones sexuales, alegando que tener diferentes cuerpos complica el «entendimiento sexual» (E1, entrevista personal, junio de 2023).
Lo que sí está presente en el ideal romántico de las mujeres jóvenes bisexuales de Bizkaia es la comprensión como base de las relaciones amorosas, que nace con el amor burgués (Lagarde, 2000), y la intimidad como elemento central, propio del amor romántico (Giddens, 1992/1998). También se aprecia que, salvo excepciones, la pareja ocupa un lugar central dentro de sus vínculos sociales en cuestión de cuidados, implicación y tiempo dedicado a ella; lo cual es otra de las bases del ideal romántico heterosexual (Coll, 2021; Jackson, 2013). Sin embargo, se menciona que hay que saber repartir los tiempos y se valora como algo negativo el pasar todo el tiempo con tu pareja, siendo las amistades un vínculo sumamente importante para muchas de las entrevistadas.
También se cuestiona la norma social que establece que el amor, el erotismo y la sexualidad deben estar unidos y deben darse todos en una misma relación: en la pareja que convivirá para toda la vida (Lagarde, 2000). Por un lado, no se contempla el matrimonio como objetivo último y todas las entrevistadas se muestran escépticas ante la idea de que pueda existir «el amor para toda la vida», aunque, paradójicamente, sigue siendo un ideal al que la mayoría aspiran. Por otro lado, algunas de las entrevistadas problematizan la convivencia asociada a una pareja estable:
No me imagino viviendo con esa persona, porque creo que es una cosa que creo que no me gustaría hacer. Me imagino pues, por ejemplo, cada una viviendo en una casa, pero poder como tener espacios compartidos: vienes a mi casa, voy a tu casa… (E3, entrevista personal, julio de 2023)
Por último, casi todas las entrevistadas se plantean o llevan a la práctica relaciones en las que al menos el erotismo y la sexualidad pueden practicarse con otras personas además de con la pareja romántica (relaciones abiertas), o donde existe más de una pareja romántica (relaciones poliamorosas y relaciones de tres o más personas), contradiciendo la exigencia de la monogamia en las relaciones románticas, otro pilar del ideal romántico heterosexual (Giddens, 1992/1998; Jackson, 2013). Muchas de ellas, sin embargo, manifiestan que resulta complicado llevar a la práctica estos modelos relacionales. En este sentido, lo más común son las relaciones abiertas, donde, aunque no existe una exclusividad en el aspecto erótico, sí que existe una exclusividad en el plano romántico y una priorización de la pareja. Por lo tanto, aunque problematizada, la idea de la monogamia sigue teniendo un fuerte peso en cómo las mujeres jóvenes bisexuales se relacionan románticamente.
Cabe destacar, sin embargo, cómo las mujeres jóvenes bisexuales rompen con la linealidad del deseo, subrayando su fluidez y variabilidad, lo cual entra en conflicto con los moldes sociales de amor y trascendencia, que se basan en el monosexismo (Coll, 2021). Lo hacen a través de romper con la idea de «solo tener ojos para la otra persona» o la idea de «encontrar a la persona definitiva», pero también mostrando cómo sus deseos, sus gustos, su atracción por hombres y mujeres, fluctúa a lo largo del tiempo.
Pese a que el amor se presenta como un aspecto importante e influyente para las mujeres jóvenes bisexuales, las entrevistadas expresan que cuestiones como el trabajo, los estudios o ciertas situaciones personales pueden anteponerse al amor. Por lo tanto, se desplaza la centralidad que tiene el amor para las mujeres en el ideal romántico heterosexual (Padilla Consuegra, 2017), algo que convive, sin embargo, con el hecho de que el amor sigue siendo un pilar fundamental en la construcción de su identidad personal. El ser querida románticamente por alguien es sentido por algunas entrevistadas como algo que les da valor personal (De Beauvoir, 1949/2020). Sin embargo, no es el amor de un hombre lo que les da valía, sino el hecho de ser queridas románticamente por cualquier género.
En esta línea, ciertas entrevistadas expresan que estar en una relación romántica en la que no se nos valora bien puede llevar a «perdernos». Esto muestra cómo influye en las participantes el reconocimiento de la pareja romántica a la hora de conformar una idea de quiénes son. Es también significativa la manera en la que se habla: «después de la relación esa […] como que no me conocía ¡para nada! O sea, había involucrado tanto a mi persona que ni me conocía. O sea, cuando lo dejé dije “¿y ahora qué!”, ¿sabes? No sabía qué hacer.» (E5, entrevista personal, julio de 2023). Dar demasiado, involucrarse tanto, puede significar quedarse sin una misma, es perderse, no conocerse. Pero esto es así porque la otra persona puede no devolvernos eso que damos, que es a nosotras mismas. Las relaciones románticas son definidas por las entrevistadas como espacios de reconocimiento y espacios donde compartir: «un espacio seguro donde poder dar, poder recibir. […] poder tener un espejo donde te miran, ¿no? Donde tú miras y te miran bonito» (E3, entrevista personal, julio de 2023). Este reconocimiento, este mirar bonito, es expresado por otras entrevistadas como una relación en la que poder mostrarse sin ser juzgada. Parece, sin embargo, que pueden no mirarte bonito, puede que solo des y no recibas; en ese caso el espejo parece mostrar una imagen que ni nos gusta ni reconocemos, y de tanto dar podemos «perdernos».
Las mujeres jóvenes adultas bisexuales participantes en la investigación definen las relaciones con mujeres como más intensas, más profundas, más ambiguas en las primeras etapas de la atracción y, a las mujeres, como más comunicativas y emocionales. En contraste, definen las relaciones con hombres como más claras y directas en las primeras etapas de la atracción, más centradas en el sexo y, a los hombres, como menos comunicativos y emocionales. Estas definiciones se vinculan claramente con cómo han sido construidos socialmente los géneros hombre y mujer y las características atribuidas a cada uno de ellos. Además, según las experiencias de las mujeres bisexuales jóvenes entrevistadas, el cambio cultural posmoderno mediante el cual la pasión pasa a ser un paso previo a la intimidad no caracteriza a las relaciones entre mujeres, pero sí a las relaciones heterosexuales.
Las mujeres jóvenes bisexuales comparten solo hasta cierto punto el ideal romántico heterosexual, pero sus relaciones amorosas se enmarcan claramente en el amor romántico. Así, rompen totalmente con la idea de los opuestos complementarios, ya que no consideran que hombres y mujeres se complementen, sino que, en general, muestran que se sienten en mayor sintonía y más profundamente conectadas con las mujeres en sus vínculos románticos. También problematizan la linealidad del deseo y la monogamia, aunque la exclusividad y la prioridad de la pareja siguen teniendo mucho peso. La pareja romántica sigue ocupando un lugar central dentro de los vínculos sociales en relación al tiempo, los cuidados y la intimidad compartida.
Finalmente, el amor romántico sigue teniendo un gran peso en la conformación de la identidad personal de las mujeres jóvenes bisexuales participantes. Ser querida románticamente se concibe como algo que da valor personal y las relaciones románticas se presentan como espacios de reconocimiento donde podemos «perdernos» o «conocernos». Sin embargo, no es el amor de un hombre lo que les da valía, sino el hecho de ser queridas románticamente por cualquier género.
El presente trabajo es una aproximación interdisciplinar al amor y las relaciones románticas de una franja etaria de especial relevancia como son los jóvenes, desde una perspectiva feminista, que permite desvelar las particularidades de los imaginarios de las mujeres bisexuales.
El limitado tamaño de la muestra, así como su relativa homogeneidad en lo que se refiere a las características de las jóvenes participantes (cis, con estudios superiores, residentes en Bizkaia, etc.), supone que los resultados no son generalizables y requiere que futuras investigaciones repliquen y contrasten en otros contextos y con otras poblaciones los resultados mostrados aquí, por ejemplo, en otras provincias o a nivel estatal, así como con hombres bisexuales, de manera que se puedan realizar comparaciones. Así mismo, en las entrevistas se han referenciado cambios en la expresión de género vinculados a la expresión de género de la pareja romántica, lo cual plantea preguntas relevantes que vinculan bisexualidad, expresión de género y autopercepción. En una línea similar, dado que el deseo bisexual va en contra del género en su idea más hegemónica, abogamos por explorar la intersección entre bisexualidad e identidad no binaria. Por último, en tanto el sexo es comprometido por el amor, una continuación de este trabajo podría explorar cómo el sexo con distintos géneros produce o no cuerpos bisexuales diferenciados. En conclusión, la bisexualidad y el amor plantean un gran abanico de cuestiones aún por explorar.
Paula Calcedo Roda: conceptualización, análisis formal, investigación, metodología, redacción - borrador original, redacción - revisión y edición.
Estibaliz de Miguel: supervisión, redacción - borrador original, redacción - revisión y edición.