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Revisado por pares
La escritura es una de las principales actividades del trabajo académico y un elemento irrenunciable en todo el proceso de la investigación (Gibbs, 2007). La construcción de ideas solo puede ser pensada junto a la escritura (Kaufman, 2013; Richardson y St. Pierre, 2000). Con el capitalismo académico, la escritura se transformó en un bien de mercado (Billig, 2013a; Santos, 2013). Mientras más artículos indexados se escriben, más altas son las probabilidades de adjudicarse fondos de investigación (Fardella et al., 2019) o de recibir pagos extra (Kwiek, 2018), tal como es el caso de las universidades chilenas (Fardella, 2021). La presión de producir publicaciones indexadas de alto impacto resulta en posturas hiperperformativas acerca de la escritura (Macfarlane, 2021) donde el artículo se transforma en un fetiche (Naidoo, 2016). En el contexto chileno, José Santos (2012) habla de la «tiranía del paper». Cabe señalar además que las nuevas generaciones de académicos se socializan casi exclusivamente en el contexto del paper indexado y desarrollan una identidad académica centrada en output (French, 2019).
La fetichización de un único formato de publicación deriva en la pérdida del arte de escuchar y de transmitir los resultados de esta escucha en la página (Back, 2007; Meier y Wegener, 2017). Como la difusión de conocimiento a la sociedad es una de las grandes aspiraciones de la universidad, la falta de resonancia en muchos textos académicos es más preocupante aún (Meier y Wegener, 2017). A pesar de estos antecedentes, las dimensiones sonoras de la escritura académica y la relación entre formato y escucha nunca han sido objetos de investigación. Si bien las ciencias sociales tienden a hacer un acercamiento reflexivo a los procesos metodológicos de investigación (Simbürger, 2014, 2020), esta reflexividad pocas veces incluye a la escritura (Gibbs, 2007).
Por esta razón, este artículo tiene el objetivo de analizar las dimensiones sonoras de la escritura académica en el contexto del capitalismo académico. El texto parte con una discusión acerca de la tensión que se abre entre la vocación académica de compartir conocimiento con el público y la escasa escucha que se logra por los formatos predominantes en el capitalismo académico. En la segunda sección se examina la relación entre idea, forma y sonido en la escritura a partir del trabajo de Paul Valéry, Theodor Adorno y Roland Barthes. Otra dimensión sonora es el ritmo que se discute en un apartado sobre el trabajo de Henri Lefebvre y Hartmut Rosa, donde se analiza el desarrollo del ritmo o de la arritmia en la escritura académica en el capitalismo académico. En tercer lugar, el artículo discute nuevos caminos hacia una escritura académica con resonancia a partir de formatos más creativos y performativos de escritura que están en el cruce con la investigación artística. El artículo termina en una coda acerca de las implicancias de las políticas de escritura en las universidades en el plano sonoro y de la escucha. Se concluye con una invitación a las políticas de conocimiento de reducir las arritmias institucionales que se dan por el sobreénfasis en artículos indexados y en poder dar valor institucional a otros ritmos y formatos de escritura.
Una de las grandes paradojas de las publicaciones altamente indexadas es que, contrario a su supuesto impacto (Fleck, 2013), tienen cada vez menos lectores (Badley, 2019). El acceso a revistas académicas es muy limitado, más aún en América Latina, donde pocas universidades tienen acceso a una amplia gama de revistas indexadas por falta de recursos (Beigel, 2019). Además, la estructura rígida de artículos indexados —desde indicaciones precisas de cómo redactar los párrafos, la organización del argumento, hasta la redacción del resumen y las cinco palabras clave (Santos, 2013)— es otro factor importante por el cual la transmisión de lo social sufre. El jargón académico no promueve la escucha y es resultado de la socialización académica, donde se enseña a académicos a escribir de manera críptica (Billig, 2013b). Estilos más creativos de la escritura, como por ejemplo el ensayo, y figuras de escritura como la metáfora o el manifiesto, desaparecen cada vez más porque no vienen asociados con los mismos incentivos económicos como las publicaciones indexadas, causando así un empobrecimiento de las formas de escritura y de las ideas que se pueden transmitir (Santos, 2012).
Carla Fardella et al. (2020) investigaron las prácticas de escritura en el marco del régimen de productividad científica indexada en Chile e identificaron tres tipos de acercamiento a la escritura dentro de los entrevistados: afectividad, fragilidad y estrategia. De manera parecida, en un estudio más reciente, a partir de 35 entrevistas cualitativas con académicas y académicos sobre su relación con la escritura académica, Elisabeth Simbürger (2024) observa dos prácticas de escritura: la escritura académica funcionaria y la escritura académica creativa. La gran mayoría de los entrevistados admite que su única prioridad es la escritura de artículos indexados para poder cumplir con las exigencias de la agencia nacional de investigación y de sus universidades, por un lado, y, por el otro lado, para poder recibir incentivos económicos (Simbürger, 2024). Muchos a la vez lamentan que la escritura indexada o funcionaria solo se lea por un público muy reducido. De esta manera, la escritura más creativa, a través de la cual se puede llegar a públicos más amplios, solo se puede hacer una vez que se haya cumplido con el checklist de la escritura funcionaria indexada (Simbürger, 2024).
En una performance sonora sobre el mercado de publicaciones indexadas, Basso y Celedón (2012) expresaron el carácter uniforme de artículos indexados a nivel sonoro, leyendo extractos de artículos indexados y palabras clave en voz alta contra el performance de clarinete de Gino Basso. El auditor queda con la experiencia física y real de la falta de resonancia sonora de artículos indexados (Basso y Celedón, 2012). Esta falta de resonancia sonora se refleja además de manera directa en la falta de lectores y de públicos (Badley, 2019).
Los principios de la utilidad y racionalidad del capitalismo hicieron llegar a la sociedad contemporánea a la sobreaceleración (Rosa, 2013). Este fenómeno se manifiesta también en el mundo académico, donde las fronteras entre el conocimiento útil e inútil son cada vez más marcadas, donde se espera cada vez más output en menos tiempo. Como respuesta a un mundo tan acelerado, Rosa (2016) habla de la necesidad de estar en una relación con más resonancia con el mundo social. Si bien Hartmut Rosa no usa el concepto de resonancia de manera sonora y tampoco habla explícitamente de la escritura, está inspirado en la fenomenología y apela a un giro sensible para crear axis de resonancia en el mundo. Rosa sugiere la escucha como solución y acercamientos más antropológicos que van a la par con más lentitud (Rosa, 2016). Rita Felski (2022) menciona a la obra de Hartmut Rosa como un ejemplo de teoría social que logra ser pública y literaria a la vez, una escritura que no ve racionalidad y política en oposición al arte y a las emociones. En referencia a Rosa, Felski (2022) habla de la necesidad de crear una escritura sociológica con más resonancia.
Según Gibbs (2007), debemos conceptualizar a la escritura como un proceso dinámico que parte desde el inicio de la investigación y no como un proceso final de la investigación que está separado del trabajo intelectual. Refiriendo a Derrida (1998), se habla además de la escritura académica como un proceso deconstructivo y reconstructivo de argumentos (Badley, 2019) y como un método para generar conocimiento (Richardson y St. Pierre, 2000). Para Bernard Lahire (2008), la escritura da materialidad a los procesos cognitivos, una idea que surge también en la obra de Bruno Latour (1987) y su trabajo sobre la ciencia en acción. Por el otro lado, en investigaciones sobre las prácticas de escritura, los entrevistados confirman la importancia de la escritura como generadora de ideas (Heron et al., 2021) y como una práctica cultural que constituye su identidad académica (Lea y Stierer, 2011). Sin embargo, ninguno de los autores mencionados se refiere a las dimensiones sonoras de la escritura y su relación con las ideas y el formato.
Si bien la discusión acerca de la relación entre pensamiento, modos de escritura y escucha es muy escasa en la literatura actual sobre escritura académica, se trata de un viejo tema en la filosofía y en los estudios literarios. Quizás uno de los retratos más bellos sobre la relación entre texto y música, por un lado, y forma y contenido, por el otro lado, es la introducción de Paul Valéry a su poema El cementerio marino (Valéry, 2017). Para Valéry, los textos son como variaciones de temas en la música. Esta relación se observa, según Valéry, con más intensidad en la poesía que en la prosa: «En este universo poético, la resonancia puede más que la causalidad, y la “forma”, lejos de desvanecerse en su efecto, viene a ser como reexigida por este. La idea reivindica su voz» (Valéry, 2017, p. 17). Es decir, para Valéry, formato y contenido son intrínsecamente conectados hasta tal punto que no se pueden hacer decisiones sobre una dimensión sin afectar a la otra y viceversa, pues:
La necesidad poética es inseparable de la forma sensible, y los pensamientos enunciados o sugeridos por un texto de poema no son en absoluto el objeto único y capital del discurso, sino medios que contribuyen por igual, con los sonidos, las cadencias, el número y los adornos, a provocar, a mantener una cierta tensión o exaltación, a engendrar en nosotros un mundo —o un modo de existencia— totalmente armónico. (Valéry, 2017, p. 18)
Si bien Valéry mismo distingue entre los momentos constructores de prosa y poesía, marcando la musicalidad particular de la poesía, vale la pena pensar en la falta de consideración de la unidad entre formato y contenido en el mundo académico. La unidad de ambas dimensiones no podría ser más violentada como en las universidades contemporáneas, donde no se permite una tonalidad específica en función de una idea y viceversa. A través de incentivos financieros, las políticas de escritura en las universidades transforman casi cualquier idea en el único tipo de formato permitido, o más bien, premiado (Fardella et al., 2019). La desconexión entre estas dos dimensiones y su forzada distorsión hacia siempre lo mismo —el artículo indexado— podría explicar en parte por qué las universidades enfrentan graves problemas de escucha. Es justamente este argumento epistemológico sobre los requisitos sonoros y estéticos de una idea en un texto que queremos discutir aquí.
Según la literata Ursula Le Guin (2020) es importante escribir con el oído y a partir del sonido en vez de solo pensar en el argumento. Le Guin dice que se debe «buscar con el oído la cadencia adecuada que ayudará a que la frase fluya» (Le Guin, 2020, p. 19). Sin embargo, mucha gente que escribe sobre la escritura no parece oírla, no la escuchan y su percepción es más teórica e intelectual. Como concluye la autora, «así tenemos prosa que suena pom, pom, pom y no sabemos dónde está fallando» (Le Guin, 2020, p. 19). En su famoso Manual de escritura para científicos sociales, Howard Becker (2022) hace una observación parecida y recomienda leer en voz alta. Sin embargo, sorprende la ausencia de este debate en el ámbito de las ciencias sociales y, por ende, la falta de consideración del argumento de Valéry acerca de la relación entre formato y contenido. El problema de fondo de la escritura académica y, por ende, de su dimensión sonora es que en la academia no se habla nunca sobre la relación epistemológica entre forma e idea. Solo se habla sobre una forma: el artículo indexado. Si bien la discusión acerca de la relación epistemológica entre pensamiento, modos de escritura y escucha es muy escasa en la literatura actual sobre escritura académica, se trata de un viejo tema en la filosofía y en los estudios literarios. Desde Theodor W. Adorno sabemos que el pensar requiere de la escucha y que las ideas tienen un cuerpo sonoro. Siendo filósofo, teórico de música y discípulo de Alban Berg, el acercamiento sonoro a la construcción de argumentos, la textualidad y la construcción de analogías entre figuras argumentativas y estilísticas y figuras musicales es lo más natural para Adorno. Constantemente hace analogías entre la música y el pensamiento, diciendo que el pensamiento se compone y que se piensa con los oídos (Pizarro, 2014).
El modo de Adorno de pensar en analogías estéticas aplicaba también a formatos de escritura. En los apuntes sobre Samuel Beckett, Adorno destaca que el drama de Beckett es la herencia de las novelas de Kafka, al modo de los compositores seriales con Schönberg (Adorno, 2010, p. 174). Para Adorno, el ensayo es la mimesis estética del arte en la filosofía, el formato más libre de la ciencia que se acerca al arte porque permite la inclusión de figuras quebradas. En esta misma línea, Raúl Rodríguez Freire defiende el ensayo como forma ideal (Rodríguez Freire, 2020). Si bien por lo general compartimos el argumento de la defensa del ensayo, la misma dialéctica negativa de Adorno (2019) nos prohíbe una fijación eterna del ensayo como formato de tipo ideal, sabiendo que hoy hay muchos nuevos formatos de escritura, desde los estudios visuales hasta la investigación artística. Por ende, pensar con Adorno en los tiempos de hoy significa mostrar apertura más allá del ensayo y en contra del ensayo como formato ideal y único, a pesar de que sabemos que hoy el ensayo es la excepción y no la regla. Sin embargo, las reflexiones de Adorno sobre la relación intrínseca entre música y filosofía tienen repercusiones en cómo podemos analizar el régimen de publicaciones indexadas.
Existe una falta de escucha, que se expresa en la falta de lectores por un lado y, previo a eso, en la falta de expresar lo social de manera viva, como lo llama Les Back en The Art of Listening (2007). Es decir, el problema que enfrenta el mundo académico hoy en día, desde un punto de vista adorniano, es, por un lado, la desconexión entre el escuchar y el pensar y, por otro, la transformación de esta relación en una racionalidad instrumental con una escucha-mercancía. Aplicado a nuestro campo de estudios —la escritura académica—, la reflexión de Adorno solo confirma la falta de conciencia acerca de la relación epistemológica entre ideas intelectuales y formatos en las universidades contemporáneas.
Cuando no se atiende a la relación entre idea, sonido y forma, según Roland Barthes (2008), se pierde el placer. Hace ya 50 años, Barthes (2005) observa la falta de musicalidad en textos académicos y ubica una de las razones del desierto tonal en la falta de placer en la escritura científica en comparación con otros tipos de escritura, por ejemplo, la literatura (Barthes, 2008). Para Barthes, la ciencia comete el gran error de dejar el cuerpo de lado. Por su incapacidad de hacerse cargo del placer y de lo erótico en el lenguaje, la ciencia suena siempre igual. Para poder llegar a otras tonalidades y sensibilidades en la escritura académica, Barthes recomienda a la ciencia recuperar el placer. Según Barthes (2008), sobre todo la escritura de textos en voz alta nos recuerda la posibilidad del placer textual, mostrando su corporalidad, siendo una posible entrada a la tonalidad del texto y su placer. Es decir, el placer de la escritura existe donde se da espacio a la vibración musical de las ideas en el lenguaje y en el cuerpo del escritor o de la escritora a la vez. Así se permite que las ideas tomen cuerpo y transformen el ritmo de la escritura.
¿Cómo se escribe con ritmo? Para Valéry, la analogía entre poesía y música también incluye los ritmos, las pausas entre el hablar y callar, entre el sonar y no sonar. Hablando de ritmos musicales, surge la pregunta acerca de los cambios de ritmos en la escritura. El ritmo y el sonido no solo son relevantes en la poesía, sino también en la prosa. Ursula Le Guín habla de la importancia de poner la oreja al ritmo de la escritura para poder encontrar su propia voz. Refiriéndose a Virginia Woolf, Le Guin dice que «el estilo es ritmo, “la onda en la mente”, la onda, el ritmo están antes que las palabras y hacen que las palabras encajen» (Le Guin, 2020, p. 19).
Otro pensador que ha escrito ampliamente sobre el ritmo es el filósofo y geógrafo Henri Lefebvre. El proyecto ritmo-analítico de Lefebvre (2022) tuvo el objetivo de investigar la esencia de la naturaleza humana y de liberarla de la razón tecnócrata, de la explotación capitalista y del control opresivo. Lefebvre entiende el análisis rítmico como un método transformativo, como una filosofía emancipatoria de la vida y como un credo político. La obra transmite constantemente las nociones de lo cotidiano, de la apropiación y de la cadencia rítmica. Inspirados por el análisis rítmico de Henri Lefebvre, Fadia Dakka y Alex Wade (2019) exploraron las disposiciones y orientaciones rítmicas de la escritura académica en el contexto del capitalismo académico. Los autores exponen los problemas de la cuantificación neoliberal y la fragmentación en relación con la práctica y la experiencia de la escritura. Llegan a la conclusión de que en las universidades neoliberales la unidad genérica entre lectura, pensamiento y escritura se rompe. El análisis rítmico de Lefebvre se usa como un método a través del cual se pueden diagnosticar arritmias entre las demandas institucionales de producción acelerada y los ritmos más lentos del trabajo intelectual (Blue, 2019; Dakka y Wade, 2019). De manera parecida, Cannizzo (2018) observa giros rítmicos en el trabajo académico de la universidad neoliberal. Lefebvre (2022) hace una invitación para recuperar nuestros espacios en la cotidianidad y de salir de la alienación. Aplicando el análisis de Lefebrve a nuestros tiempos y a la producción de conocimiento en las universidades, se puede concluir que necesitamos otros ritmos —una de-aceleración— para poder salir de los cuadros de la alienación.
El gran dilema de las universidades de hoy es que el tiempo de proyectos, el tiempo taylorizado y acelerado, domina la vida académica, dejando poco o ningún espacio para el tiempo reflexivo y creativo donde no hay un fin predefinido de la actividad intelectual, sino donde el proceso tome el tiempo que requiera (Ylijoki, 2014). De modo similar, Felt (2017) observa que hemos llegado de una lógica de descubrimiento a una lógica de producto en la academia y que las nuevas temporalidades de productividad a raíz del imperativo de indicadores también dejan sus efectos epistemológicos en la producción de conocimiento, dando siempre prioridad a lo que se puede producir en tiempo «rápido» y no en función de una pregunta.
Por lo tanto, las universidades necesitan más resonancia en el sentido de Hartmut Rosa (2016; Montero y Torres, 2020) y una vuelta a una universidad más lenta y sustentable (Berg y Seeber, 2016). Hartmut Rosa sugirió (2016) que un camino para volver a encontrar resonancia en nuestras vidas sobreaceleradas es a través de lo sensorial y de la escucha. Una lentitud que no hay en las universidades contemporáneas. O, para hablar en las palabras de Lefebvre y Rosa, necesitamos otro ritmo de escritura dentro de las universidades para lograr más resonancia.
Ninna Meier y Charlotte Wegener (2017) quienes analizaron la escritura académica en la universidad del capitalismo, diagnosticaron escasa resonancia en la escritura académica. Como la difusión de conocimiento a la sociedad es una de las grandes aspiraciones de la universidad, la falta de resonancia en muchos textos académicos es más preocupante aún. Según ellos, la escritura de un texto con resonancia provoca una conexión emocional, física o sensorial entre el texto y el lector y la lectora. Así la escritura se transforma en una tabla de sonido que hace resonar el entorno (Meier y Wegener, 2017). Los autores señalan que se logra mayor resonancia en el lector y la lectora a través de una escritura que da más espacio a lo afectivo y sensorial. De este modo se lograría además un mayor impacto de textos académicos en un público más amplio.
Varios autores se han puesto el objetivo de recuperar la escritura, evadiendo el régimen de escritura unidimensional y buscando modos más performativos (Jones, 2022; Pelias, 2005) que a la vez logran transmitir resultados de investigación con más cercanía al público (Agger, 2007). Un ejemplo más reciente de escritura performativa se encuentra en el trabajo de Simbürger (2025), una puesta en escena narrativa de los resultados de análisis de 35 entrevistas cualitativas con académicos a través de un relato ficticio de un paseo de académicos al bosque y los diálogos que surgen entre ellos sobre la escritura.
En contra del discurso hegemónico de conceptualizar el trabajo académico como una actividad plenamente racional, gracias al giro afectivo en la teoría social, encontramos hoy tendencias que consideran el trabajo académico también en su aspecto afectivo, que tiene facetas materiales, afectivas y sensoriales (Badley, 2015). Según Dide van Eck et al. (2021), se pueden lograr experiencias creativas si permitimos que las facetas sensoriales y afectivas de un tema de investigación permeen la forma de escribir con otros registros de lenguaje, logrando así resultados de investigación que logren visibilizar facetas empíricas que permanecen escondidas en las formas tradicionales de escritura. La dimensión afectiva de la escritura —en conexión intrínseca con el argumento intelectual de la investigación— demuestra además la necesidad de romper el orden masculino en la academia y la creencia en un lenguaje técnico y supuestamente objetivo (van Eck et al., 2021).
Académicos pueden aprender mucho de escritores creativos (Antoniou y Moriarty, 2008) y no significa menos rigor académico si se juntan un estilo académico con una forma más creativa de escritura (Yoo, 2017). Otros hablan de la necesidad de una escritura postacadémica (Badley, 2019) que sea menos técnica y más humana y que tenga otro tune (Dane, 2011), otro ritmo. Particularmente, la autoetnografía (Bochner y Ellis, 2016, 2002) y la metodología feminista demuestran más afinidad hacia el uso de lo poético como método de investigación o herramienta de expresión (Faulkner, 2019; Lim, 2019).
En América Latina, el trabajo de Gilda Waldman (Trejo y Waldman, 2018) ha sido importante para entender la relación intrínseca de la sociología y la literatura desde sus orígenes. Además, Alberto Trejo y Gilda Waldman (2018) se han propuesto caminos más creativos que toman inspiración en la literatura y las artes y así logran más escucha (Simbürger, 2025; Trejo y Waldman, 2018).
A partir de distintos textos desde la literatura, filosofía y sociología, pudimos ilustrar la importancia de la relación epistemológica entre idea, forma y sonido en la escritura académica. Tal como dijo Valéry, las ideas tienen requisitos sonoros y estéticos. Por lo tanto, nuestras decisiones acerca de un formato elegido de escritura deben surgir desde una reflexión estética sobre la coherencia entre idea, forma y sonido. Podemos concluir que la reflexión sobre la relación entre escritura, música y sonoridad debe ser un paso imprescindible de cualquier actividad de escritura académica. Sin embargo, sorprende la ausencia de este debate en educación superior y, por ende, la falta de consideración del argumento de Valéry acerca de la relación entre formato y contenido.
El problema de fondo de la escritura académica y, por ende, de su dimensión sonora es que en la academia no se habla nunca sobre la relación esencial entre forma e idea. Solo se habla sobre un formato: el artículo indexado. Los esquemas de valoración de los formatos de escritura académica en las políticas de conocimiento en las universidades contemporáneas casi no permiten ninguna desviación del artículo indexado. Las políticas de conocimiento acerca de la escritura académica en la educación superior chilena son, para parafrasear a Henri Lefebvre, el origen del problema de la arritmia en la academia chilena y de su sobreaceleración. No hay incentivos para publicar más allá de los formatos de la escritura funcionaria (Simbürger, 2024) y la escritura creativa se traslada al tiempo libre, lo que intensifica la situación de autoexplotación académica. De este modo, la relación intrínseca entre idea y formato se osifica en la fijación en el artículo indexado.
Las universidades requieren de políticas de conocimiento que ponen la resonancia y la escucha de vuelta a la agenda. Necesitamos un manifiesto en favor del sonido y de la escucha en la escritura. Hace 50 años Roland Barthes ubicaba uno de los grandes problemas de la comunicación de la ciencia en su lenguaje, que reclama superioridad absoluta y está marcado por una pérdida del placer, muy en contraste con el lenguaje de la literatura (Barthes, 2008). Carol Kiriakos y Janne Tienari (2018) conceptualizan la escritura académica como amor, es decir, como una acción afectiva de todos los días. Sin embargo, en la universidad performativa, la ansiedad de producir ha reemplazado el deseo y placer de escribir —elementos intrínsecos de la investigación (Heron et al., 2021)—. La presión de publicar constantemente actúa en contra de la posibilidad de encontrar placer en la escritura (Bright, 2017) la cual se percibe cada vez más frustrante (Sword et al., 2018), resultando en un cuestionamiento de la vocación inicial.
Es por eso por lo que necesitamos políticas de conocimiento en educación superior que permitan la escritura en otro ritmo sonoro en el texto y en otro ritmo laboral. Un ritmo fuera de la producción de salchichas de la fábrica. En referencia al trabajo creativo de arquitectos y artistas y a la creciente proyectificación que viven ambas profesiones, Carla Pinochet habla de la necesidad del ocio, pues la creatividad requiere de un tiempo y de una atención especial (Pinochet y Muñoz, 2022; Pinochet y Peliowski, 2022). El concepto del ocio también es una dimensión que se debe introducir en el plano del trabajo académico y en particular en sus partes más creativas, la escritura. Pues solo cuando hay un tiempo fuera del ritmo de la máquina, se puede pensar en una escritura que diverge de la tinta WOS. Para poder lograr resonancia en el mundo más amplio a través de nuestras publicaciones académicas, tenemos que tomar en serio las dimensiones sonoras de la escritura y las arritmias en las condiciones laborales en la academia.
Esta investigación fue financiada por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) a través del Proyecto Fondecyt Regular 1230921.