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El progresivo envejecimiento de la población modifica la estructura de edades de los países, aumentando la proporción de personas mayores a nivel mundial. Latinoamérica y el Caribe han experimentado un incremento significativo en la proporción de personas mayores de 60 años, pasando de 5,2 % en 1950 a 13,4 % en el 2022; proyectándose un 16,5 % para el año 2030 (CEPAL, 2022), lo que introduce la necesidad de preguntarnos por las formas en que este grupo experimenta la vejez en distintos contextos y participa de la sociedad. Chile presenta una de las etapas de envejecimiento más avanzadas de Latinoamérica y el Caribe (CEPAL, 2022).
El envejecimiento es heterogéneo tanto en su dimensión poblacional, sociodemográfica y subjetiva. Las diferencias son significativas entre países y territorios, así como también entre distintos grupos sociales, como los pueblos indígenas y las personas con discapacidad (Raymond et al., 2023). En términos de género, las encuestas nacionales de Chile dan cuenta de importantes diferencias: un 56,6 % del grupo mayor de 60 años son mujeres, y un 43,4 % son hombres, diferencia que se acentúa a medida que avanza la edad. Asimismo, la CEPAL (2022) enfatiza que cada país latinoamericano presenta importantes niveles de desigualdad territorial en la vejez, que varían según las características históricas propias. Chile destaca por presentar un avanzado proceso de urbanización dentro de la región, que se caracteriza por una migración selectiva de personas de edad adulta hacia las ciudades, de manera que se concentra particularmente una alta proporción de personas mayores en zonas rurales, siendo más avanzado el envejecimiento poblacional rural en el país (CEPAL, 2022). A su vez, el envejecimiento en dichos territorios presenta mayores desventajas sociales y económicas debido a las marcadas dificultades de acceso a servicios básicos y medios de transporte, situación que podría dificultar la participación social, sobre todo en casos de presentar situaciones de discapacidad (CEPAL, 2022; Huenchuan, 2018).
Pensar los procesos de envejecimiento en su diversidad territorial exige retomar una comprensión crítica del territorio, centrada en las relaciones sociales y de poder en que este se inscribe (Altschuler, 2013). En definitiva, una conceptualización de territorio que, lejos de entenderlo como un elemento externo y estático, se reconozca como «producción social y política» (Raffestin, 1980/1993), y por tanto atravesada por acciones y estructuras tanto materiales como simbólicas (Altschuler, 2013).
El presente estudio se sitúa en la Región de Los Lagos, territorio al sur de Chile que, según indicadores de las encuestas nacionales, concentra un alto porcentaje de ruralidad (26,4 %) comparado con el promedio nacional (12,2 %) (INE, 2017b).
La proporción de personas mayores de 65 años en el territorio de Los Lagos es de 13,5 %, y el 56 % son mujeres. El porcentaje de personas mayores en esta región que participan de agrupaciones sociales es de 38,5 %, predominando entre las organizaciones aquellas de carácter territorial, religioso y agrupaciones de adulto mayor (INE, 2017a). Sin embargo, más allá de los datos señalados, resulta importante indagar en experiencias particulares y diversas de envejecimiento en estos territorios, caracterizando a nivel cualitativo sus condiciones de vejez y participación social.
Existen diversas experiencias de exclusión y discriminación que limitan la participación de la población mayor debido a factores socioeconómicos, culturales, funcionales, u otros (Cann y Dean, 2009). Entre estos factores destacan los estereotipos negativos y la falta de reconocimiento que suele asociarse a la vejez (Ministerio de Desarrollo Social de Uruguay [MIDES], 2019). En el caso de las desigualdades de género, si bien las mujeres mayores experimentan discriminaciones sociales agudizadas a razón de su desvalorización por edad y género (Farah et al., 2012), son ellas también quienes más participan de organizaciones sociales durante la vejez. Encuestas nacionales han documentado que los motivos más comunes de exclusión en la participación social son: la edad, el nivel socioeconómico y la condición de discapacidad (INE, 2017a).
La participación social, entendida como el involucramiento en actividades comunitarias, políticas, culturales o económicas, ha sido reconocida como un factor clave para el bienestar en la vejez (World Health Organization [WHO], 2002); pero esta concepción ha sido cuestionada por enfoques críticos que advierten de su sesgo normativo y excluyente (Estes et al., 2003; Katz, 2001). Para este trabajo antropológico, la participación no puede pensarse de forma neutral ni universal, sino que está atravesada por relaciones de poder vinculadas al género, la etnicidad, la edad, la discapacidad, la clase, el territorio, entre otros. Así, las experiencias de participación de personas mayores deben comprenderse desde sus prácticas cotidianas diversas, sus saberes situados y sus trayectorias históricas, muchas veces invisibilizadas por los enfoques institucionales.
En este artículo nos concentramos en experiencias de vejez y participación social que se vivencian en territorios de la Región de Los Lagos en Chile, enfatizando en la especificidad de dos grupos: personas mayores con discapacidad y pertenecientes a pueblos originarios. Resulta significativo estudiar cómo la edad y el territorio se cruzan con otras categorías de diferenciación interseccional en la vivencia de la vejez y la participación en la sociedad. A continuación, profundizaremos en el cruce del envejecimiento con la discapacidad y con los pueblos originarios, enfatizando las condiciones que afectan su inclusión social.
A medida que aumenta la edad, existen mayores probabilidades de experimentar algún tipo de discapacidad (Santillán et al., 2016), y este es uno de los principales factores de exclusión social (INE, 2017a). En Chile, según datos de la última Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2023) un 32,6 % de los mayores de 60 años viven con algún tipo de discapacidad, y un 22,2 % presentan algún grado de dependencia (5,5 %, leve; 8,7 %, moderada; 8,0 %, severa). La población mayor con discapacidad es diversa en cuanto al nivel de dependencia funcional1, y también en su cruce con otras categorías sociales. La misma encuesta muestra una mayor prevalencia de discapacidad en mujeres que en hombres, y también en mayor proporción en la medida en que disminuye el estrato socioeconómico (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2023). En la población mayor es donde más se evidencia la estrecha relación entre contexto económico y de discapacidad, viéndose mayormente afectada por las desigualdades estructurales asociadas a ambas.
De acuerdo con Émilie Raymond et al. (2023), la discapacidad ha sido abordada con frecuencia desde una perspectiva individualizadora, entendiéndose como una condición de la persona. Lejos de ello, el presente trabajo se enmarca en una lectura más integral propuesta por un modelo social de la discapacidad (Barnes, 2012), reconociendo cómo las condiciones del entorno dialogan con la diversidad funcional generando, a nivel estructural, barreras u oportunidades de participación social.
En gran parte de la literatura sobre vejez y discapacidad es posible reconocer la construcción de una imagen de las personas mayores con discapacidad a partir de la vulnerabilidad, la improductividad, la dependencia económica y de cuidados, deviniendo en un estereotipo de «carga» y un bajo estatus social de este grupo, en el cual se intersectan notoriamente los imaginarios sobre la discapacidad con las estructuras de poder según la edad. Dichos estatus se ven necesariamente atravesados por factores socioeconómicos, territoriales, niveles educativos, relaciones de género, acceso a cuidados y a servicios de salud, entre otras cuestiones que generan diferencias y desigualdades sociales. Así, si bien los imaginarios y barreras construidas en torno a las personas mayores con discapacidad pueden impactar significativamente en sus experiencias de participación en la sociedad (Albala et al., 2011; Fuentes-García et al., 2013; Raymond et al., 2023; Rodrigues et al., 2015; Velásquez et al., 2011), resulta fundamental acercarse a estas experiencias desde un marco crítico que enfatice en la diversidad, tanto a nivel subjetivo como estructural, reconociendo cómo dialogan esas experiencias con las diferentes estructuras de poder.
Los procesos de dominación y exclusión asociados a la colonización y colonialismo han ido consolidando estructuras de poder y desigualdad que sitúan a los pueblos originarios como grupos minorizados, reproduciendo lógicas de discriminación e injusticia social (Bello y Rangel, 2002). Entre las expresiones de esta estructura de exclusión destacan los problemas de participación social y representación política, que muchas veces se han convertido en demandas importantes, y también la degradación de los territorios a manos de proyectos de desarrollo estatal, lo que ha derivado en desplazamientos forzados, pobreza y conflictos (Bello y Rangel, 2002). Cabe destacar que este factor afecta sobre todo a las mujeres, cuyo papel suele destacar en el manejo de los recursos naturales, tanto en comunidades rurales como pueblos originarios (Bello y Rangel, 2002).
En Chile, para el año 2017, un 10,6 % de la población mayor se consideraba perteneciente a algún pueblo, mayoritariamente al pueblo Mapuche (Rojas et al., 2022). Esta proporción es casi el doble si nos referimos solo a la Región de Los Lagos (19,5 %), lo que se condice con la mayor concentración de población indígena en zonas rurales, que se da en la mayor parte de la región latinoamericana (CEPAL, 2022).
Una revisión sobre estudios en torno a la diversidad en la vejez (Raymond et al., 2023) muestra distintos esfuerzos por visibilizar la importancia de considerar la pertenencia étnica o cultural de las personas para entender sus trayectorias de envejecimiento, así como también los diferentes roles que desempeñan en sus comunidades. En ese sentido, se ha destacado la importancia de las personas mayores en los roles de transmisión y preservación de tradiciones y saberes en las comunidades (García et al., 2020; SENAMA, 2015), así como también se ha puesto acento en la variación de estos roles y estatus según el género (Aguiar y Díaz, 2017). Varios estudios han abordado el impacto que han tenido, en ese contexto, las transformaciones sociohistóricas y generacionales asociadas a la modernización, en la posición social de las personas mayores en sus comunidades (Hernández et al., 2017; SENAMA, 2015; Waters y Gallegos, 2014).
Estudios de Lorena Gallardo-Peralta et al. (2023) indican que los cambios en la composición familiar y del hogar, así como también las inequidades estructurales que afectan a los pueblos originarios, son elementos claves al momento de observar las dinámicas relacionales de las personas mayores. Elementos como la discriminación, la estereotipación, los conflictos con el Estado de Chile, el despoblamiento de las áreas rurales y la dificultad de mantener sus prácticas culturales afectan la participación de las personas mayores (Carrasco y González, 2014; Gallardo-Peralta et al., 2023). El estudio citado enfatiza la necesidad de reconocer cómo inciden en ello las diferencias de género, educacionales, entre otras.
La apuesta investigativa y analítica se sustenta en una mirada antropológica, vale decir, que prioriza aquellos aspectos socioculturales para el estudio de la diversidad en la experiencia de envejecer. Se trabajó con un enfoque interseccional y biográfico. El enfoque interseccional es una «perspectiva teórica y metodológica que busca dar cuenta de la percepción cruzada o imbricada de las relaciones de poder» (Viveros, 2016, p. 2). Rechazando una jerarquización de los grandes ejes de diferenciación social como el género, la edad, la etnicidad o la discapacidad (Warner y Brown, 2011), el enfoque interseccional trata de entender cómo las dinámicas sociales interactúan y operan simultáneamente para producir y reproducir las desigualdades. Esta perspectiva teórica permite la comprensión de los discursos y dispositivos sociales que penetran las trayectorias de envejecimiento y participación social de personas cuyas circunstancias e identidad no corresponden a los modelos hegemónicos de envejecimiento (hombre-jubilado-urbano) (Huenchuan, 1998), y cuyas experiencias se van cristalizando con elementos particulares, con un fuerte arraigo sociocultural y de socialización. Desde esta mirada, se visibilizan las experiencias de opresión y dominación de grupos marginados, así como también su capacidad de agencia (Ferrer et al., 2017).
La perspectiva biográfica (Moyano Dávila y Ortiz Ruiz, 2016; Rubilar, 2017) del proceso de envejecimiento permite un abordaje diacrónico y dinámico de la diversidad en la vejez. En esta investigación ha permitido esbozar las trayectorias respecto del envejecimiento y la participación social, a través de la labor interpretativa y de análisis de las investigadoras, logrando que la narración o la historia oralmente contada por los y las participantes finalmente —en los resultados— constituya un texto, un relato etnográfico de trayectoria donde se entreteje la experiencia de campo de las investigadoras con la experiencia biográfica de las personas mayores entrevistadas. En este ejercicio interpretativo y de construcción de relato etnográfico se encuentra también la mirada antropológica que caracteriza al estudio.
El presente trabajo se enmarca en una investigación de carácter cualitativo, que se llevó a cabo entre los años 2020 y 2023. El contenido de este artículo reúne resultados del trabajo de campo que se realizó en la zona sur de Chile, específicamente en la Región de Los Lagos. El objetivo es caracterizar las experiencias de envejecimiento y participación social de personas mayores con énfasis en la diversidad territorial de la Región de Los Lagos. Específicamente, se abordan las experiencias de personas mayores con discapacidad y pertenecientes a pueblos originarios, además de sus cruces interseccionales con otras categorías de diferenciación social.
Durante tres semanas consecutivas, se desarrolló observación etnográfica en los diversos territorios y en los contextos cotidianos de las personas mayores, lo cual fue registrado a través de notas de campo y fotografías. Además, se realizaron entrevistas en profundidad desde una perspectiva biográfica (Moyano Dávila y Ortiz Ruiz, 2016; Rubilar, 2017), puesto que estas permiten explorar una situación desde el punto de vista de quienes la vivencian, diversificando las voces para dar cuenta de cómo se anticipan, viven y aprecian las experiencias humanas (Rubin y Rubin, 1995/2005), en distintas posiciones sociales (Grenier, 2012). Las principales dimensiones desarrolladas en estas entrevistas fueron (1) trayectoria biográfica en el territorio, (2) formas de participación a lo largo de la vida, y (3) experiencias específicas de la vejez.
Durante las primeras visitas se realizó una conversación informal donde se explicaron los objetivos de este trabajo, invitando a las personas a participar y aclarando sus dudas. En el caso de las personas pertenecientes a pueblos originarios, se contó con el acompañamiento de una líder comunitaria; y para los casos de personas con discapacidad, en todo momento estuvieron acompañadas de su cuidador/a principal. En esta instancia se leyó en conjunto el documento de consentimiento informado, donde se enfatizó en los criterios de confidencialidad, anonimato y voluntariedad de la participación. Tanto las entrevistas como las conversaciones informales fueron grabadas en audio, con el previo consentimiento de las personas.
Para definir la muestra, se llevó a cabo una selección muestral intencional no probabilística (Otzen y Manterola, 2017), la cual privilegia, entre otros criterios, que las/los participantes tengan características sociodemográficas relevantes e ilustrativas acerca del problema de investigación. Las personas incluidas en el estudio fueron personas mayores que son participantes de programas locales dirigidos a personas con discapacidad, o bien que se autodefinen como pertenecientes a algún pueblo originario, los cuales fueron considerados como criterios de inclusión, además de vivir en la Región de Los Lagos. Se buscó propiciar la diversidad territorial por medio de la inclusión de habitantes de zonas rurales, urbanas, continentales e insulares. Las personas entrevistadas fueron contactadas principalmente a través de la técnica de bola de nieve, por medio de contactos claves que se tenían en la región. Como criterio de exclusión, se definió el tener alguna discapacidad cognitiva o que afectara al desarrollo del habla, así como el estar institucionalizado/a.
El grupo de personas que participaron en esta investigación estuvo compuesto por ocho personas de 56 a 84 años. Si bien al principio se consideraba la participación de personas mayores de 60 años, durante el trabajo de campo se decidió incluir a una mujer de 56 años con discapacidad que, junto a su pareja de 66 años, se interesaron en participar. Desde un enfoque interseccional y de la antropología del envejecimiento, se consideró que este no es un proceso uniforme definido solo cronológicamente, sino que se cruza con dimensiones como la discapacidad, el género, las relaciones de cuidado y el territorio (Crenshaw, 1991).
Si bien el género no se incluyó como criterio muestral y la mayoría de las entrevistadas fueron mujeres, sí se analizó como categoría de diferenciación social a lo largo de los resultados. Los territorios de las/os participantes fueron diversas localidades del sur de Chile: Puerto Varas (territorio continental y urbano), Río Negro (territorio continental y urbano-rural), Castro (territorio insular y urbano), Curaco de Velez (territorio insular y rural), e Isla Quehui (territorio insular y rural)2. Para el proceso de análisis, se construyeron relatos etnográficos de las experiencias de vida de las personas participantes, los cuales son relatos descriptivos basados en las notas de observación registradas en los cuadernos de campo, y las transcripciones de las entrevistas (Guber, 2013). Siguiendo un diálogo con los conceptos teóricos del enfoque interseccional, se trabajó con los elementos de diferenciación que emergieron de los relatos, enfatizando en los contextos particulares de cada experiencia, así como su incidencia en la participación social.
Los relatos etnográficos que se presentan en los resultados permiten la comprensión de las experiencias biográficas de sus protagonistas, en un ejercicio de diálogo constante con la experiencia etnográfica de las propias investigadoras. Por lo tanto, se hace necesario dar contexto narrativo a dicha experiencia de campo a través de la descripción de los diversos territorios donde se trabajó.
La región de Los Lagos se divide en cuatro provincias, tres de las cuales fueron abordadas en este trabajo. En primer lugar, la Isla Grande de Chiloé, donde se visitó Castro, la Isla de Quinchao-Curaco de Vélez y la Isla Quehui. La segunda provincia fue Llanquihue, donde se visitaron las ciudades de Puerto Varas y Puerto Montt. Por último, nos adentramos en la provincia de Osorno, específicamente en la localidad de Río Negro.
El trabajo en la provincia de Chiloé estuvo marcado por su carácter insular, y se extendió por territorios rurales y urbanos, como también por las pequeñas islas. Iniciamos nuestra etnografía un despejado día en Castro, capital de la provincia que concentra alrededor de un 26 % de la población chilota (INE, 2017b). Esta fue una ciudad que articuló nuestro trabajo en el Archipiélago, pues fue un punto de inicio y a la vez de constante retorno, evidenciándose una interrelación y dependencia de lo rural con lo urbano, en términos territoriales y administrativos.
Castro fue también nuestro punto de salida hacia la Isla Quehui, ubicada a dos horas en lancha. En este territorio de aproximadamente 28 kilómetros cuadrados habitan alrededor de 700 personas (INE, 2019). Desde el recorrido en lancha junto a los habitantes de la isla que retornaban con productos que solo se podían conseguir en Castro (ver figura 1). Los días transcurrieron entre visitas domésticas, conversaciones cotidianas y entrevistas con sus habitantes, principalmente mujeres mayores mapuche-huilliche.
Al regreso a Castro, la ciudad volvió a situarse como punto de partida para cruzar (en un transbordador que pasa varias veces al día) a la Isla de Quinchao, una de las islas más grandes del archipiélago, con 12 000 habitantes (INE, 2019). En Curaco de Vélez, nuestros/as entrevistados/as nos hablaron de sus experiencias de envejecer en pareja y de afrontar la discapacidad del cónyuge en estas localidades rurales, donde las viviendas e instalaciones se encuentran más dispersas entre sí, concentrándose la vida cotidiana alrededor del hogar (ver figura 2).
El trabajo de campo siguió su curso a través del canal de Chacao hasta el territorio continental. Allí, las carreteras nos guiaron hacia los núcleos urbanos de la provincia de Llanquihue. El contraste urbano-rural vuelve a tomar protagonismo en nuestra observación. En esta provincia no hay solo un gran centro, sino varios, y se aprecia el escenario rural que se presenta en pequeñas localidades a las afueras de ciudades como Puerto Montt y Puerto Varas.
Por último, llegamos a la provincia de Osorno, localidad de Río Negro, donde se ven extensos prados y muchas vacas. Por lo despejado del día, el contraste de ese verde y el azul del cielo inundan el paisaje. Grandes extensiones de tierra se dejan ver desde la carretera. Nos alejamos del pequeño centro urbano para conocer sus alrededores, donde habitan familias y comunidades huilliches.
Habiendo introducido en el apartado anterior la experiencia etnográfica en los territorios del sur de Chile, a continuación, se presentan seis relatos que dan cuenta de diversas experiencias de envejecimiento y trayectorias biográficas. En dichos relatos se busca establecer un diálogo dinámico entre esas experiencias, los territorios, las condiciones de participación social y la pertenencia a pueblos originarios o situaciones de discapacidad, según corresponda a cada caso.
A sus 71 años Marta es dirigente mapuche, presidenta de su comunidad; recuerda con orgullo sus inicios en la vida política. Le gusta conversar, característica que la asocia a su identidad mapuche; incluso llega a afirmar que «la salud de nosotros es de conversar, de trabajar» (Marta, entrevista personal, enero de 2022). La participación social ha sido el eje articulador de su biografía y proceso de envejecer:
Desde los 14 años que fui dirigente, dirigente de las juventudes, me metí en partidos políticos (…) cuando estaba recién casada, fui presidenta de talleres laborales, después me vine para acá y presidenta de la comunidad indígena y era una comunidad muy numerosa… Después ya me retiré (…) ahora formando organizaciones indígenas, una asociación indígena donde venimos de distintos sectores (Marta, entrevista personal, enero de 2022)
Por lo mismo, la identidad social e individual de Marta está en su ser mujer-indígena, más que en su condición etaria. Se siente socialmente respetada por ser una mujer indígena; no así una mujer mayor. Desde su experiencia y punto de vista, ser mayor no es algo deseado; reconoce sabiduría e historia en las personas mayores, sin embargo, que a ella la identifiquen como mayor es algo que niega: «le he dicho a mis nietos que si ustedes me dicen así es porque me quieren, pero si me dicen abuela es porque ya no me necesitan, es una vieja desechada» (Marta, entrevista personal, enero de 2022). Si bien reconoce que hay diferentes formas de envejecer, cree que las personas envejecidas no sirven a los ojos de las generaciones más jóvenes. En este sentido marca una diferencia en la experiencia del envejecer de antes, identifica al territorio y la vida en el campo como relevantes para un buen envejecer, para un envejecer sin enfermedad y sin soledad: «para el que es campesino mapuche, la ciudad no es su ambiente, entonces ahí se enferman» (Marta, entrevista personal, enero de 2022).
Marta asocia el respeto que le tienen y sus logros actuales a su condición de liderazgo indígena más que a su condición de mujer mayor. Identifica en su participación social prácticas de resistencia que han ido articulando su curso de vida, sobre todo en lo relativo al reconocimiento del pueblo huilliche por el Estado. Es su participación como dirigenta mapuche lo que la posiciona y visibiliza socialmente: «Nunca me he sentido marginada, ni siquiera por ser mapuche… tampoco permito que me pasen a faltar el respeto» (Marta, entrevista personal, enero de 2022). Tampoco se siente una persona mayor todavía, ni quiere serlo: «no siento que he envejecido, ni me lo he soñado, no me imagino cómo irá a ser» (Marta, entrevista personal, enero de 2022).
Al llegar a la comuna de Castro conocimos a Silvia, quien nos cuenta que su apellido materno significa «espíritu del antepasado» y el paterno, «garra de puma». Ella es una mujer huilliche de 68 años, que vive en la parte alta de la ciudad. Junto a su marido, son pensionados con un beneficio de ingreso mínimo del Estado, definido durante la política transicional de los años 90 en la postdictadura chilena. A pesar de que nunca fue a la escuela, enseña mapudungún (lengua mapuche) reforzando la identidad étnica en los más jóvenes: «No tengan vergüenza aquí de Chiloé, de decir lo que son, porque nuestros apellidos indígenas son súper bonitos, todo tiene un significado, lo que no tienen otros apellidos… el hecho de uno ser indígena, orgullosa de dónde vengo, quién soy» (Silvia, entrevista personal, enero de 2022). Para ella la escuela ha sido la vida, su trayectoria biográfica: «esa es la escuela más importante creo yo, de la vida» (Entrada de diario de campo, enero de 2022).
Su ascendencia mapuche-huilliche, su rol en la comunidad como mujer maestra ceremonial (de paz) de Chiloé, se articulan en su experiencia de envejecer, cada vez que realiza la ceremonia al lafken (mar) y a la mapu ñuke (madre tierra) y en su relación con otras generaciones y con la comunidad en su conjunto. La socialización temprana en las costumbres de su cultura la hace reflexionar sobre el buen envejecer:
A nosotros, desde niños, siempre nos enseñaron a, sobre todo la comida era muy importante, la comida, para nosotros, comer sano, dónde íbamos a buscarla. Y eso yo creo que también nos ha ayudado, hasta los días de hoy, tener conciencia, poder recordar. Entonces, eso también, y el aprendizaje de los abuelos. (Silvia, entrevista personal, enero de 2022)
Destaca sus actividades cotidianas y su independencia como mujer mayor:
Voy a hacer mis compras, todas esas cosas las hago yo, no quiero que la haga el otro, para que yo también tenga un espacio para salir… y lo que más me gusta es ir arriba con las abuelas y voy a la playa, a veces cantamos. (Silvia, entrevista personal, enero de 2022)
Se reconoce políticamente muy activa y comprometida con las transformaciones y movimientos sociales. Por lo que la participación social ha sido un elemento articulador en la vida y proceso de envejecimiento de Silvia: «uno va a entregar un poco y también a aprender de todas nosotras; cada una tiene una historia en que podemos vivirla bonita, bien, compartir nuestra historia, no quedarnos» (Silvia, entrevista personal, enero de 2022). Dicha participación se intersecciona con su ser mujer huilliche: «usté tiene que entrar aquí principalmente como representante del tema indígena» (Entrada de diario de campo, enero de 2022), le dijeron en la organización de personas mayores en la que participa.
Desde su posición de mujer-mayor-indígena, Silvia reconoce en el territorio no solo un espacio físico y natural, sino que, ante todo, un espacio de interacción comunitaria; marcando una diferencia con otros pueblos o ciudades del país:
Aquí en Chiloé yo creo que somos privilegiados pa’ vivir todavía. Uno siempre tiene; la gente es más cariñosa, es más conversadora, si tienes algún problema te lo tratan de solucionar… hay una solidaridad tremenda, lo que no pasa, por ejemplo, en el norte, en Santiago, que todos los días esas balaceras, esa matanza, esas cosas, lo que aquí no es así… entonces eso tiene que rescatarse entre todos aquí, cuidarnos entre todos, conversar, dialogar siempre, pienso yo que así hay que ser frente a los días, tantos años viviendo aquí. (Silvia, entrevista personal, enero de 2022).
La experiencia de la vejez puede tener una doble cara. Por un lado, «las personas mayores más antiguas son más corajúas, ellas van y reclaman su lugar, claro que eso también es muy importante» (Silvia, entrevista personal, enero de 2022). Y, por otro lado, «Pero sí hay muchas personas que están solas ya, están muy solas, sí. Que pueden estar con acompañamiento, pero no» (Silvia, entrevista personal, enero de 2022). A ella le cuesta concebir la vejez en soledad o institucionalizada. Para ella, la experiencia de vivir la vejez es una experiencia de solidaridad intergeneracional y de reciprocidad entre generaciones:
Yo digo, cuando los hijos pueden, tienen que (apoyar a los mayores) como las madres, nosotros entregamos todo, les dimos cariños, todo lo que pudimos a nuestros hijos, qué triste sería, por ejemplo, para mí, que algún día mi hijo me diga y me vaya a dejar [institucionalizada]. (Silvia, entrevista personal, enero de 2022)
Aquí vuelve a tomar relevancia el entorno familiar, comunitario y territorial de la trayectoria biográfica: «Ese adulto mayor va a morir más pronto de pena, de todo, creo yo, por el hecho de sacarlo de su hábitat, de su casa, de su vida, junto a sus hijos, sus seres queridos» (Silvia, entrevista personal, enero de 2022).
Ahí mismo en territorio chilote, en una de las islas visitamos a Rosa, mujer mayor de 84 años, perteneciente a una de las cinco comunidades huilliche de la Isla Quehui. Al cumplir 65 años, comenzó a recibir la pensión básica solidaria que da el Estado a aquellas personas que no cotizaron en el sistema de seguridad social ni tuvieron un trabajo formal a lo largo de sus vidas. Recuerda su juventud mariscando y sembrando, siendo madre joven, intentando sobrevivir al abandono y abuso familiar en esa época. Por lo mismo, describe su vejez como una experiencia tranquila y alejada de ese sufrimiento. Ahora vive sola, se dedica a tejer como le enseñara una señora de la localidad, además de cultivar y cuidar sus animales. Varios familiares, hasta sus propios hijos, emigraron a trabajar a otras ciudades; ella no quiere salir de la isla, a pesar de que reconoce las dificultades que la sequía y escasez de agua traen para la vida en el campo. Recibe ayuda de sus vecinos a quienes conoce, por lo que el migrar en este momento de su vida no es una posibilidad para ella: «No voy a ir, porque, por mis animales, ¿quién va a venir, qué persona? no vaya a ser que no le vaya a dar agua a mis animales… tengo que sacar mis ajos, mis papas» (Rosa, entrevista personal, enero de 2022).
A lo largo de su vida, Rosa participa socialmente desde su actividad laboral. En la vejez, dicha participación se esboza desde lo local y comunitario, como perteneciente a una de las cuatro comunidades huilliches de la isla, sin un liderazgo, pero sí en su condición de mujer mayor. Se vincula a lo social desde el centro de salud e interacciones con sus vecinos, también mayores. Se integra socialmente como usuaria del Programa de Salud Rural, donde recibe acompañamiento en salud, a la vez que el pago de subsidios y la pensión.
Rodrigo (66) y María (56) también viven en la Isla Quehui. Hace 30 años se conocieron en Punta Arenas y se casaron. Cuentan que, en esa época, muchas personas de la isla emigraban por temporadas hacia el continente buscando trabajo asalariado.
«Acá es bueno, porque hay mucha tranquilidad, pero siempre hay que trabajar pa’ poder comer. Hay que trabajar la siembra y tener animales, pa’ poder vivir» (Rodrigo, entrevista personal, enero de 2022). Si bien valoran la tranquilidad y seguridad que proporciona la vida rural, relatan los desafíos que plantea el territorio en el día a día. Uno de los temas que genera mayor inquietud es la dificultad para tratar y cuidar la salud de María, quien debe recibir un tratamiento de diálisis que le exige viajar a la ciudad de Castro. Así, la pareja debe tomar la lancha de las 7: 00 am hacia Castro, para asistir a un tratamiento de 4 horas, tras el cual regresan a la isla.
María presenta también una discapacidad física producto de la diabetes, que hoy condiciona su movilidad, y que nos hace pensar en la mayor prevalencia de la discapacidad en mujeres mayores que en hombres, y en estratos socioeconómicos más bajos (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2023). El territorio es también un factor fundamental, en tanto que las características meteorológicas variables que rodean la isla hacen del acceso a los servicios médicos una complicada travesía semanal para la pareja:
No, y cuando el puerto está cerrao’, yo lo he llevao’ mal porque si no le hacen la diálisis mañana, porque mañana le toca diálisis, y ahí hasta el lunes, a los pulmones les llega líquido y ahí ella no puede ni caminar. (Rodrigo, entrevista personal, enero de 2022)
A raíz de estas dificultades, la pareja se ha movilizado activamente para buscar soluciones de parte de las autoridades políticas. Rodrigo y María han tenido un rol social clave en la comunidad al convocar reuniones vecinales para dialogar en torno a estas problemáticas e impulsar espacios de conversación con la institucionalidad. A medida que pasa el tiempo la situación de discapacidad de María se complejiza con su mayor edad y con las dificultades del territorio, lo cual ha incentivado una mayor participación y activismo de la pareja en los problemas de la comunidad, sobre todo vinculados a la temática de salud. Reflexionan sobre la falta de apoyos institucionales y servicios básicos en la isla, y afirman decisivamente que es distinto envejecer en la Isla Grande de Chiloé o el territorio continental, «porque allá están los médicos al día, todos los que te puedan ayudar allá, te ayudan, está todo a mano y acá está muy alejado» (María, entrevista personal, enero de 2022).
Las necesidades económicas de la familia se ven tensionadas por la gran cantidad de viajes que deben realizar. La vida y sostenimiento de las personas mayores en la isla se ha vuelto más difícil a sus ojos: «La gente más antigua era otro sistema de vida, producía todo lo que sembraba la tierra y con eso comía en el año y tenían buenos precios las cosas, ahora no» (Rodrigo, entrevista personal, enero de 2022). Rodrigo, invirtiendo los patrones tradicionales de género, desempeña un rol de cuidador de su esposa. Conversando sobre las dificultades económicas que enfrentan, se queja de las restricciones etarias que existen para poder participar e incluirse en el mercado laboral: «A los viejos les cuesta mucho encontrar trabajo, no hay para ellos» (Rodrigo, entrevista personal, enero de 2022). Cuando el tiempo lo permite, él trabaja en la siembra, la pesca, la recolección de algas y mariscos, para venderlos en Castro. El resto del tiempo transcurre en el hogar, donde reciben las visitas de familiares y vecinos/as. En ese sentido, la mayor permanencia en el hogar a raíz de las dificultades de salud de María no es sinónimo de una falta de interacción con la comunidad, sino que ocurren en el espacio doméstico.
A diferencia de la Isla Quehui, la Isla Quinchao es una de las más grandes del archipiélago de Chiloé. En esta se encuentra la comuna de Curaco de Vélez, donde han vivido siempre Violeta y Pedro, una pareja de personas mayores con discapacidad física. Producto de las complicaciones de una diabetes, Pedro ha sufrido la pérdida de varios dedos de sus pies, además de un accidente cardiovascular reciente. Ambos eventos, sumado a una poliomielitis no tratada, hoy causan dificultades importantes para su movilidad. «Antes, en antiguo, como le decía la persona adulta, viejita, le decían el “corriente”, “corriente de mar”» (Pedro, entrevista personal en pareja, enero de 2022), cuenta él sobre la enfermedad que tuvo durante su infancia, y agrega que el tratamiento consistía en «hacerlo caminar nomás».
Su esposa Violeta padece una enfermedad degenerativa que ha ido afectando a sus huesos, de manera que también ha ido perdiendo movilidad. Hace años, viajó a la capital para recibir su diagnóstico, y desde entonces solo recibe un tratamiento paliativo para el dolor. La pareja reflexiona sobre lo distinto que es el envejecimiento según las diferentes historias de vida de las personas, enfatizando que ni ella ni su esposo pudieron terminar sus estudios y han desarrollado trabajos de alto desgaste físico, lo que puede haber incidido en sus condiciones actuales de salud.
Observando los cambios del territorio a lo largo de la historia, valoran que hoy exista mayor presencia de servicios educacionales y de salud en localidades rurales, así como también una mayor preocupación respecto a la vida de las personas mayores en la isla: «Claro, antes quedaba ahí nomás po, vive o muere y chao» (Violeta, entrevista personal en pareja, enero de 2022).
Violeta disfruta de participar activamente en diferentes instancias comunitarias como las agrupaciones de la iglesia, talleres recreativos, entre otros. El cotidiano de Pedro, en cambio, transcurre mayoritariamente en su casa. Mientras que Pedro no profundiza en las instancias sociales de las que posiblemente participa, Violeta reflexiona sobre los diferentes espacios donde ella participa, señalando que estos se componen en su mayoría de mujeres mayores: «Hombres no, son contados con los dedos de la mano» (Violeta, entrevista personal, enero de 2022), señala, y destaca los beneficios que tiene la participación para ella y su experiencia de envejecimiento. «Siempre me ha gustado participar, (…) Sí, porque ya la cabeza no está metida en la pura enfermedad» (Violeta, entrevista personal, enero de 2022). Esto nos lleva a pensar en el género como importante factor diferenciador de experiencias de participación social en la vejez, en tanto los espacios organizativos durante la vejez suelen estar bastante feminizados y las redes a las que se acceden suelen ser distintas entre hombres y mujeres, producto de los roles que tradicionalmente han desempeñado según las normas de género (Guzmán et al., 2003).
Si bien perciben que ha aumentado la preocupación por las personas mayores, consideran que aún falta trabajo para que aquellas con discapacidad puedan acceder a los espacios de participación, y que ello no dependa solamente de las redes personales de apoyo, mostrando que no solo el género, sino que el territorio y la edad se intersectan con las condiciones de participación social a las que pueden acceder personas con discapacidad: «Es más difícil pa’ uno po’, porque tiene que depender de otra persona… cuando salgo a la calle acá la gente me aprecia mucho, me ayuda (…) pero todos no tenemos esa facilidá’ que tuve yo» (Violeta, entrevista personal, enero de 2022). El relato de Violeta señala que
tiene interés en participar de instancias sociales y, pese a las dificultades que enfrenta, recibe apoyo de su comunidad vecinal, quienes cumplen un rol central para que ella pueda movilizarse y asistir. Sin embargo, también da cuenta de las limitaciones estructurales que existen, específicamente asociadas a la infraestructura y las calles de su pueblo que no son accesibles para todo el mundo.
La experiencia de Violeta y Pedro encarna el contraste entre «las islas de la Isla». Al conversar sobre las diferencias territoriales, comparan su experiencia con zonas más rurales y dispersas de la isla, sosteniendo que allí existiría más abandono y soledad debido al aislamiento y lejanía, pero al mismo tiempo, un mayor sentido comunitario y preocupación por las personas mayores.
Atravesando el canal de Chacao rumbo al territorio continental, los relatos se trasladan hacia la ciudad de Puerto Varas, provincia de Llanquihue, donde vive Ester junto a su hermana. Nos cuenta que, de sus 75 años de vida, alrededor de 57 han estado abocados a su trabajo como dirigenta en diferentes organizaciones políticas, culturales, religiosas y sociales, muchas de ellas vinculadas a los temas de vejez y discapacidad.
Nació con una displasia de cadera que nunca fue tratada, pues «en ese tiempo eran enfermedades que no se reconocían mucho» (Ester, entrevista personal, enero de 2022). Por las normas de género que atravesaron su contexto de niñez y juventud, Ester tuvo que apoyar en su casa y cuidar a sus hermanos/as, en vez de terminar la educación escolar secundaria. Durante varios años, trabajó como empleada doméstica en la capital hasta que, siendo adulta, decidió retomar sus estudios y realizar cursos de cocina, gestión comunitaria y liderazgo. Actualmente, además de presidir distintas organizaciones de personas mayores, organiza talleres artísticos para personas con discapacidad.
Dependiendo del día, Ester utiliza bastones, silla de ruedas o un burrito para caminar. A lo largo de su vida, las secuelas de su displasia de cadera han ido avanzando, provocando el tránsito desde una leve cojera hasta una relativa paraplejia, lo que la llevó hace unos años a pensionarse por discapacidad. En su relato podemos ver cómo su condición de discapacidad ha estado marcada por los trabajos realizados a lo largo de la vida, siendo el género y el contexto socioeconómico categorías significativas e interrelacionadas. Reflexiona sobre los problemas que ha tenido en el acceso a salud y a programas de apoyo psicosocial:
Cuando pasa una cosa así, nadie te lo hace cambiar y todo lo ves negro. Entonces, yo creo que también, si hubiera más herramientas, en el caso de la discapacidad… Aquí uno tiene que esperar cuánto tiempo para lograr un encuentro con un profesional. (Ester, entrevista personal, enero de 2022)
Al referirse a las personas mayores con discapacidad como grupo o colectivo, Ester comenta:
Nosotros seguimos siendo discriminados, hay un mundo de imposibilidades para nosotros con respecto a las barreras arquitectónicas, a la inclusión, a muchas cosas de lo que es la parte de la discapacidad y con el adulto mayor se ve lo mismo. (Ester, entrevista personal, enero de 2022)
El ejemplo de discriminación que destaca con mayor énfasis es el de los medios de transportes, en tanto cuenta sobre las largas esperas que debe enfrentar para poder tomar algún colectivo que vaya hacia el centro de la ciudad, pues «para ellos somos invisibles por viejo o por discapacitado, porque somos un poco más lentos en subirnos» (Ester, entrevista personal, enero de 2022), cuestión que desafía y limita sus posibilidades de movilización y participación en instancias sociales, pese a que ella sigue luchando contra ello en su día a día. Las categorías de vejez y discapacidad se cruzan con las diferencias territoriales, profundizando las desigualdades, que no solamente impactan en las posibilidades de participación social, sino en toda la vida cotidiana.
Otro de los temas que destaca es la discriminación laboral, tanto para las personas mayores como para aquellas con discapacidad: «No tenemos posibilidades de fuentes laborales, aunque nuestra cabeza a veces funciona mejor que la de los jóvenes, pero ahí estamos, ocultos, invisibles» (Ester, entrevista personal, enero de 2022).
Ester rescata el apoyo que surge desde diferentes organizaciones, y reconoce que ha crecido el interés de parte de las instituciones por trabajar en torno a las necesidades de las personas mayores, afirmando que han sido tomados más en cuenta. Sin embargo, manifiesta su preocupación particular por aquellas que se encuentran postradas, dejando entrever la heterogeneidad de contextos de discapacidad.
Concluyendo la tarde, sentadas en una gran mesa donde Ester realiza sus reuniones, reflexiona que «aquí todas las cosas se arreglan en el centro, en la capital» (Entrada de diario de campo, enero de 2022). Con voz decisiva, afirma la urgente necesidad de contextualizar territorialmente las iniciativas sociales. «A lo largo del país tenemos diferentes necesidades, no son las mismas. Discapacitados somos todos, adultos mayores todos, pero las necesidades son diferentes, como las regiones» (Ester, entrevista personal, enero de 2022).
El presente artículo tuvo como objetivo caracterizar las experiencias de envejecimiento y participación social de personas mayores con discapacidad y pertenecientes a pueblos originarios, poniendo énfasis en la diversidad territorial del sur de Chile y estableciendo vínculos con otras categorías de diferenciación social. El trabajo etnográfico se distinguió por un recorrido hacia una experiencia diversa de la vejez, anclada en lo territorial, tanto en un sentido geográfico como social y biográfico, con un impacto evidente en los procesos de envejecimiento.
En ambos grupos, la participación social es concebida y vivida como una trayectoria de largo plazo, de carácter tanto individual como colectivo, articulada por las preferencias personales y la personalidad, así como por las condiciones culturales, sociales y geográficas del entorno.
En el caso de las personas mapuche/huilliche, destaca un fuerte componente de identificación y promoción cultural de su comunidad de pertenencia, lo que se traduce en una participación ciudadana posiblemente más visible y sostenida, con dimensiones políticas e intergeneracionales más marcadas, aunque un relato similar también se observa en el grupo de personas con discapacidad.
Ambos grupos comparten un pluralismo en las formas de participación social —en ámbitos laborales, recreativos, vecinales, familiares, culturales, religiosos, entre otros—, así como la percepción de que dicha participación conlleva múltiples beneficios para su salud física, mental y social.
Sin embargo, las experiencias participativas del grupo de personas mayores con discapacidad se distinguen en un aspecto clave: el peso que la discapacidad ejerce sobre sus posibilidades de participación en un contexto social discriminatorio e invalidante. En este escenario, la adaptación a la discapacidad se percibe principalmente como una responsabilidad individual o familiar, lo que deja en situación de vulnerabilidad a quienes cuentan con recursos económicos o sociales limitados. Esta situación se ve aún más agravada por el aislamiento geográfico que enfrentan los/as participantes de este estudio, dificultando el acceso a los escasos servicios de salud disponibles.
Con respecto a la diversidad territorial, se evidencia la influencia mayor del ámbito geográfico donde se despliegan las experiencias de envejecimiento y participación social: rural o urbano, insular o continental, del sur de Chile. Vale decir, el territorio donde se vive y envejece es un factor para no perder de vista para la comprensión de la configuración de las experiencias de participación social de personas mayores, pues el cruce de la edad y el territorio atravesaba prácticamente todas nuestras conversaciones y reflexiones. Más concretamente, la diversidad geográfica de la región de Los Lagos introduce una serie de contrastes que las personas relevan al momento de hablar de sus experiencias de envejecimiento. Habitando los límites y tránsitos entre lo urbano-rural, y lo continental-insular, destacan una amplia gama de características asociadas al territorio: el impacto de los climas fríos y lluviosos en la salud, los procesos y transiciones históricas de las localidades en los modos de envejecimiento actual, los aspectos culturales que componen parte importante de sus vidas cotidianas, las diferentes costumbres de alimentación, redes de apoyo, tradiciones laborales, sensación de seguridad, niveles de acceso a distintos tipos de servicios, entre otros.
Por último, si bien el género no fue utilizado como criterio muestral y se entrevistó a seis mujeres y dos hombres —estos últimos en el marco de su relación matrimonial—, resulta relevante considerar en futuros estudios cómo la intersección entre vejez, territorio y otras características influye en la configuración de las relaciones de género. En este estudio se ha observado que las parejas afectadas por la discapacidad, en contextos de aislamiento geográfico, deben adaptar y resignificar los roles tradicionalmente asignados a hombres y mujeres. En particular, se evidencia que los hombres asumen funciones de cuidado hacia sus parejas, lo que invita a profundizar en cómo estas dinámicas son interpretadas por las personas involucradas. Asimismo, en el caso de las mujeres mapuche-huilliches, no se mencionan relaciones de pareja o de género, mientras que se destaca su liderazgo en ámbitos culturales y de emprendimiento. Esto despierta un interés particular por conocer tanto la visión de las mujeres mayores respecto de la participación de los hombres mayores en sus comunidades, como las representaciones que estos últimos tienen sobre dicho tema.
El trabajo realizado abre la puerta a distintas reflexiones y perspectivas analíticas sobre la vejez y su diversidad en los diferentes territorios. De esa manera, enfatizar en la importancia de explorar en las distintas experiencias de envejecimiento desde una perspectiva de la diversidad o del envejecimiento diferencial (Yuni y Urbano, 2008), capaz de reconocer y de tomar en cuenta a la vez las percepciones, las necesidades, los saberes y los contextos de la variedad de grupos de personas mayores frente a su proceso de envejecimiento.
Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo-ANID; Proyecto Fondecyt Regular Nº 1200860.
Paulina Osorio (autora principal): Investigación, metodología, conceptualización, análisis formal, redacción-borrador original, redacción-revisión y edición
Beatriz Rodríguez (segunda autora): Investigación, conceptualización, análisis formal, redacción-borrador original, apoyo en redacción-revisión y edición
Émilie Raymond (tercera autora): Administración del proyecto, apoyo en la redacción-revisión y edición.