Reseña de Foucault (2023/2025). El discurso filosófico

Review of Foucault (2023/2025). El discurso filosófico

  • Germán Dorta
Portada libro

Foucault, Michael (2023/2025)
El discurso filosófico. Siglo XXI.
ISBN: 978–⁠⁠⁠⁠987⁠⁠⁠⁠–801–⁠⁠⁠⁠441⁠⁠⁠⁠–8

El texto que presentamos ante ustedes denominado El discurso filosófico (Michel Foucault, 2025), forma parte de la colección fragmentos foucaultianos de la editorial Siglo XXI. El manuscrito que hace posible el libro es redactado por Foucault «entre el verano y el otoño de 1966» (p. 9), en un contexto en el cual el filósofo francés se postulaba al cargo de profesor de filosofía en la Universidad de Túnez. El texto se inscribe en la primera postulación de Foucault a un cargo de profesor en filosofía, dado que anteriormente dictaba cursos de psicología. A su vez, dicha producción se encuentra antecedida por el libro Las palabras y las cosas publicado en 1966 por la editorial Gallimard.

El objeto de interés de Foucault (2025) es el discurso filosófico y no la filosofía, entendiendo que el discurso filosófico se constituye como objeto de época y bajo determinadas condiciones de posibilidad en el siglo XVII. Dicha afirmación despierta incredulidad en todo lector acostumbrado a pensar la filosofía y su historia a partir de los filósofos presocráticos (Tales de Miletos, Anaximandro, Anaxímenes, etc) y el pasaje del mito al logos. Esta clave interpretativa se deja a un lado para hacer una arqueología del discurso filosófico y no de las ciencias humanas como en Las palabras y las cosas (Foucault, 1966). La reorganización de discursos que tuvo lugar en el siglo XVII condujo a la especificación de un discurso filosófico que se diferencia del discurso científico, literario, cotidiano y religioso; según el filósofo francés, el discurso filosófico emerge en la enunciación de «una verdad universal haciéndose cargo del sujeto que lo formula y del ahora en que tiene lugar sin neutralizarlo» (p. 11). Tal como se constituye un discurso filosófico singular y diferenciado de otros, en el siglo XX se descomponen esas diferenciaciones debido a los efectos del pensamiento nietzscheano. Resulta a su vez interesante señalar como el concepto de archivo general, abordado por Foucault en la última parte del libro, vuelve metodológicamente posible la descripción de la reorganización del discurso filosófico.

A continuación tendremos en cuenta las tres partes mediante las cuales se organiza el libro foucaultiano y que comprende sus quince capítulos.

La primera parte, denominada La filosofía y los otros discursos, comienza sacudiendo al lector, planteándose la afirmación que desde hace un tiempo reciente —⁠¿desde Nietzsche?⁠— la filosofía tiene como función diagnosticar. La tarea tradicionalmente atribuida a la filosofía de fundar un saber, dar cuenta del ser, es desplazada a la de identificar lo que acontece. La lectura de signos es la tarea del filósofo, ubicada entre el curar y el interpretar, al igual que el médico y el exegeta; «Desde los comienzos de la filosofía griega, ¿la razón de ser del filósofo no fue acaso interpretar y curar? Hacer surgir, en un discurso donde fueran solidarios, el enunciado del sentido y el conjuro contra el mal» (p. 28). El sentido y el mal en occidente han sido para la filosofía puntos de apoyo, en donde ambos se retroalimentan para adquirir relevancia.

Las cercanías en la cultura occidental entre el médico, que tiene como tarea el mal oculto y visible del cuerpo, y el sacerdote ocupado por el sentido manifestado de la palabra, no permiten necesariamente el surgimiento de la filosofía, sino que se necesitó la condición de que «el sacerdote fuese aquel que escucha otra palabra, y el médico, el que adivina el interior del cuerpo» (p. 29) para que occidente establezca lo que solemos entender por filosofía. La filosofía sin embargo se encuentra ante un paradoja que la constituye: diagnosticar sin ofrecer una terapéutica. El «médico de la cultura» (p. 30) como llama Foucault al filósofo, no puede dar un medicamento para aliviar un dolor ni recomendar una terapéutica. Por lo tanto, no busca una terapéutica para combatir un mal, ni hay una interpretación que busque un sentido. El filósofo solo debe decir «lo que hay» (p. 30). Lo que hay en el momento en que el hombre habla, en el ahora, lo que se encuentra en una relación de isocronía con él mismo. En cuanto a qué es el ahora como cometido central de la filosofía, según Foucault refiere a

todos los enunciados científicos que son válidos en el momento en que ella habla, todos los corpus institucionales y jurídicos, todos los discursos que pueden pronunciar los hombres, sus contemporáneos, las prácticas económicas y sociales, la política, etc. En la medida en que el discurso filosófico debe asegurar la teoría de su propio ahora, no puede evitar vérselas de una manera u otra con el conjunto infinito cuya coherencia no organiza [ni] garantiza de antemano ningún sistema. (p. 73)

El discurso filosófico tiene la singularidad de manifestarse como «yo-aquí-en este momento» (p. 36), a diferencia del discurso científico en el cual sus elementos para referirse a un contenido extralingüístico están definidos de antemano. El ahora que calla el discurso científico, es lo que le permite circular sin perder su valor de verdad, no teniendo importancia el sujeto y el contexto de enunciación. El discurso literario o ficcional tampoco está atado a un ahora propio del sujeto que en un momento específico lo enuncia, sino que su realización y significación se vuelve posible por sujetos y situaciones indeterminadas. Existen una multiplicidad de ahoras que hacen a los diferentes personajes en el discurso ficcional. En relación al discurso cotidiano el ahora permanece mudo, en el sentido que aparece como exterior al discurso y conteniendo cosas, gestos, cuerpos. La diferencia entre el discurso cotidiano y el filosófico es la función crítica de este último, debido a que se encarga de poner de manifiesto la ingenuidad de lo evidente.

La función de justificación en el discurso filosófico refiere a la existencia de quién está hablando, a su posibilidad de existir; en cambio la justificación del científico implica una sintaxis, una morfología y semántica únicamente. Si nos dirigimos al discurso filosófico desde Descartes, hay dos formas de expresar el ahora: una «filosofía del desvelamiento» (p. 47) y otra «filosofía de la manifestación» (p. 47). En ambas se encuentra presente el ahora y se expresa en términos de subjetividad. Aunque paradójicamente poco a poco este discurso será sustituido por un discurso que parece no tener ahora y subsumirse en la conciencia de si.

Si buscamos identificar la emergencia de la singularidad del discurso filosófico, para el pensador francés debemos remontarnos al momento Descartes, en donde se presentan cambios en el discurso científico, literario y religioso que permitieron un «filosofar sin Dios» (p. 85). El cambio en el relacionamiento entre los discursos permite la emergencia de un discurso singular como el filosófico, constituyéndose la articulación entre el sujeto hablante y su ahora. Además de la diferencia en la justificación que propone el discurso filosófico en relación al discurso científico y la función crítica que lo diferencia del discurso cotidiano, el discurso filosófico tiene dos funciones más que lo caracterizan. En relación al discurso literario, el discurso filosófico mediante su función de interpretación analiza como en sus enunciados se expresa el sentido y la verdad según sus determinados orígenes y condiciones de posibilidad. La función del comentario del discurso filosófico lo diferencian del discurso religioso, en el sentido de que explica la importancia de «los discursos pronunciados y efectivamente situados, como soporte posible de una verdad». (p. 104)

Para Foucault (2025) hasta el siglo XVII la metafísica era la filosofía, en cuanto la primera le daba a la segunda forma a un discurso sobre Dios, el alma, el mundo, como objetos de reflexión. En cambio desde Descartes y pasando por Kant las figuras de Dios, el alma y el mundo serán variables funcionales de un tipo de discurso. A modo de ejemplo, Dios pasa a ser una función discursiva que cumple las condiciones a priori de la experiencia en Kant, o el alma pasa a tener la función de yo pensante en Descartes.

La segunda parte denominada La filosofía y su historia, plantea dos sistemas que forman parte de la filosofía poscartesiana. Un primer sistema discursivo basado en el develamiento, el análisis del origen, la crítica y la constitución de la enciclopedia. El segundo sistema anclado en la manifestación, el sentido, el inconsciente y la memoria. La doctrina de la certeza en el primer discurso se relaciona con el develamiento y el origen, así como la doctrina del fenómeno se vincula a la manifestación y el sentido en el discurso. Ambas ponen en juego distintas formas en que aparece el sujeto.

los dos grandes modelos de discurso que se han aislado corresponden el primero a una metafísica de la representación y una ontología interior al discurso mismo, y el segundo, a una antropología y una ontología exterior al discurso (…) En cuanto a la mutación que llevó a pasar de un modelo a otro, se produjo a fines del siglo XVIII, en torno de la obra de Kant. (p. 149)

De un discurso filosófico basado en el análisis del origen se pasa a un discurso filosofico sobre la condiciones de posibilidad; de un discurso sobre las apariencias y su ligazón con la verdad se pasa a un discurso sobre el «conjunto de operaciones» (p. 150) y las formas que hacen posible el conocimiento; de un discurso de la crítica como reconocimiento del error se pasa a un discurso de la crítica como visibilidad de las actividades que implícitamente fundan el conocimiento.

El texto foucaultiano se podría definir como una descripción del método arqueológico, método que permite definir el espacio en que las filosofías tienen su lugar en la historia. Aunque el vínculo entre historia y filosofía no puede llevarnos al equivoco de no reconocer la diferencia entre el discurso filosófico y la historia de la filosofía. Mientras que en esta última se analiza una obra considerada como individualidad y las obras que se derivan de ella siguiendo una lógica de sucesión y continuidad, en la segunda dentro de una misma obra «se reconocen funciones discursivas absolutamente heterogéneas, pero absolutamente indispensables entre sí» (p. 172).

En los capítulos 11 y 12, Foucault presenta la mutación del discurso filosófico a partir de Nietzsche a fines del siglo XIX. El síntoma nietzscheano implica que el discurso filosófico no se diferencia de los discursos hasta el momento mencionados, sino que discurre en los discursos políticos, científicos, religiosos, literarios. La pluralidad de la filosofía nietzscheana, la fragmentación del sujeto mediante los aportes del psicoanálisis, la irrupción de lo múltiple bajo el signo de la locura, la búsqueda de la destrucción de cualquier tipo de metafísica, permiten la reorganización del discurso filosófico. Las filosofías del siglo XX se establecen como una crítica radical a la «metafísica de la representación» (p. 211) y a todo sistema antropológico.

Sin embargo, nunca se deja completamente de lado la antropología o la metafísica de la representación. (…) En vez de suprimirse, la metafísica de la representación y la antropología se transforman: su papel general se mantiene, pero por vía de un conjunto de funciones muy diferente. (p. 211)

La metafísica de la representación que garantizaba al discurso filosófico acceder al ser por medio del mundo, del alma, de las cosas, bajo la funcionalidad del concepto de Dios, busca en las filosofías posnietzschenas el ser en el lenguaje. Se mantiene una metafísica disociada, en el sentido que el discurso no dice del ser pero «por su mera organización sintáctica» (p. 212) establece órdenes para las cosas. Es el discurso por un lado lenguaje y por ende «posibilidad de decir del ser» (p. 212), así como lengua y por lo tanto «orden de las cosas» (p. 212). En cuanto al modelo antropológico, es posible la realización de la crítica para el discurso filosófico «a partir de un análisis de los fenómenos y las formas de finitud» (p. 213), en cambio en las filosofías posnietzschenanas se establecen otras formas discursivas. En estas, el discurso no pasa por una instancia reflexiva «sobre el fenómeno o por una analítica de la finitud para poder enunciar el ser del hombre» (p. 213). El acceso es inmediato y a modo de descripción pura, no hay trascendentalidad en la nueva analítica del ser humano. A su vez las relaciones del ser humano se describen mediante estructuras que producen la experiencia humana.

Las formas de filosofías antes mencionadas (positivismo lógico, ontología, descripción de vivencia, estructuralismo) pese a sus diferencias, según Foucault poseen una coherencia interna entre sí al situarnos desde la perspectiva «del discurso filosófico en general» (p. 214). La fenomenología aparece como discurso general que, por un lado, implica la explicitación infinita de los a priori y a su vez se dirige a las cosas mismas, siendo una filosofía que identifica las funciones especificas del discurso filosófico pero que a su vez marca su disolución: «La fenomenología es la sombra, proyectada sobre sí misma, de todo el discurso filosófico, tal como existe desde hace tres siglos en el mundo occidental» (p. 216).

En la tercera parte del texto La filosofía y el archivo, Foucault sostiene que a partir de Nietzsche hay una reorganización del discurso filosófico, mutación que implica la organización de un archivo integral.

liga unos a otros los actos de habla (); las formas de los discursos (…); los objetos, los materiales, las instituciones que pueden servir de soporte para la conservación de esas palabras (…); por último, los modos de la transcripción y los diferentes sistemas que pueden transformar el discurso en otro conjunto de elementos (pp. 225–226)

El discurso y el archivo aparecen como dos dimensiones que hacen posible identificar los cambios, las discontinuidades. Por un lado tenemos que todo discurso es posible en el marco de una interdiscursividad, cuestión que en la investigación contemporánea ha sido abordada por autores como Fairclough (1992) y Bazerman (2003), entre otros. A su vez el conjunto de los discursos, con sus condiciones de existencia y por ende circulación, comprenden al archivo. Es un conjunto coherente y con autonomía que tiene toda civilización.

El archivo tal como se plantea en Arqueología del saber (Foucault, 1969/2015) es el sistema que diferencia a los discursos en su «existencia múltiple y los especifica en su duración propia» (p. 171). En esta obra se enfatiza más al enunciado, a diferencia de El discurso filosófico en donde la unidad de análisis junto al archivo es el discurso. En la primera se refiere a un archivo general y en la obra que presentamos ante ustedes estamos ante un archivo integral. En términos metodológicos es clave el señalamiento foucaultiano de la solidaridad entre archivo-discurso. En la dimensión del lenguaje entre los actos de habla y la lengua, se encuentra el discurso, y en la dimensión de la historia estamos en un espacio entre los individuos y lo que estos dicen y piensan: el archivo. Foucault menciona a la arqueología como disciplina del archivo-discurso, ocupada de la «forma de las leyes de la inscripción, la conservación, la circulación de los discursos, y que aborda estos últimos como posiciones recíprocas de los enunciados en el espacio del archivo» (p. 235).

No tan fiel a su estilo, Foucault establece ciertas etapas de mutación del archivo- discurso. La primera mutación en los siglos VIII y VII a. C, emerge cuando los «dorios lograron combinar en un alfabeto la escritura consonántica de los egipcios y la escritura silábica de los fenicios; (…) la cadena hablada se tornó entonces posible» (p. 239). Esta tecnología permite enseñar sobre discursos transcritos, la escritura de la ley y el pasaje del mito al logos. Una segunda mutación refiere a la Biblioteca de Alejandría: reorganización de los discursos de las culturas mediterráneas, nuevo archivo que refiere a la idea de un logos común a todos los hombres y la relación con la divinidad. Para Foucault

Se ingresa en una civilización de la Escritura, en la cual va a insertarse el cristianismo; en cierto modo, este le debe su forma, tanto como, en contrapartida, no dejó de reforzarla y de reanimarla. Y en recuerdo de esa gran transformación alejandrina del archivo y el discurso, el pensamiento cristiano buscará en un grupo de marcas escritas, en un Libro, su relación directa y manifiesta con Dios. (p. 242)

En la tercera mutación (siglo XVI) se encuentran presentes factores técnicos como: invención de la imprenta, difusión del libro, publicación de textos científicos y antiguos. En cuanto a la configuración del archivo de occidente se presentan los siguientes elementos a destacar: la interpretación de la naturaleza por intermedio de libros, la idea de que hay cuestiones a develar mediante símbolos, y la escritura primigenia en donde Dios «esconde los tesoros de su sabiduría» (p. 243). Es principalmente en el siglo XVII dirá Foucault, explicitando y recapitulando los discursos trabajados en las partes anteriores, que:

con Don Quijote, con los Diálogos de Galileo, con la Philologiae sacrae, con las Meditaciones, se instauró el régimen clásico del discurso (…) se separaron recíprocamente el discurso científico, cuyos enunciados tienen una validez independiente de cualquier sujeto hablante (…), el discurso literario, cuyos enunciados constituyen su propio sujeto hablante (…), el discurso religioso, cuyos enunciados dicen el sentido verdadero de un discurso primordial (…) y, para terminar, el discurso filosófico, que debe justificar y fundar la posibilidad de que un sujeto hablante enuncie una proposición verdadera bajo la forma del aquí y el ahora. Todas esas modalidades deferentes tienen su lugar común en el espacio del archivo-discurso, transformado en el siglo XVI, y que encontramos estabilizado a comienzos del siglo XVII. (p. 244)

Una cuarta mutación referido al hombre como objeto entre otros en el siglo XIX, dio lugar a «una configuración antropológica de todo el pensamiento» (p. 246), dando lugar a las ciencias humanas.

El archivo integral de nuestra cultura y nuestro tiempo para Foucualt se encuentra basado en la necesidad de conservarlo todo en materia de discursos. La relación del archivo con los actos de habla (subjetivos) se borra en la actualidad, en el sentido que solamente hay archivo en función del discurso o de «lo que se dice efectivamente en un momento dado, y nada más» (p. 233). Esta idea de archivo integral en tiempos de Inteligencia Artificial, en donde la recopilación y circulación de información ha alcanzado una magnitud impensable, hace más que nunca necesaria la tarea diagnóstica —y por ende filosófica— del presente.

1 Referencias

Bazerman, C. (2003). Intertextuality; How Texts Rely on Others Texts. En C. Bazerman, y P. Prior. (Comp). What Writing Does and How It Does It (pp. 83–96). Erlbaum.
Fairclough, N. (1992). Discourse and social change. Polity Press.
Foucault, M. (1966). Les mots et les choses. Gallimard.
Foucault, M. (1969/2015). Arqueología del saber. Paidós.