Reseñas
No revisado por pares
Gómez Villar, Antonio (2025) ¿Qué hacemos con la clase media?. Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes. ISBN: 978–84–8381–313–3
Se acaba de publicar ¿Qué hacemos con la clase media?, la más reciente obra de Antonio Gómez Villar, profesor de Filosofía en la Universitat de Barcelona y uno de los pensadores españoles que mejor ha descrito en los últimos años la transformación de las categorías políticas clásicas. En un tiempo atravesado por la fragilidad de las certezas colectivas, el agotamiento de las promesas de ascenso social y la crisis de los relatos que sostuvieron el pacto democrático en Occidente, la clase media deja de ser un factor de estabilidad para convertirse en un interrogante inquietante. Aquella figura que durante décadas funcionó como emblema de integración y horizonte de bienestar aparece hoy atravesada por experiencias de pérdida y ausencia, desprotección y desencanto, dando lugar a un malestar que alimenta discursos de repliegue y reacciones políticas regresivas. Desde una perspectiva que entrelaza reflexión filosófica, análisis de las subjetividades y lectura crítica del presente, Gómez Villar se pregunta por el sentido político actual de esta categoría y por su lugar en cualquier proyecto de transformación social que pretenda recomponer lazos, repensar alianzas y abrir caminos de futuro más allá de la nostalgia por un pasado idealizado.
De este modo, el autor organiza el libro en seis capítulos. A lo largo de sus páginas, Gómez Villar examina cómo la clase media se ha constituido históricamente como una categoría política y cultural, al tiempo que rastrea los procesos que han conducido a su progresivo vaciamiento simbólico y material. El libro no se limita a diagnosticar una crisis, que, por otro lado, queda perfectamente representada, sino que abre un debate muy interesante sobre las posibilidades de rearticular sujetos políticos y construir alianzas que hagan posible atisbar un horizonte de transformación social.
En el primer capítulo (pp. 9–38), Gómez Villar se detiene en el proceso histórico que, a partir de 1945, dio lugar a la consolidación de un potente imaginario consumista y a una ampliación sin precedentes del acceso a bienes de consumo de bajo coste. La mercantilización del ocio supuso una ruptura con los vínculos obreros clásicos, alterando los ejes tradicionales del conflicto social y puso en cuestión la idea de que el tiempo libre constituía por sí mismo un espacio de emancipación. En este contexto, según el autor, el avance del bienestar material operó como un desplazamiento cultural de la clase trabajadora: la pertenencia de clase comenzó a definirse cada vez más a través del consumo y menos por la posición ocupada en las relaciones de producción, en abierta contradicción con los supuestos de las narrativas marxistas clásicas.
En palabras del autor:
La clase obrera creó las condiciones de la prosperidad de la que pudo disfrutar y, al tiempo, contribuyó a dar forma a un capitalismo popular, en el marco de una democracia de consumidores, una sociedad en la que el consumo se erigía en propósito social rector. (p. 15).
Tal y como se ha sostenido en otros textos (Del Pino, 2024a), España constituyó una anomalía dentro del consenso occidental de la posguerra. Es en la década de 1960 cuando se produce un giro decisivo en las estrategias políticas del franquismo para gestionar la conflictividad social. Mientras que en los años cuarenta el régimen aspiraba a neutralizar el conflicto integrándolo en la ficción de una nación orgánica y unificada, en su etapa final optó por diluirlo en un discurso de supuesta armonía social. A partir de entonces, uno de los objetivos centrales del régimen fue promover una clase media amplia y moderada que funcionara como elemento de equilibrio frente a la idea de las dos Españas.
Este proceso fue posible gracias a la incorporación al gobierno de tecnócratas vinculados al Opus Dei y a la puesta en marcha del Plan de Estabilización de 1959, que supuso la adopción en España de un modelo económico inspirado en el ordoliberalismo alemán (Del Pino, 2024a). La aplicación de este programa exigió el diseño de un entramado político y jurídico fuerte, capaz de garantizar la libre circulación del capital y la competencia empresarial. En años recientes, este proceso ha sido reinterpretado y normalizado a través de diversos relatos culturales y audiovisuales, como la serie Cuéntame cómo pasó, que construye una narrativa centrada en la legitimación y defensa de las clases medias españolas de finales del franquismo y los primeros años de la transición (Del Pino, 2022).
Continuando con lo expuesto, el autor se detiene en precisar qué entendemos por clase media. Lejos de concebirla únicamente como una posición socioeconómica intermedia, Gómez Villar señala su función estructural dentro del orden social. La clase media cumple, ante todo, un papel de sostenimiento del régimen dado: legitima los marcos ideológicos dominantes y contribuye a desactivar los antagonismos que atraviesan la sociedad. Su razón de ser no reside en el conflicto, sino en la producción de estabilidad, tanto para sí mismo como para el conjunto del sistema social. Siguiendo al autor, el acceso a esta posición exige la adhesión subjetiva al orden establecido y la aceptación de sus reglas de legitimidad. El círculo se cierra cuando a cambio de esta función estabilizadora se les promete seguridad, bienestar y progreso, en virtud de un pacto implícito que refuerza su papel como garante del equilibrio social.
En este sentido, es interesante reproducir las siguientes palabras del autor:
La clase media es un sujeto político portador de un gesto metonímico: se trata de una particularidad social que encarna la representación ideal, hegemónica y de sentido común mayoritario de todo el orden político. Un terreno inocuo que representa la nación imaginada de la gente decente, porque sus sueños han alcanzado legitimidad social. No es que la clase media esté cada vez más extendida, sino que ella se identifica virtualmente con el conjunto de la sociedad. (p. 29).
En el segundo capítulo (pp. 39–68) se presenta la dimensión afectiva y la estructura de sentimiento que atraviesa a la clase media. Gómez Villar sostiene que no puede hablarse, en un sentido estricto, de una conciencia de clase comparable a la de otros sujetos históricos, sino más bien de una conciencia de estatus, siguiendo la estela de Max Weber y Thorstein Veblen. La experiencia de la clase media se construye así en una tensión constante entre el temor a la caída y la expectativa de ascenso, un movimiento permanente que impide fijar y defender aquello que define materialmente su posición. Se trata de una clase social siempre en movimiento, en tránsito. No obstante, más allá del movimiento que la constituye y de sus mutaciones, el autor del libro menciona la existencia de un rasgo que se mantiene en el tiempo: su conflicto principal no se articula en torno a la explotación, sino al riesgo de quedar fuera, a la amenaza de exclusión.
En palabras de Gómez Villar:
Al ser una clase que no es una clase, no necesita preocuparse tanto por los signos de pertenencia a su propia clase cuanto, por el temor al desclasamiento, a la sensación de escasez y, con ella, el mayor mal a evitar: contaminarse con la pobreza de los de abajo. Por eso uno de los principales signos de distinción de la clase media se ha basado históricamente en el deseo de que los pobres vivan y se comporten conforme a su condición. Hay un deseo desesperado por colocar a alguien por debajo, para así poder estar siempre por encima de lo más bajo de la escala social. (p. 51).
En el tercer capítulo (pp. 69–98) se analiza cómo a partir de las décadas de los 60 y 70 se produce una nueva subjetividad articulada en torno a la crítica del modelo fordista de producción. Este rechazo a la fábrica no solo expresó un malestar laboral, sino que actuó como un potente vector de radicalización política para amplios sectores de las nuevas clases medias de la posguerra. A medida que el sistema fordista comenzaba a mostrar signos de agotamiento, el ascenso social pasó a identificarse crecientemente con la vía universitaria, como veremos más adelante con casos de éxito en el proceso de desclasamiento. En este marco, el autor recupera las aportaciones de Michel Foucault para señalar el carácter disciplinario del capitalismo industrial, entendido como un régimen que requiere cuerpos dóciles y gestionables para garantizar su reproducción.
En este contexto, los años sesenta y setenta permiten la emergencia de un feroz rechazo al trabajo, no como consigna superficial, sino como categoría central en el desarrollo del capitalismo industrial. Tal irrupción fue posible gracias a las condiciones materiales heredadas de la generación posterior a 1945: sin el Estado del bienestar y las conquistas sociales obtenidas a través de décadas de lucha obrera, no habría sido posible ni imaginable una explosión como la de Mayo del 68. Así pues, el 68 no debe interpretarse como una traición de clase, sino como una profundización radical de las conquistas previas. En palabras del autor:
El 68 fue un grito de afirmación de vida frente a la racionalización del mundo, el encuadramiento de los afectos, la homogeneización de las condiciones, la destrucción de las diferencias, la estandarización de los comportamientos y la rigidez estructural de un mundo que bloquea los deseos. (pp. 75–76).
Es en este contexto donde el autor sitúa el proceso de desclasamiento, que se activa fundamentalmente a través de la inserción en el sistema educativo y culmina en el acceso a la universidad. Este proceso puede entenderse como una posible ruptura parcial con la clase de origen, una salida de los límites que definían lo posible, lo deseable en función de las posiciones sociales heredadas. Se trata de un desplazamiento continuo que muchas veces es silencioso, marcado por el desajuste.
Tal y como hemos mantenido en otros textos (Del Pino, 2024b), el desclasamiento remite también a lo que denominamos transfuguismo de clase: la experiencia de quienes habitan una posición escindida, sin llegar a reconocerse plenamente ni en el mundo del que proceden ni en aquel al que acceden. Tras constatar la existencia de una sociedad estructurada en torno a divisiones de clase, el tránsfuga vive el desarraigo derivado de la pérdida de los lazos que lo unían a su entorno de origen, sin lograr, al mismo tiempo, apropiarse simbólicamente del universo social de llegada, el de las clases dominantes.
En este punto, es especialmente interesante presentar las siguientes palabras de Gómez Villar:
Podemos decir que las narrativas sobre desclasamiento son retratos literarios con ambiciones sociológicas, una forma mixta de escritura literaria y sociológica. Es un género híbrido, entre la autoetnografía literaria, la etnografía reflexiva, la memoriañística autoficcional y el proceso introspectivo. El desclasado narra su experiencia y comparte el testimonio en la medida en que la misma escritura representa el medio para realizar el desclasamiento. La experiencia del escritor es testimonio de una historia personal desde una narrativa en forma de prosa retrospectiva. El acto mismo de contar el proceso comporta un distanciamiento respecto del origen, porque para llegar a desempeñarse en el ejercicio de la escritura es preciso haber podido acumular antes cierto capital educativo/cultural del que estaba desprovisto en el origen. (p. 86)
Por otro lado, en el cuarto capítulo (pp. 99–117) se profundiza en el itinerario del proceso de desclasamiento como forma de subvertir el destino inexorable. El autor entiende que todo proceso de ascenso social requiere de la intervención de factores externos que permitan contrarrestar las fuerzas que limitan la movilidad: ayuda, apoyos o, tal y como lo entiende Gómez Villar, «hadas», que introducen algún cambio en un mundo homogéneo y repetitivo. El movimiento ascendente no se explica por cuestiones milagrosas, talentos excepcionales o virtudes individuales, sino por el acceso a recursos que habilitan nuevas oportunidades. Normalmente, en estos relatos de desclasamiento el origen es representado como un lugar basado en la necesidad. Los deseos y las aspiraciones se limitan a un mundo cerrado, lo que imposibilita las alternativas:
La adquisición de capital cultural permite al desclasado desaprender comportamientos arraigados en la experiencia de la clase de origen, diferenciarse de su entorno adquiriendo los códigos del nuevo mundo, adoptando figuras de distinción. El desclasamiento implica la asimilación de los valores de las clases privilegiadas y de la cultura considerada legítima, con la que se establece un tipo de relación bien preciso: se asume su sistema de valores a través de instrumentos simbólicos. (p. 107)
En último lugar, en los capítulos quinto (pp. 119–149) y sexto (pp. 151–187) se presenta tanto la difícil gramática política de la clase media, como la propuesta política del autor en virtud de buscar un horizonte de transformación social. En el quinto capítulo se retoma la crisis de la izquierda, una izquierda percibida como derrotada frente al avance del neoliberalismo. Sin embargo, la derrota no se explica únicamente por la presión de los mercados o de las políticas económicas, sino por una incapacidad interna de metabolizar y nombrar nuevas identidades políticas a partir del deseo y crítica del trabajo fordista desplegado en las décadas de los 60 y 70. La ausencia de una política capaz de intervenir en la dimensión del deseo dejó un vacío que fue ocupado con eficacia por la racionalidad neoliberal.
En este contexto, tal y como se ha señalado en otro momento (Del Pino, 2023), el neoliberalismo se consolidó como práctica hegemónica, construyendo un sentido común que reorganizó los discursos y las prácticas existentes. Según el autor, el vacío dejado por la izquierda no fue simplemente un espacio desaprovechado, sino la condición que permitió al neoliberalismo consolidar su hegemonía y reescribir el horizonte político: «Una nueva estructura de deseo invirtió el sentido del rechazo del trabajo y la disciplina» (p. 123).
Con ello se generó un cambio profundo en las bases materiales que hasta las décadas de los sesenta y setenta definieron a la clase obrera. Aunque las fábricas siguen existiendo, han perdido su centralidad política y simbólica en la configuración de sujetos sociales. La fábrica dejó de ser el espacio privilegiado para la creación de hegemonía de clase y para la construcción de vínculos colectivos. Es importante señalar, tal y como advierte el autor del libro, que el debilitamiento de la lucha de clases centrada en la clase obrera durante las ultimas décadas no implica su desaparición: las relaciones de clase siguen operando, pero ahora lo hacen sin que la identidad obrera conserve su primacía que tuvo en otros tiempos. En palabras del autor:
Carece de sentido discutir acerca de la existencia de las clases sociales. Lo fundamental es atender a la capacidad estructurante de la clase, a su potencial para enmarcar las representaciones y las identidades políticas, a la vivencia de la clase hoy. Sería reduccionista decir que el movimiento obrero, como forma política, fue simplemente una manera de politizar lo económico. Antes bien, constituyó una percepción del mundo que estructuró la subjetividad, una cultura en el sentido amplio del término.
La ligazón entre clase obrera y cuestión social fue un producto de la sociedad industrial y del agotamiento del Antiguo Régimen. La crisis de esa ligazón da cuenta de otra transición, la fuerte transformación del régimen de fábrica y las mutaciones del capitalismo globalizado. (pp. 148–149)
En cuanto al sexto y último capítulo, Gómez Villar se centra en una pregunta crucial: ¿qué hacer políticamente con la clase media? Para el autor ignorarla no es una opción. Definirla simplemente como una categoría residual, situada entre el capital y el trabajo, sería reducirla a una existencia negativa, vacía de agencia y de significado político. La atención a la clase media resulta imprescindible, especialmente porque quienes hoy apoyan a las nuevas formaciones de extrema derecha son, en muchos casos y en numerosas ocasiones, los que han quedado al margen de la competencia meritocrática. Sienten que las minorías sociales avanzan en el escalafón social a través de políticas de discriminación positiva, generando una sensación de humillación y exclusión, un resentimiento tanto material como simbólico. Esta humillación no deriva únicamente de la lógica meritocrática, sino de verse desplazados. Una clase media cada vez más precarizada percibe así que su estatus, antes hegemónico y legitimador del orden social, ha sido erosionado: el ascenso social que alguna vez funcionó como promesa colectiva se ha vuelto lento e irregular.
Al erosionarse la atmósfera común que permitía respirar a las clases medias, surgen repliegues reaccionarios como un intento de retornar a la cohesión social perdida para alumbrar algo de la opacidad del presente y suturar la sensación de orfandad que se proyecta en el futuro. La desorientación que genera su malestar y el miedo al desclasamiento hacia abajo se politiza como agresividad. La fuerza de las nuevas extremas derechas reside, precisamente, en su capacidad de articular una estrategia para que las clases medias regresen a sus trayectorias de clase, ahuyentando así la terrible amenaza del desclasamiento. (p. 159)
Para el autor, la respuesta a ¿qué hacemos con la clase media? Pasa por la construcción de una nueva economía moral y la recomposición de los sentidos compartidos que guían la vida social. Esto implica entrelazar valores, prácticas e ideas para proyectar nuevas formas de significación y, al mismo tiempo, sostener una batalla política constante que permita que estas conquistas perduren en el tiempo. La hegemonía, en esta concepción, se articula como lucha de valores y unidad de sentido, reconocimiento que las acciones individuales, impregnan la vida social. La propuesta política del autor implica prestar atención a cómo estas mediaciones culturales y materiales son esenciales para imaginar y construir un proyecto político que no solo comprenda la clase media, sino que abra caminos para su participación en procesos de transformación social. Ya que, si en estos momentos quienes llaman la atención del malestar de la clase media se presentan como hegemónicos lo son por su capacidad de conectar con la estructura de deseos, anhelos y miedos de la clase media.
Llegados a este punto y como cierre de esta reseña consideramos de vital importancia reproducir el último párrafo con el que Gómez Villar cierra el libro, que, de alguna manera, condensa poderosamente el sentido político de su propuesta política y la respuesta a la pregunta inicial ¿qué hacemos políticamente con la clase media?
La hegemonía no es, pues, la victoria de uno sobre otro. Asume la heterogeneidad irreductible de lo social y sus diferencias, con la voluntad de establecer una nueva unidad diferenciada. Es un proceso permanente que no se afirma desde sí mismo, sino en el enfrentamiento con otras posiciones. Lo contrario sería pensar que las identidades reposan sobre sí mismas. Para subalternizar a la clase media en otro marco de sentido, primero hemos de demostrarlo, deconstruir su moral, sus ideas, su percepción del mundo. Derrotar e incorporar son las dos dimensiones de la hegemonía. […] Y creo que aquí se encierra un buen punto de partida para pensar qué hacemos hoy con la clase media: lo propio de un proyecto de transformación no consiste en destruir una posición, sino en hacerla transitar hacia otros lugares. (p. 187)