escuchar para saber aprender y para aprender a saber; este es un primer esbozo del animal racional. Si la Universidad es una institución de ciencia y enseñanza ¿debe, y según qué ritmo, ir más allá de la memoria y la mirada? ¿debe acompasadamente, y según qué compás, cerrar la vista o limitar la perspectiva para oír mejor y para aprender mejor? Obturar la vista para aprender, esta no es, por supuesto, más que una forma de hablar figurada”
Jacques Derrida
Pensar en la Universidad desde sus propias entrañas supone un ejercicio en el que podemos hacernos conscientes de las pupilas y las barreras propias, y la función que cumplen en relación con qué elementos intra y extra institucionales. Esta relatoría acerca del texto de Derrida1 que no supone un resumen, sino un conjunto de reflexiones e inquietudes que emanan del documento y guardan relación con situaciones del día a día de nuestra práctica docente e investigativa, universitaria. Las reflexiones giran en torno a cuatro tópicos con la única idea de preguntarme acerca de las condiciones para que nos constituyamos en una comunidad de pensamiento en el sentido que propone el autor francés recientemente fallecido. Si bien dedico uno de los cuatro apartados de este texto al tema de la comunidad de pensamiento, quiero enmarcar la totalidad de la reflexión en torno a esta idea.
Antes de continuar, es oportuno presentar una breve reseña acerca de Jacques Derrida que contextualice el marco en el que se genera e interpreta la conferencia dada en la Universidad de Cornell y que nos convoca en esta oportunidad. Se trata de un filósofo nacido en Argelia en 1930. Desarrolló su trabajo en una de las más importantes instituciones de académicas de Francia: la Escuela de Altos Estudios Sociales de París. Recién fallecido el 9 de octubre de 2004, se constituye en uno de los pensadores por descubrir a pesar que su obra se encuentre ampliamente traducida y divulgada2. Sus textos son siempre un buen ejercicio de desterritorialización del escenario moderno, occidental y organizado, con una amplia propuesta de argumentos, lógicas y significados. Se le distingue como el autor del deconstruccionismo que es un giro de tuerca más en el amplio marco de críticas a la modernidad. Si bien hasta el momento no se ha hablado e interpretado lo suficiente a Derrida, en los próximos años y décadas será, sin lugar a dudas, uno de los referentes más importantes del pensamiento estético y académico. Mónica Cragnolini en una nota de prensa escribía una semana luego de la muerte del filósofo algunas nociones que describen el deconstruccionismo en Derrida:
“El deconstruccionismo (que no es un método sino “una estrategia sin finalidad”) se enfrenta a la historia del pensar occidental en una actitud de “solicitación” (en su sentido etimológico, “hacer temblar”): se habitan las estructuras de la metafísica para mostrar sus fisuras y para “hacer temblar” ese edificio bien construido. La fuerte oposición binaria de los conceptos del filosofar occidental (esta forma de pensar que heredamos de Platón, que nos hace distinguir entre el ámbito de lo real, las ideas, la luz, el bien, la voz; frente a lo engañoso, lo sensible, la oscuridad, el mal, la escritura) no se supera por un acto voluntario ni por una simple inversión. El pensar occidental es un edificio bien construido, que aparenta solidez a partir de estas oposiciones que lo constituyen: el deconstruccionismo no es un método que destruya para reconstituir, ni que invierta los términos para afirmar los opuestos a los considerados valiosos (por ejemplo, el margen contra el centro); por el contrario, lo que hace es mostrar que no existen tales seguridades, sino que hay zonas de ambivalencias, que ponen en jaque a la supuesta unidad -y seguridad- del sentido. La deconstrucción propone, en lugar de las rápidas “huidas” de la metafísica como forma del pensar occidental, una permanencia en ella, en un trabajo de reconocimiento de sus fisuras. Derrida se enfrenta a textos de Platón, de Hegel, de los grandes sistematizadores de la filosofía, y muestra de qué manera los seguros conceptos del binarismo occidental están habitados por fisuras que permiten, al desmontarlos, hacer visibles las fuerzas que los constituyen (los hilos que tejen la textualidad). Por ello, la deconstrucción no es un “método” de crítica literaria -a pesar de que haya adoptado esta forma en muchos Departamentos de Literatura de universidades norteamericanas-, sino un “acompañar” un proceso que se está dando: los textos hacen visible desde ellos mismos la “trama” que los ha generado”. (Cragnolini, 2004)
La figura del teólogo en la antigua Universidad de París no es extraña en nuestros días. En los primeros años del siglo XXI seguimos contando con Ubiquistas aunque no sean teólogos, no tengan las pretensiones enciclopédicas a las que tangencialmente alude Derrida, ni se trate de individualidades. La razón de ser de la Universidad, al menos en parte del encargo social que se lee entrelíneas, es el almacenamiento y la producción del conocimiento lo más universal y completo posible. Se acude a la Universidad para tener contacto con un conocimiento con el que de otra manera no sería posible tener relación y en este sentido se espera que sea universal, condición que habilita a quien lo posee –el conocimiento- para moverse en distintos ámbitos más allá de la pupila en que lo aprendió. El ubiquista no es el teólogo docto sino el conocimiento que, instrumentalizado, da cuenta de una amplia gama de preguntas que emergen desde las instituciones sociales. La Universidad responderá por buena parte de las demandas de conocimiento, es el refugio y habitáculo de unas formas de saber cualificadas y bien valoradas.
El conocimiento es necesario porque quien lo tiene, tiene el poder; al menos esa es una de las premisas más importantes en la actualidad: en el saber está el poder. Silenciar esta premisa es silenciar la condición ubiquista a la que pretende responder la Universidad contemporánea y local. La universidad no sólo responde a demandas racionales algunas veces innocuas e intelectuales, sino también a demandas técnicas y especializadas, pero siempre con efectos políticos. La Universidad pretende ser ubiquista, en el sentido enciclopédico, aparece como el proyecto contemporáneo de esta figura social en nuestro medio, que como lo señala Derrida, es un cuerpo suplementario de la sociedad con fines emancipatorios y de control. Liberar y vigilar es un dispositivo administrado por la Universidad, y lo hace porque sabe o porque tiene algunos medios de producción de saber. En ella se reúne el conocimiento acerca de muchos temas y por ello acuden a sus aulas las personas que desean participar de algún conjunto de relaciones especializadas y legitimadas, de un grupo ritual, de una comunidad que incluye-excluye simultáneamente.
La Universidad como cuerpo social se extiende en el mundo y ante todo es una Institución con encargos específicos. La figura de professor at large es tan sólo la muestra de su prolongación sobre un escenario que reconoce y dota de autoridad los discursos que se producen, reproducen y quizá se revisan en la universidad, y a todos aquellos que los vehiculan. Se reconoce en la Universidad una institución de un amplio saber, extenso y denso, práctico y sencillo, capaz de hacer presencia en casi todos los contextos de la vida cotidiana. Posiblemente ahora más que nunca, la Universidad goza la condición ubiquista porque además de los principios clásicos de la razón filosófica, se le reconoce como una institución investigadora, la cual construye conocimiento que en otros escenarios no es legitimado de la misma forma. En este sentido la Universidad es clásica a través de la razón y moderna debido a la investigación. Sin embargo tal legitimación proviene de los recursos a partir de los cuales se produce el conocimiento, entonces, ¿Qué dispone la universidad que no esté presente en otras instituciones?. Bauman (2003) anota:
“En nuestra época tras la devaluación de las opiniones locales y la lenta pero imparable extinción de los líderes locales de opinión, quedan dos y sólo dos autoridades capaces de dotar de un poder reconfortante a los juicios que pronuncian o evidencian a través de sus acciones: la autoridad de los expertos, la gente que sabe de verdad (cuya área de competencia es demasiado vasta para que los no iniciados puedan explorarla y ponerla a prueba) y la autoridad del número (basada en el supuesto de que cuanto es mayor sea el número, menos probable es que se equivoque). La naturaleza de la primera autoridad convierte a los extraterritoriales en un mercado natural para el boom de los consejeros. La naturaleza de la segunda les hace soñar con la comunidad y dar forma a la comunidad de sus sueños” (Bauman, 2003, p. 77)
En síntesis, la Universidad contemporánea ha fagocitado la figura del ubiquista apropiándosela para sí. La Universidad tiene pretensiones de docta conocedora gracias al conocimiento que en ella circula a través de vasos comunicantes algunas veces más dispuestos y habilitados que otros, que conectan sus puntos y que deseablemente deben ser professors at large en su campo. Por tanto, las unidades de la Universidad son pequeños professors at large, concentrados en un área en la que evitarán el lastre de sus primeros momentos de formación porque de otra manera no sería posible ejercer la autoridad de experto. La Universidad es el escenario de los rituales de iniciación para la legitimación de un conocimiento especializado, en los más diversos niveles, deseablemente universal. El ubiquista antiguo es ahora la institución Universitaria capaz de satisfacer inquietudes colectivas más allá de las demandas técnicas y operativas, sustentadas en argumentos de razón.
Al comienzo y al final de la conferencia en Cornell, Derrida enuncia un par de premisas que no pueden pasar por alto, especialmente porque atacan las comprensiones contemporáneas de mercado que han moldeado la administración de la razón y la construcción de conocimiento a través de ella.
“Todos los hombres por naturaleza, tienen el deseo de saber. Aristóteles cree descubrir el signo de ello en el hecho de que las sensaciones proporcionen placer al margen mismo de su utilidad. Este placer de la sensación inútil explica el deseo de saber por saber, de saber sin finalidad práctica (...)
Y es normal que esta ciencia superior con el poder que confiere en razón de su inutilidad misma, se desarrolle en algunos lugares en regiones donde el ocio es posible. De este modo observa Aristóteles, las artes matemáticas se han desarrollado en Egipto en razón del ocio que allí se concedía a la casta sacerdotal , al pueblo de los sacerdotes”
Sin embargo los sacerdotes universitarios llamados al ubiquismo no disponemos de los espacios y tiempos para el ocio, condiciones fundamentales para la producción de pensamiento, o aprovechamiento ilustrado de la razón.
En las condiciones actuales sostener que el saber puede ser inútil y que su emergencia sucede en espacios de ocio, es poco menos que un insulto a la empresa ubiquista del conocimiento. La instrumentalización y tecnificación de la vida cotidiana permiten suponer que la máquina del conocimiento es capaz de construir saber mediante la administración regulada de la razón mediante métodos y procedimientos bien definidos. La enseñanza de la metodología, de la epistemología y de la pragmática profesional son las estrategias a través de las cuales se pueden aprovechar las técnicas de la razón; se trata de los medios a través de los cuales la Universidad se perpetúa en la sociedad. Sin embargo los resultados son bien diferentes y el conocimiento no se produce inútilmente, creativamente ni mucho menos en tiempos de ocio, porque time is gold, y porque nadie está dispuesto a pagar para que no se haga nada. Emerge pues una contradicción en el núcleo mismo de la pretendida institución ubiquista contemporánea.
Si la Universidad se funda en el principio de razón y no posee un dispositivo que reconozca sus características, ni favorezca las condiciones para su ejercicio, entonces, ¿sobre qué fundamentos se sostiene este cuerpo social en la actualidad, al menos en nuestro país?. El producto de la razón debe ser útil y productivo. Esta parece ser la premisa sobre la cual se funda la entidad universitaria negando de plano otras dimensiones posibles a través del ejercicio de la razón. La razón está siendo encorsetada en principios técnicos que muchas veces quedan pequeños a las posibilidades de expansión, explicación, recreación y simulación de las que es capaz, y así, ¿puede ser Universidad la universidad?. Soy incapaz de imaginar las reuniones de la antigua Grecia en un espacio como la Universidad del siglo XXI. El Ágora nada tiene que ver con el espacio normativo y físico en el que hoy nos encontramos reunidos. La diversión, el tiempo ilimitado, la libertad de escucha, la argumentación y la autoridad de la palabra eran condiciones que no existen en conjunto dentro del contexto universitario contemporáneo, más que en pequeñas escisiones, aunque pretendamos la integralidad en la educación. Sin embargo este es un examen exhaustivo que ninguna entidad universitaria estaría en condiciones de satisfacer o si quisiera responder. Por tanto, ¿la Universidad debe ser divertida, inútil y ociosa3?. Sí lo debe ser, y algunas cosas más.
Las cosas más de la Universidad son las que está desarrollando actualmente con una alta incidencia. La profesionalización y la extensión de la técnica a una amplia gama de espacios de la vida cotidiana es un encargo del cual está dando buena cuenta la Universidad. Pragmáticamente este tipo de tarea define una parte de lo que es esta institución actualmente y no se puede negar a pesar que podamos proyectar otros imaginarios acerca de lo que debe y puede ser. En este sentido la Universidad responde al principio de razón, es decir, a la socialización de una parte de la población en los argumentos provenientes de la razón académica para que sean utilizados en espacios de la vida cotidiana que así lo requieran. El saber cotidiano no es suficiente ni válido para una amplia gama de demandas que sólo pueden ser satisfechas por el conocimiento del experto, por el conocimiento de quien ha sido ritualizado e investido de argumentos verdaderos. La Universidad que profesionaliza explica racionalmente la tecnificación de la cotidianidad y mediante un código de procedimientos da cuenta de un buen número de eventos en los más diversos campos del saber. No hace falta investigar ni razonar para conocer. Lo importante es explicar racionalmente los fenómenos que se enseñan, para que posteriormente puedan ser reproducidos en prácticas que delimitan una profesión o un oficio.
Un ejercicio y una demanda bien diferente es que la Universidad responde del principio de razón. Sobre este elemento Derrida despliega buena parte de su texto. El autor sostiene que este encargo consiste en la búsqueda de las raíces, de las causas, de la comprensión de los efectos. Pero mal haríamos si dedujéramos que se trata de la explicación lineal y causalista a la que perversamente nos tiene acostumbrados la práctica de la ciencia moderna. Interpreto que Derrida nos propone un círculo comprensivo, reflexivo que piensa reiteradamente sobre un objeto que le interesa, sin más pretensión que conocerlo, que aprehenderlo, que crearlo. No importa si el conocimiento es útil, técnico o no. Lo importante es que se hace uso de la razón, se cuestiona, se debate, se recrea, se hace filosofía. Se ama el conocimiento por el conocimiento mismo sin más preguntas que las que emergen del debate, del objeto, por puro placer. En pocas palabras estamos hablando la investigación. Con este marco, la institución del conocimiento ha querido dar cuenta del proceso a través del cual se consiguen todas estas características frente a lo cual no es claro si se trata de un propósito posible, al menos desde las características de la razón y no desde los argumentos técnicos que la sostienen.
Una característica de la responsabilidad del principio de razón en la Universidad es que no puede dar cuenta de sí mismo más allá de sus propios laberintos. En esto Derrida es bastante claro y declara:
“¿Nos las tenemos que ver aquí con un círculo o con un abismo? El círculo consistiría en dar razón del principio de razón , en recurrir a él para hacerle hablar de sí mismo en el momento que como señala Heidegger, el principio de razón no dice nada de la misma razón. El abismo de la sima, la garganta vacía, serían la imposibilidad para el principio de fundamento de fundarse a sí mismo. (...) ¿La razón de la razón es racional? ¿Es racional inquietarse acerca de la razón y de su principio?”
La inquietud de Derrida acerca de si la racionalidad puede dar cuenta de la razón está en el centro de las prácticas de la Universidad cuando un iniciado pretende satisfacer el ritual de paso para ser graduado. ¿Es capaz el iniciado de responder racionalmente de un proyecto que debió construir desde la razón?. ¿Importa poco o mucho el círculo reflexivo que el iniciado haga en torno a un objeto de interés particular?, o ¿debe dar cuenta del mecanismo racional por el cual se construyeron argumentos que deben ser verdaderos y racionales?. ¿Acaso rendir cuenta del método es rendir cuenta de la razón?. Considero que no. Una cosa es responder al principio de razón en cuyo caso los proyectos de los iniciados deberán satisfacer condiciones técnicas, y otra muy diferente es dar cuenta del principio de razón por el cual el iniciado muestra los productos de su reflexión, de sus elucubraciones racionales, en cuyo caso será imposible satisfacer a un jurado que pregunte por las condiciones técnicas de las conclusiones. Evidenciar el proceso de raciocinio no supone satisfacer las condiciones de los consejos sacerdotales en los que los iniciados defienden sus razones. Lo importante es que los iniciados sean capaces de producir pensamiento, de desterritorializar la técnica, de ampliar los márgenes de conocimiento. No obstante los rituales de paso a una tribu deben asegurar que los miembros hagan parte de esa tribu y por ello mismo no están muy dispuestos a flexibilizar la irracionalidad de algunas de sus razones.
Las demandas de razón a la razón no son otra cosa que el dispositivo moral del conocimiento. La razón funciona por sí misma y se despliega hacia un conjunto de espacios en los que se construyen artilugios técnicos a través de los cuales sabemos que nos estamos vinculando con ella. Así pues sostener que la razón no puede dar cuenta de la razón, es semejante a pensar cuál es la religión de Dios, o cuál es su dios? Sencillamente es Dios. Sencillamente es la razón. Así pues, no podemos menos que comprender que una dimensión es la razón y otra la racionalidad que empleamos para comprenderla y explicarla dentro de las prácticas disciplinares impuestas para ejercerla; lo cual ya es contra-racional.
La respuesta al o del principio de razón por parte de la Universidad, al menos de la Universidad moderna, se refleja en su preocupación por la investigación. Si la razón es capaz de producir, ¿cuál es el procedimiento a través del cual esto es palpable?. La investigación parece ser la respuesta. Una Universidad que investiga responde del principio de razón, trasmite con base en la razón, al tiempo que satisface la demanda ubiquista de su contexto. La Universidad debe pensar e investigar. Una sola de estas tareas no la definen como tal, debe satisfacer ambas. De nuevo, emerge una nueva dicotomía que complejiza el panorama y que es ampliamente utilizada en las políticas administrativas de la Universidad y las entidades estatales que promueven la investigación. Quien investiga ¿produce conocimiento básico o aplicado?. O en las palabras de Derrida, ¿se trata de investigación finalizada o fundamental?
Derrida no resbala en el abismo que supone mantener la dicotomía investigación finalizada o fundamental, pero sí la señala. Este señalamiento nos permite reflexionar acerca de las prácticas que nos definen como investigadores y el tipo de ejercicios que llevamos adelante en ese uso de la razón. Quiero llamar la atención es sobre las características de la investigación finalizada, porque suelen ser los criterios a partir de los cuales se miden y evalúan las propuestas y los resultados de los proyectos.
En primer lugar la investigación finalizada es autoritariamente programada. Siempre he pensado en la imposibilidad de definir el plan a seguir en el curso de una investigación. Establecer un cronograma es apenas un distractor que satisface las demandas del Gran Hermano que vigila la administración de fondos para la investigación, pero que pocas veces es capaz de responder a las demandas que impone un objeto de estudio. Si lo estamos estudiando es porque justamente no conocemos la manera como se comporta tal objeto, por tanto resulta paradójico dar cuenta de él, antes de haberlo explorado. Sin embargo la investigación debe ser un ejercicio programado, bastante lejano del ocio y el divertimento de la razón sobre la cual se construye conocimiento.
En segundo lugar la investigación finalizada tiene un alto componente aplicado. Los resultados de la investigación deben ser útiles para algo porque de otra manera se considera que los recursos invertidos se han perdido si no hay forma de revertirlos en productos funcionales. ¿Para qué sirve? Esta es la pregunta que emana del dispositivo de control que autoriza o no la asignación de presupuestos, de tiempos, de espacios y de evaluadores. El conocimiento útil es apenas una parte del desarrollo intelectual al que la Universidad se ha plegado, porque el conocimiento ya no es placentero por sí mismo, sino que es útil. ¿Qué podemos decir de la teleología de la razón? Se trata de la utilidad como lo pretende la Universidad actual, o del ejercicio filosófico capaz de construir mundos de acción, algunos de los cuales nos pueden llevar al escenario técnico? Este punto, de nuevo riñe con la idea que el ejercicio de la razón debe ser inútil.
Por su parte la investigación fundamental se parece mucho más al cultivo de la razón del que hablé al comienzo del segundo parágrafo. Se trata de una investigación desinteresada, con vistas a aquello que, de antemano, no estaría destinado a ninguna finalidad utilitaria. ¿Está la Universidad en condiciones de apoyar e impulsar la investigación de tipo fundamental?. ¿Qué beneficios le reporta? ¿Es más Universidad a través del fomento de este tipo de investigación?. ¿Puede promover la Universidad la inutilidad y la lúdica de la razón? Sin duda sería una Universidad mucho más interesante que pocas cuentas tendría que rendir de la calidad de sus productos, sino de las condiciones de posibilidad para que éstos se puedan generar. Si el conocimiento es un bien inacabado, en construcción, entonces estamos en pocas condiciones de demandar algún tipo estándar de calidad más allá que las oportunidades para que éste se dé.
Ahora bien, si Derrida no cae en el abismo de la dicotomía finalizada-fundamental, sí nos permite señalar la tendencia de la Universidad actual, al menos desde la práctica que desempeñamos. Es difícil sostener que la Universidad esté interesada por la investigación fundamental, o por ejercicios de la razón que estén atravesados por la lógica lúdica del pensamiento. Basta con mirar los formatos para la presentación de proyectos de investigación de las entidades del Estado y de los cuales nos alimentamos, para darnos cuenta de este fenómeno. El dispositivo de la funcionalidad y la productividad encubren la preocupación por el conocimiento fundamental, lúdico, inútil e improductivo. De la misma manera que las empresas exitosas los investigadores deben producir resultados año tras año, libros, artículos, investigaciones, como si de una línea de producción industrial se tratara, con apenas tiempo para reflexionar sobre su quehacer e intereses. ¿Acaso Leonardo, Dante, Piaget, Rogers, Einstein, Skinner o Freud hicieron parte de sistemas nacionales de ciencia y tecnología, programados para el desarrollo y la industrialización? Justamente, considero que por estar fuera de estos territorios les fue posible pensar. ¿Se trata acaso de una maldición por estar inmersos en este sistema?. No lo sé y pocas veces lo había pensado así. Sin embargo es parte de lo que se puede deducir del ejercicio de razón que estoy llevando a cabo. No obstante también he de reconocer que me encuentro en medio de estas paradojas, frente a un espejo de prácticas a las cuales pertenezco y de las que ahora mismo me cuestiono.
Pero Derrida no cae en el abismo de la dicotomía porque cuando se refiere al conocimiento de la investigación fundamental sostiene que de antemano no estaría destinado a ser útil. ¿Esto quiere decir que todo conocimiento es útil?. Lo es, pero no siempre en el plano técnico. La sociología del conocimiento desde la década de 1950 viene proponiendo que todo conocimiento tiene un anclaje social y que éste no habla solamente de los objetos que estudia sino también de las condiciones de contexto en que se produjo. Además, por tratarse de un producto social, el conocimiento está en condiciones de alterar las prácticas relacionales de las personas que entran en contacto con él. Es decir, se trata de conocimiento derivado de investigación finalizada o fundamental que está en condiciones de alterar las condiciones sociopolíticas del contexto en el que emerge y al que se proyecta. El conocimiento siempre es referente para la acción, otra cosa es que se pueda instrumentalizar en dispositivos técnicos y productivos, momento en el cual inclinaríamos la balanza hacia la investigación aplicada o finalizada. Cuando el producto de la razón es un conocimiento particular –pocas veces es universal en relación con un objeto- siempre está en condiciones de alterar el contexto. En este sentido los analistas del discurso o los analistas conversacionales, al tiempo que los etnógrafos dan buena cuenta de este principio. O ¿acaso de dónde obtienen información los asesores de imagen o los analistas políticos, si no de los conocimientos inútiles que hablan de los gustos de la gente?
Los argumentos de Derrida concuerdan con las razones desplegadas por autores de la sociología del conocimiento que sostienen que no se puede distinguir entre lo tecnológico por una parte y lo teórico, lo científico y lo racional por otro. Así, a Universidad responde al y del principio de razón. Lo que no puede hacer es privilegiar a uno sobre el otro. Los productos racionales de la Universidad son, o deben ser, híbridos en los que sea difícil distinguir los intereses funcionales en la producción de conocimiento y en el ejercicio de la razón. No privilegiar el tipo de conocimiento que emerge de las prácticas de la razón en la Universidad es el privilegio del cual podemos disfrutar los universitarios. Una posible premisa en este ejercicio es que lo único universal es la razón, mas no necesariamente las conclusiones que de ella se derivan. En este sentido la Universidad debe acoger y promover el ejercicio ocioso de la razón cuyos resultados ya hemos visto que pueden ser diversos.
Los productos híbridos de la razón, sin pretensiones de compartimentos, utilidades prescritas o de programas definidos de producción, son los que permiten la constitución de las comunidades de pensamiento. Una de las características de estas comunidades, tal como lo propone Derrida, es la omisión de las diferencias entre los dos modelos de investigación arriba debatidos. La defensa a ultranza de los principios de una u otra, no son más que una barrera, que no pertenece a la Universidad, que se impone en ella detrás del escudo de la razón. Son diversos los dispositivos que ocultan e impiden que la razón emerja más allá de los métodos y procedimientos estandarizados en los que supuestamente élla se encuentra objetivada. Derrida describe con claridad algunas de estas prácticas:
“Plantear estas nuevas cuestiones puede, a veces, servir para proteger algo de lo que, en filosofía y en las humanidades, siempre ha opuesto resistencia a la tecnologización: puede asimismo conservar la memoria de aquello que está mucho más oculto y es mucho más antiguo que el principio de razón. No quieren saber cómo se ha construido su disciplina, sobretodo en su forma profesional moderna (...) Se ve claramente de qué lado acechan el oscurantismo y el nihilismo cuando a veces grandes profesionales o representantes de instituciones prestigiosas pierden toda medida y todo control; entonces olvidan las reglas que pretenden defender en su trabajo y se ponen de pronto a lanzar improperios a decir cualquier cosa sobre textos que, a todas luces, no han abierto nunca o que abordan por medio de ese mal periodismo que, en otras circunstancias, despreciarían ostensiblemente”
Luego de haber leído el párrafo anterior por primera vez, me preguntaba si es posible constituirnos en una comunidad de pensamiento, mas allá de un grupo de profesores contratados por una universidad. Se trata de hacer frente a los fantasmas que nos acechan y con los cuales hemos desempeñado de una u otra manera nuestra labor por algunos años. Un primer ejercicio es estar pensando en este tipo de cuestiones, de lo que aparentemente es obvio, pensando en lo que está, en lo que tenemos y en lo que se nos ofrece como la mejor manera para hacer universidad. La discusión es ya una práctica, y el pensamiento ocioso, la especulación, el divertimento y la argumentación deben estar en el centro de nuestro quehacer. Bien sostiene Derrida que se haría justicia a trabajos acerca de la insistencia en lo fundamental, acerca de la oposición a la finalización, acerca de los ardides de la finalización en todos los ámbitos.
En ocasiones me pregunto por las condiciones que han de estar presentes en los investigadores para no aparentar con actitudes progresistas banales. En este tipo de actitudes la preocupación por la racionalidad es superior que la preocupación por la razón, por la lógica de construcción de un argumento. Poco y nada importa si se sigue o no una línea de pensamiento, cuando lo importante es que se está pensando. No es acaso esta una de las misiones de la Universidad? . Acudo de nuevo a las palabras de Derrida para exponer este punto porque expresa claramente el territorio que debe abandonar la Universidad si se quiere convertir en una institución capaz de promover el pensamiento híbrido.
Hablando de la Universidad moderna, sostiene que
“No se cuestionan jamás la normatividad científica, empezando por el valor de la objetividad o de la objetivación, que regula y legitima su discurso. Cualquiera que sea su valor científico, y puede ser grande, estas sociologías de la institución siguen siendo en este sentido intra-universitarias, siguen estando controladas por las normas más arraigadas e incluso por los programas del espacio que pretenden analizar. Esto se reconoce, entre otras cosas, en la retórica de los ritos, en los modos de presentación, o de demostración que continúan respetando (...) El paisaje académico los acoge más fácilmente en su economía, en su ecología; en cambio acogen con mucho más temor, cuando no es que excluye sin más, a aquellos que plantean preguntas que están a la altura de dicho fundamento o no-fundamento universitario”
Así pues para concluir, me inquieta la posibilidad de mantenerme territorializado en los predios del pensamiento dicotómico, productivo, finalizado y racionalizado. Me seduce la pertenencia a una comunidad de pensamiento capaz de pensar en la nada de la razón y el todo de su fuerza. Capaz de disfrutar ociosamente del pensamiento vacío y de los resultados totales que de él pueden esperarse en un momento de lucidez. La construcción de una comunidad de pensamiento en la Universidad pasa necesariamente por la disposición de sus elementos para estimular pensamiento inútil al lado del saber técnico. Y no hablo de las condiciones de una formación integral. Me estoy refiriendo a las condiciones de la máquina de conocimiento universitaria, y no a las de la máquina de reproducción universitaria. Una comunidad de pensamiento supone ahondar en las artes, en las técnicas, en la filosofía e incluso en las propias incapacidades y mezquindades humanas, porque quizá sean las que mejor hablen del humanismo. En pocas palabras, una Universidad capaz de satisfacer el criterio ubiquista, no a través de la división entre facultades, sino por el ejercicio integrado de la razón de sus miembros.
Bucaramanga, 7 de febrero de 2005.
Cargnolini, M. (2004). Un Mundo de Fantasmas y Huellas sin Origen. La Nación, 17 de Octubre.
Derrida, J. (1997). Las Pupilas de la Universidad. El principio de Razón y la idea de Universidad. En: Derrida, J. (Selección de textos). Cómo no hablar y otros textos. Barcelona: Proyecto A.