Untitled Document Athenea Digital. número 8- Otoño 2005

Aguilar, Miguel Ángel; Sevilla, Amparo; Vergara, Abilio (Coords.) (2001)
La ciudad desde sus lugares. Trece ventanas etnográficas para una metrópoli. México: Editorial Miguel Ángel Porrúa. Universidad Autónoma Metropolitana. Conaculta.

ISBN: 970-701-181-5



Mª Carmen Peñaranda Cólera
Departamente de Psicologia Social. Universitat Autònoma de Barcelona
MariaCarmen.Penaranda@uab.es

 

El título del presente libro ya nos da muchas pistas sobre qué vamos a encontrar en su interior: lugares, ciudades, ventanas, etnografías… Pero intentemos ordenar estas palabras para descubrir lo que nos ofrece el siguiente texto.

La ciudad desde sus lugares. La ciudad objeto de nuestra mirada y de nuestra lectura es la Ciudad de México. México DF es una de las ciudades más grandes del mundo, inabarcable con nuestra mirada (ni siquiera desde la Torre Latinoamericana o desde La Villa), atravesada por la historia (de conquistas, reconquistas, revoluciones e independencias), que se debate entre el pasado y el presente (como veremos en algunos de los trabajos que se presentan en este libro) pero sin dejar de mirar al futuro. La propuesta de este texto es, justamente, mirar esta ciudad. Mirar la ciudad desde los lugares que la conforman y que la constituyen, pero no sólo en un sentido físico y/o geográfico, sino en un sentido simbólico, es decir, desde las prácticas de las personas que los habitan y a partir del sentido que les ortogan, enfatizando, sobre todo, en las interacciones y relaciones que se establecen entre los mismos.

Trece ventanas etnográficas para una metrópoli. Las ventanas nos permiten mirar lo que acontece afuera (en el caso de que estemos dentro) o lo que pasa dentro (en el caso de que estemos en el exterior). Es decir, las ventanas son como especies de pantallas desde las que “espiar” al vecino o vecina, observar al/a la transeúnte o vigilar a los/as niños/as que juegan en el parque que se ve desde nuestra casa. En este libro, los/as autores/as nos presentan trece ventanas o, por decirlo de otro modo, trece miradas. Trece miradas de trece lugares. Pero no son miradas cualesquiera. Son miradas etnográficas, es decir, observaciones que lo/as diferentes autores/as han llevado a cabo de diferentes espacios, complementadas en algunos casos por entrevistas a los/as habitantes y/o participantes de/en dichos lugares. Miradas etnográficas que nos muestran, como apunta Abilio Vergara (pp. 8), “las vidas de los actores sociales construyendo diferentes espacios y temporalidades, los diversos signos (visuales, sonoros, olfativos y táctiles) que no solamente organizan la percepción sino contribuyen, con diferenciado poder, a construir el mundo que nos rodea y establecen una especial relación con el exterior, caracterizando los lugares, a veces instituyéndolos”. Los diferentes textos que conforman este libro son, como ya he apuntado, miradas etnográficas y, con frecuencia, se asemejan a los propios diarios de campo elaborados durante la observación etnográfica, por la especificidad de los detalles, por la belleza de los relatos, por la reproducción de los espacios, de los olores, de los colores… por la sensación de “yo he estado ahí” que queda tras la lectura. Esto no quiere decir que se limiten a una mera descripción de los lugares. Las descripciones están acompañadas de análisis que ponen en juego elementos como la construcción de los lugares, la importancia de la dimensión sociohistórica de los espacios, la conformación de identidades y de pertenencias sociales, la apropiación de los espacios, las dinámicas de establecimiento de vínculos y relaciones que posibilitan la edificación de redes sociales, etc.

En las distintas etnografías, aparecen elementos comunes. Ya he mencionado antes que parece que cada uno de los capítulos reproduce, en cierto modo, la filosofía del diario de campo. En este sentido, encontramos que cada uno/a de los/as autores/a presentan los lugares objeto de sus análisis en las delegaciones, colonias y/o barrios en los que están inseridos, de manera que se crea un contexto en el que reconstruir el sentido del propio lugar. Del mismo modo, los diferentes capítulos se caracterizan por ofrecer descripciones de estos lugares, de los objetos y/o elementos propios y/o característicos de cada lugar (la música, la navaja y las tijeras del peluquero, las yerbas y los amuletos, etc.), de las prácticas más comunes y habituales que se llevan a cabo, etc. Con estas descripciones se consigue reproducir, con todo lujo de detalles, los lugares que se están mirando, recurriendo en ocasiones a la comparación con otros lugares similares (el salón de baile y el cabaret, la peluquería y la estética, la plaza pública y el centro comercial, etc.) pero cuya diferenciación enfatiza todavía más las características propias de cada uno de los espacios.

Varias son las preguntas que atraviesan el libro: ¿Son los lugares estructurantes de la ciudad? ¿Son las relaciones sociales estructurantes de los lugares? ¿Son los espacios urbanos generadores de identidades? o ¿las personas que habitan estos espacios ya tienen una identidad previa que representan en cada uno de estos lugares? “Estar” y participar en un espacio urbano, ¿son formas de habitar, vivir y “hacer” la ciudad? En los diferentes capítulos encontraremos algunas respuestas, al tiempo que surgen nuevas preguntas a partir de las especificidades de los lugares.

Ya he comentado que la identidad es una constante en las diferentes aproximaciones a los espacios de la urbe. Es decir, las etnografías de los lugares de la ciudad son un intento por conocer los procesos de construcción de la identidad urbana, pero no tanto como puntos hacia los que mirar, sino entendiéndolos como lugares desde los que se opina, se experimenta y se mira la ciudad. Como apunta Vergara (pp. 7), “los lugares son, en este caso, el pre-texto para perfilar mapas urbanos, que quizá indiquen nuestra propia tendencia a asirnos de signos y referencias para organizar nuestras formas de apropiarnos e imaginar la ciudad de México”. Apropiación del espacio e imaginarios sociales, dos conceptos que también atraviesan los diferentes trabajos y que dan cuenta de las estrategias utilizadas para dar sentido y construir significados colectivos de los lugares observados.

Otra de las constantes que atraviesa los diferentes textos es la de ver cómo estos espacios se han convertido en lugares en el sentido antropológico. Por ello, las diferentes etnografías intentan indagar en las características que hacen que un lugar sea considerado antropológico. Indagan, por tanto, en su historia, en las relaciones que se producen en su interior y en la construcción de identidades. Como apunta María Ana Portal (pp. 240), “el territorio no es sólo una determinante geográfica, es fundamentalmente una construcción histórica y una práctica cultural que se recrea en la memoria de los individuos. La identidad de los sujetos que habitan en la urbe se construye pues en un complejo tejido de significados anclados a múltiples espacios locales por los que transitan”.

A continuación, pasaré a comentar brevemente los lugares abordados desde la mirada etnográfica. Para ello seguiré la propia clasificación propuesta por los/as autores/as del libro que dividen las etnografías en dos grupos: en primer lugar, los lugares del cuerpo donde se exploran espacios destinados al entretenimiento, la exposición y/o preparación del cuerpo y, en segundo lugar, espacios comerciarles, histórico-recreativos y relacionados con la vivienda. La referencia a cada uno de los capítulos no pretende ser, ni mucho menos, exhaustiva. Simplemente pretende recoger algunas de las ideas que considero más relevantes e interesantes de cada una de estas miradas. Es decir, no pretenden ser más que “probaditas” que animen al/a la lector/a a leer el texto completo y, por qué no, a hacer un interesante ejercicio de imaginación y “traducción” de estos lugares a otros lugares, los que conforman las ciudades en las que cada uno/a de nosotros/as vivimos.

Lugares del cuerpo

Bajo este epígrafe nos encontramos varios textos que exploran espacios destinados al entretenimiento, exposición y/o preparación del cuerpo. Estos espacios van desde lugares donde la música se articula como referente (salones de baile, y un par de antros – discotecas), pasando por una peluquería hasta llegar a un mercado donde venden productos “esotéricos”. Comencemos el paseo a través de estos lugares.

“Quien no conoce Los Ángeles no conoce México” y “dos pasos pa’lante y uno pa’tras”

La primera parada de nuestro recorrido la hacemos para visitar uno de los lugares más tradicionales de México. Me refiero a los salones de baile. Espacios que reúnen a personas que comparten el gusto, el placer y, hasta cierto punto, la “adicción” por el baile. Amparo Sevilla nos presenta dos de estos salones de baile: Los Ángeles y Aditec: Sociales Romo. Estos salones de baile se caracterizan por tener música de orquesta en directo (aunque en Aditec también tienen permiso para intercalar música grabada) y porque la permanencia en el mismo requiere del pago de la entrada sin necesidad de consumir nada más. Este es uno de los motivos por los que los salones de baile están “en crisis” ya que los beneficios obtenidos por la venta de entradas (y en menor medida, de la venta de refrescos y dulces) son muy reducidos.

La apropiación del espacio que opera en el salón Los Ángeles tiene que ver con ciertos valores y jerarquías sociales, que no hacen referencia al nivel económico, sino al tiempo de asistencia al salón y a la habilidad y/o destreza para el baile. El prestigio que adquieren los/as asiduos/as y buenos/as bailadores/as se refleja en la ocupación del espacio, siempre cercano a la orquesta. Ser un/a cliente asiduo/a de este salón ha significado también, para un amplio sector de los/as migrantes a la ciudad de México, una forma de apropiación cultural que contribuye a la construcción de pertenencias urbanas. Es decir, el consumo de un espacio como el del salón Los Ángeles brinda entre estos sectores la sensación de integración a la vida de la capital.

En el capítulo dedicado al salón Aditec, encontramos una referencia clara a la consideración de este espacio como lugar antropológico, donde se articulan diferentes aspectos que participan en la configuración de identidades. En este sentido, la música afrocaribeña y tropical se erigen como generadoras de sentimientos de pertenencia social. Este salón de baile se articula, además, como un espacio de convivencia social, es decir, como espacio de establecimiento y consolidación de relaciones sociales. Al mismo tiempo, el tipo de ambiente (el trato amable, la buena atención por parte de los/as empleados/as y empresarios/as, etc.) incide en la configuración de las identidades, creando entre los/as clientes y meseros un ambiente de familiaridad.

En ambos salones los/as asistentes experimentan una comunión en torno a la realización de la práctica cultural del baile que se significa como central en su vida cotidiana. Un ejemplo de ello sería el desconcierto que genera en los/as clientes de Los Ángeles la posibilidad del cierre del salón. Los salones de baile, por tanto, no sólo son espacios en los que se participa a través del baile, sino que destaca también la apropiación que se ha hecho del espacio, impregnándoles de cierta familiaridad, convirtiendo este espacio en una especie de extensión de sus casas.

De los skándalos del Alicia a la apropiación de La Lilí

Siguiendo con la relevancia de la música como eje sobre el que se construye el espacio y, por ende, la identidad, nos adentramos de la mano de Edgar Morín en El Alicia y de Mauricio List, en Lla Lilí.

El Alicia es un “antro” frecuentado por skaseros/as (seguidores/as de la música ska) en el que, a partir y a través de la música se refuerzan y configuran identidades colectivas e individuales. Este es uno de los escenarios de la ciudad donde los skaseros/as (entre otros grupos sociales) ponen en escena las propiedades identitarias de la música. Como apunta Edgar Morín (pp. 101), “la música adscribe y en el lugar antropológico se escenifica”.

Por otro lado, la apropiación de un espacio como La Lilí por parte de individuos gay, lo ha convertido en un espacio de referencia para este colectivo. En este espacio, la música también se articula como característica que motiva la socialidad ya que, como apunta List (pp. 145), “la sinfonola (1) democratiza la selección musical al permitir que sean los propios parroquianos quienes decidan qué es lo que van a escuchar o bailar dentro de los límites impuestos por el contenido de la sinfonola”. Este espacio se ha convertido en un lugar de establecimiento de vínculos y redes sociales para el colectivo gay, ya que las dinámicas que se dan en su interior facilitan enormemente el contacto, la plática y el establecimiento de contactos.

En ambos espacios la música adquiere un papel fundamental en la conformación de referentes, aunque genera dinámicas y prácticas distintas. Mientras que en El Alicia, la intensidad de la música y del ritmo es fundamental para experienciar y “escuchar con el cuerpo” y bailar frenéticamente, en La Lilí, la música y el baile son generadores de un ambiente grato para la diversión y la plática, ambiente que posibilita construcción de relaciones amicales y/o afectivas.

“Cortes para puros hombres” en Peluquería Marroquín

Hay espacios que pueden caracterizarse como femeninos y/o como masculinos. A partir de esta idea, Ernesto Licona nos explica cómo a partir de una geografía masculina o femenina, podemos observar la construcción de la identidad genérica. Un ejemplo de estos espacios masculinos es la peluquería y, para ser más exactos, la peluquería Marroquín, espacio urbano tradicional donde se lleva a cabo el arreglo del cabello “para puros hombres” (a diferencia de las estéticas) y donde se “hace el corte bien”, motivo por el cual sus clientes siempre regresan. Por lo tanto, las dinámicas que se dan en el interior de la peluquería Marroquín, como veremos, lo constituyen como un espacio masculino, donde se comparten una serie de rasgos que estructuran su identidad masculina (gusto por el pelo corto, el alcohol, la afinidad al trabajo, la sexualidad metaforizada por el lenguaje compartido, etc.), y donde la mujer queda excluida de forma directa.

La peluquería parece “el lavadero de los hombres”, apunta una de las mujeres entrevistadas. Y es que en esta peluquería no sólo se “corta bien el pelo para puros hombres”, sino que la propia peluquería se ha articulado como un lugar de encuentro y reunión para los hombres del barrio. En este sentido, las fronteras entre lo público y lo privado quedan relativizadas y, nuestro peluquero (que conoce a la perfección la vida de la colonia, de sus chismes, de sus anécdotas) se erige como anfitrión de un lugar donde sus clientes y amigos se juntan para platicar, discutir, chismosear y establecer, de esta forma, vínculos. Las pláticas y la estancia en la peluquería se puede alargar horas, amenizadas siempre por la radio y, cuando hay partidos de fútbol importantes, por la televisión que el mismo peluquero trae a la peluquería con el objetivo de compartir el juego y convivir en torno a él. La peluquería, por lo tanto, se convierte en un lugar de reunión y de establecimiento de relaciones de amistad.

Entre males, curaciones, yerbas y amuletos

El último recorrido de esta primera parte, hace parada en el Mercado de Sonora. Judith Katia Perdigón nos relata cómo este mercado es un lugar particular donde venden artesanías, juguetes, animales, adornos, etc. Pero lo que caracteriza realmente a este mercado es la venta de elementos esotéricos y productos relacionados con el culto y la magia. Productos que nos muestran un gran sincretismo cultural, por la variedad de sus procedencias: desde elementos propios de la religión católica, pasando por religión africana yoruba (santería, vudú, etc.), el hinduismo, el budismo, y hasta llegar a diferentes culturas aborígenes norteamericanas. Esta hibridación cultural, de creencias y de prácticas nos remite al mestizaje, a la mezcla, produciéndose una ruptura en la tradición al tiempo que la refuerza y le da continuidad a partir de esta acumulación de conocimientos y símbolos.

Es interesante ver cómo a partir de las prácticas que se dan entre vendedores/as y compradores/as se produce una redefinición de sus roles e identidades en escena. De esta forma, el/la vendedor/a pasa a convertirse en curandero y, el/la comprador/a, en paciente. De todos modos, el mercado de Sonora remite constantemente a la otredad misteriosa, que atrae al tiempo que infunde cierto temor. Esta otredad está relacionada con lo sobrenatural, al tiempo que la relación, en un principio mercantil, se transforma en una relación simbólica de forma rápida (de cliente a paciente).

Lugares comerciales, recreativos, residenciales y religiosos

En este segundo apartado nos encontramos con algunos lugares comerciales (principalmente con plazas comerciales), con lugares vinculados al ocio y/o aspectos recreativos (como los salones de billar o el parque de Chapultepec), con espacios residenciales (de viviendas multifamiliares) religiosos (como el templo de San Hipólito).

Del centro histórico de Tlalpan al centro comercial Cuicuilco

El primer recorrido de esta segunda parte lo comenzamos con una etnografía comparativa de la mano de María Ana Portal. Esta etnografía comparativa, entre el centro histórico de Tlalpan y el centro comercial Cuicuilco, da cuenta de las formas de construcción de la multicentralidad urbana en su versión periférica en el sur de la ciudad de México al tiempo que expone las contradicciones entre la tradición y la modernidad.

El centro de las ciudades siempre se ha articulado como un lugar emblemático, de identificación colectiva por excelencia. Cuando visitamos cualquier ciudad del mundo, es casi obligado visitar su centro. Como apunta María Ana Portal, todo/a visitante se ubica a partir del centro y desde allá traza sus recorridos que le permiten explorar la ciudad visitada. El crecimiento urbano y las transformaciones actuales están generando un doble proceso: un proceso de descentralización o pérdida del centro (como ocurre con Tlaplan, que pasa de ser centro a ser periferia de la ciudad) y un proceso de multiplicación de los centros urbanos (donde el centro de Tlalpan tendrá que compartir su centralidad con otros centros, entre otros, con la Plaza Cuicuilco). Estos múltiples centros urbanos surgen a partir de necesidades económicas, culturales, políticas e históricas que difieren, en cierta medida, de las que envuelven al centro de la ciudad. Esta pérdida del centro y la consecuente construcción de centros locales representativos, en torno a los/as cuales se vive la cotidianeidad, pone en cuestión la relación centro – periferia y la interacción entre lo tradicional y lo moderno. Esto es justamente lo que se pretende en este trabajo: explorar cómo se constituye históricamente la multicentralidad urbana o cómo los antiguos centros se convierten en periferias, e indagar sobre las intersecciones entre lo tradicional y lo moderno, a través de las cuales los habitantes del lugar ordenan su espacio físico y simbólico. Para ello, la autora se centra en “dos centros”: el centro de Tlalpan, centro cargado de historia específica, y la plaza Cuicuilco, centro de aparición reciente bajo el prisma del consumo.

El carácter abierto, heterogéneo y multifuncional (frecuentado por jóvenes, viejos, parejas, mujeres, niños/as, familias, etc.) del centro de Tlaplan, ideado desde la lógica del peatón (que permite ser caminado y paseado), sugiere múltiples significados y referentes identitarios que pueden ser aprehendidos por todo/a aquel/lla que se acerque a dicho espacio. Estos referentes identitarios no se construyen a partir de parámetros de consumo, sino que la pertenencia tiene más que ver con lo tradicional y con el valor del propio patrimonio histórico. Es por este motivo, que la historia se articula como un elemento identitario en el centro de Tlalpan, en torno al cual se ordena y se construyen los referentes. Plaza Cuicuilco, en cambio, se articula como espacio cerrado, homogéneo y pensado desde la lógica del automóvil y la seguridad. Aún siendo un espacio público, predomina su carácter privado o privatizado, con una normatividad que prohíbe y prescribe acciones, donde impera una lógica mercantil y de consumo. Es esta lógica del consumo (ropa de moda, tipo de música, etc.) la que reproduce los esquemas de pertenencia y la que conforma el divertimento, el ocio y el tipo de relaciones sociales y afectivas que se establecen. Estos parámetros de consumo, reconocidos colectivamente, generan referentes identitarios, como nos muestra el colectivo de jóvenes de clase media y alta que han convertido este espacio en su lugar de reunión y socialización. En Plaza Cuicuilco, la historia es un elemento ornamental y de consumo más y, aunque pretende la legitimación desde la noción de “tradición”, ésta se presenta de forma descontextualizada ya que hace referencia a un elemento histórico particular, la fábrica, pero como parte de la decoración del lugar.

Plaza Satélite y Plaza Universidad. Otras formas de “hacer” ciudad

El segundo recorrido lo hacemos por dos centros comerciales: Plaza Satélite, de la mano de Maritza Arteaga e Inés Cornejo, y Plaza Universidad, de la mano de la segunda.

Ambos espacios responden a una lógica imperante que pretende incorporar formas y estilos de consumo estadounidenses en la vida urbana de la clase media mexicana. Aunque en este momento nos centramos en la ciudad de México, esta lógica se está imponiendo en ciudades de todo el mundo. Estos centros comerciales, que están desplazando a las plazas públicas, parques, etc. como lugares de reunión, están resignificando el uso de los espacios urbanos, constituyéndose como lugares de encuentro, de socialidad, etc. Ambos lugares surgen asociados a la idea de plaza pública, bajo el prisma de la seguridad, de la comodidad y, como no, del consumo.

En el primer trabajo, Arteaga y Cornejo se aproximan a Plaza Satélite como espacio que posibilita la socialidad juvenil, entendiéndolo como lugar de interpelación cultural juvenil de clase media urbana. Diferentes grupos y/o tribus juveniles se reúnen en Plaza Satélite para ir al cine o “vitrinear” (2) , convirtiéndose en un lugar de encuentro donde se construyen redes horizontales de solidaridad. En este sentido, este centro comercial podría entenderse como un lugar de construcción de un estilo de vida clasemediero, donde estos/as jóvenes se sienten partícipes y encuentran la forma de vincularse a la sociedad mayor. Es decir, un escenario social para la construcción simbólica de su pertenencia a la metrópoli contemporánea.

En el segundo trabajo, que guarda relación con el primero, Cornejo se pregunta por la posibilidad de si “estar” en un centro comercial pueda significar una forma de “habitar” y “vivir” la ciudad. Esta autora apuesta por entender los centros comerciales no sólo como centros de consumo, con un carácter mercantil, sino que apuesta por su carácter simbólico y cultural, a partir de las prácticas culturales del “vitrineo”, de la apropiación del territorio y de los vínculos que se establecen entre los diferentes grupos a través de las cuales se construyen microcolectividades. En este sentido, el centro comercial se podría estar convirtiendo en un referente a la hora de imaginar y vivir en el espacio urbano. Como apunta Cornejo (pp. 335), “quienes de manera persistente acuden a Plaza Universidad, construyen la ciudad, día con día, mediante sus encuentros, itinerarios, miradas, travesías, roces, disputas o exclusiones”. “Estar” en el centro comercial es una forma, por tanto, de “hacer” ciudad.

El juego de billar

El siguiente alto en el camino lo hacemos en un lugar recreativo de la mano de Norma Angélica Hernández que nos presenta los salones de billar (el Círculo 33, la Academia de Billar Gabriel Fernández, etc.) como un “espacios multirreferenciales, en el sentido que son urbanos, lúdicos y genéricos” (pp. 338). Se interesa no sólo por mostrarnos un lugar delimitado para el juego, sino en el que se dan una serie de interacciones y rituales a partir del mismo juego que construyen universos simbólicos determinados para una clase social. El salón de billar es un espacio definido en torno a la normatividad (las reglas del juego) y los rituales que, como apunta Vergara (pp. 25) “se refuerza o define por el reconocimiento de códigos, la práctica y saberes propios del juego”. En este sentido, la condición del juego atraviese las relaciones sociales y, ocasionalmente, como ocurre en el Círculo 33, se pueden establecer redes o lazos que van más allá del propio juego y que pueden extenderse hasta la familia y el trabajo. Los rituales, permeados por el juego del billar, se articulan como estructuradores de las relaciones sociales. Es decir, dan unidad a los grupos y generan mecanismos de interrelación con otros grupos, al tiempo que posibilitan su integración en un sistema cultural más grande. Como apunta la autora (pp. 358), “en los salones de billar la condición del juego atraviesa las relaciones sociales, y construye universos de significación dentro del espacio físico y simbólico, a través de ciertas lógicas factuales en los acontecimientos o situaciones, como las prácticas ritualizadas que devuelven al individuo su capacidad de creación”.

Ver a una mujer jugando en un billar sin participación de un hombre sigue siendo una situación extraña. Lejos queda la prohibición de entrada de las mujeres en estos espacios aunque, todavía es necesario que la mujer negocie, en cierto modo, su presencia en estos lugares. Encontramos mujeres que acompañan a los hombres al billar, encontramos mujeres y hombres que juegan juntos al billar, encontramos mujeres que llegan con hombres al salón pero que juegan solo con mujeres… pero lo que todavía es poco habitual y, hasta cierto punto perturbador, es encontrar mujeres que lleguen y jueguen solas. En este sentido, el billar todavía se define como un juego masculino y parece que el comportamiento físico y verbal entre los jugadores es lo que determina que un lugar pueda ser más o menos excluyente que otro.

El lugar de todos: paseando por Chapultepec

Continuando con el recorrido, nos topamos con otro lugar de recreación: el bosque de Chapultepec. Carlos Vázquez nos presenta este espacio como un lugar atravesado, directamente por la historia de México, donde uno puede pasear o pasar un buen rato de ocio. Como apunta Vergara (pp. 31), “el recorrido establece una imbricación entre espacio y temporalidades múltiples, redes conceptuales e imaginarias que conforman mapas que remiten a la otredad, haciendo que el paseo sea, a su vez, histórico y biográfico (…)”.

Chapultepec, que casi siempre vemos lleno de gente, sobre todo familias completas, se asocia con el concepto de familia, de paseo y se vincula directamente con el uso popular del tiempo libre. En Chapultepec uno/a puede entrar sin necesidad de consumir (a diferencia de lo que ocurre en los centros comerciales). Aún así, encontramos vendedores/as de comida y de refrescos, carritos de helados y paletas, dibujantes de caricaturas, fotógrafos, cómicos callejeros, algodoneros, etc. Todos/as y cada uno/a de ellos/as forman parte del paisaje cotidiano del parque, junto con el lago, el castillo de Chapultepec, el bosque (donde hay menos saturación de objetos y personas y más naturaleza), etc. Este parque nos ofrece espacios especializados, como por ejemplo, el centro de convivencia infantil, que es una zona de juegos infantiles para los/as más pequeños/as o el Jardín de la Tercera Edad, donde se organizan diversas actividades orientadas a este colectivo. Pero la actividad por excelencia es la del paseo, que ejercitan familias, grupos de amigas y amigos, personal de servicio doméstico de casas cercanas que se reúne con sus familias y/o amistades, hombres que van “de ligue”, etc. Chapultepec se erige como un escenario multifuncional, donde también podemos apreciar una alta densidad del paisaje intervenido ubicada tanto en los imaginarios históricos, como en los sociales y ecológicos. Chapultepec se convierte, de este modo, en uno de los pulmones de la ciudad, donde pasear, descansar, disfrutar de la naturaleza y del juego, donde reunirse con los/as amigos/as para charlar, donde juntarse con la familia y celebrar. Un lugar de todos/as y para todos/as.

De hábitats y fronteras. Tránsitos entre la casa y la ciudad

Miguel Ángel Aguilar se acerca a los lugares residenciales a partir del análisis de varias viviendas multifamiliares. Su análisis de la vivienda multifamilar (que no tanto de su interior como de los contextos y espacios que la rodean) tiene como objetivo explorar los límites y fronteras en la experiencia de la ciudad. En este sentido, el autor examina dos tipos de conjuntos habitacionales: uno de grandes dimensiones ubicado en la delegación Iztacalco, y un par que se encuentran en el centro histórico de la ciudad de México. Lo hace con la intención de indagar las formas de estructuración de la vida cotidiana, las maneras de marcar y usar los espacios así como las imágenes que emergen en las interacciones cotidianas de propios/as y extraños/as. Es por ello, que el análisis se centra en el paisaje que rodea a las viviendas, ya que es justamente éste el que le da al espacio habitado un sentido de continuidad o ruptura. Por tanto, si se conoce a qué se opone la vivienda o cómo se complementa con el afuera, se puede entender mejor el espacio interior. Pasemos a ver cuales son los entornos que rodean a estos conjuntos habitacionales y cómo operan en la construcción de la cotidianeidad de las personas que los habitan.

Los límites de la vivienda en el conjunto habitacional Iztacalco, sea como conjunto o como vecindad, se establecen en términos de accesibilidad a los medios de transporte (en términos de cercanía – lejanía). Para las personas que viven aquí, la simple llegada al metro Iztacalco produce una sensación de llegar a casa. Las referencias que se hacen al exterior del conjunto habitacional en relación con las rutinas diarias de entrar y salir remiten al discurso de la inseguridad de forma recurrente. En este sentido, los límites de la unidad habitacional son visibles y reconocidos. En cuanto al establecimiento de redes y relaciones sociales, se observa una fragmentación de las mismas ya que, a pesar de que los contactos con los/as vecinos/as son definidos como amables, hay cierta distancia respecto a la construcción de contactos más cercanos. Fragmentación y diferenciación, porque mientas que las redes de socialidad de los hombres están vinculadas a la unidad habitacional, reuniéndose en los pasillos y explanadas del condominio, las mujeres buscan su socialidad fuera de la unidad, mostrando una mayor apertura hacia otros puntos de la ciudad.

Como apunta Aguilar (pp. 379), “lo ajeno comienza apenas abriendo la puerta de casa”. El paisaje inmediato que rodea a las dos vecindades del centro histórico se caracteriza por el comercio ambulante (con sus correspondientes aglomeraciones humanas y de objetos). Los/as habitantes de estas vecindades apuntan que su barrio no posee límites definidos. Este desdibujamiento de los contornos hace que el barrio no se vea, que no acabe de integrarse en su totalidad. Ausencia de integración que sorprende al tratarse de una zona cuya historia corre paralela a la de la ciudad. Pareciera que el ambulantaje ha expropiado usos del espacio y los contactos que constituían las redes de apoyo y socialidades del barrio, al tiempo que reduce la aparición de referentes. En esta línea, parece que el hecho de que el área circundante a estas viviendas sea un área comercial y de presencia histórica, la convierte en un lugar para otros/as, para comerciantes y compradores/as, para turistas y visitantes, dificultando a los/as propios/as residentes el habitar más allá de su propia vivienda. Incluso el patio, eje central de la vida social y vecinal, se ha visto transformado en ambas vecindades, convirtiéndose más en un tema de discusión por su limpieza o por su función de lugar de juego para los/as niños/as, que en un espacio de reunión para los/as vecinos/as.

Bendito San Judas Tadeo: un recorrido por el templo de San Hipólito

Para concluir nuestro paseo, Paz Xóchitl Ramírez nos invita a caminar por el centro de la ciudad, donde de forma habitual, nos tropezamos con retazos del pasado y experiencias del presente. En estos ires y venires entre el pasado y el presente, podemos evidenciar lo que los diversos espacios significaron y significan actualmente, y descubrir lugares antropológicos con historia donde es posible el reconocimiento de una serie de experiencias que remiten a aspectos identitarios.

El tempo de San Hipólito ha sido, a lo largo de la historia, referente tanto en lo que se refiere a identidades colectivas, como lugar de expresión de lo diferente. El objetivo de este trabajo es el de dar cuenta de la historicidad de este lugar, pero no sólo de su significado actual (donde “reside” una comunidad imaginaria que comparte su devoción por San Judas Tadeo), sino de todos los significados que ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo (como espacio de referencia especialmente en dos momentos fundamentales de la historia de México). Para reconocer la densidad simbólica de este espacio, tenemos que ir más allá de la mera descripción e introducirnos en los complejos sistemas simbólicos desde los que emergen los significados que ha ido tomando dicho lugar a lo largo de su historia.

 

Gracias a estas miradas etnográficas hemos podido acercarnos a diferentes lugares de la ciudad de México, a sus prácticas y costumbres, a sus dinámicas y movimientos, a sus apropiaciones y usos. Pero estos recorridos también nos han permitido asistir a la constitución de estos lugares urbanos, lugares constituidos a partir de los significados y sentidos que les otorgan sus “habitantes”, significados compartidos que nos remiten a referentes simbólicos colectivos, y referentes que posibilitan la construcción de pertenencias e identidades urbanas.


(1) Fonógrafo, tocadiscos.

(2) Mirar escaparates.

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